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sábado, 30 de octubre de 2010

Ambrose Bierce -- CHICKAMAUGA



Ambrose Bierce

CHICKAMAUGA

(1891)



 EN una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.
 Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
 Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él, como el más grande de todos, no podía

 ni refrenar su sed de guerra,
 ni comprender que el más afortunado
 no puede tentar al Destino.

 De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban alegremente; las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero; y en alguna parte, muy lejos, gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
 Pasaron las horas, y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no conociendo nada en su descrédito, había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las orejas largas, amenazadoras, del conejo. Quizá su espíritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
 Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. De uno en uno, de dos en dos, en pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos, entonces, reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
 El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo, se arrastraban como niñitos. Eran hombres; nada tenían pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos, mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes grotescas, le recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer» que los tomaba por caballos. Y entonces, se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franqueado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. El saliente monstruoso de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto.
 En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel resplandor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de vez en cuando para verificar si sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante séquito.
 Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna asociación de ideas significativas en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores. En todos lados, junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores». Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como los caídos que allí habían muerto para hacerla gloriosa.
 Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro, que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed, aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo, señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extraño éxodo.
 Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles, la franqueó fácilmente a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un campo, volviéndose de riempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
 Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!
 Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata ‑la obra de un obús.
 El niño hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma ‑maldito lenguaje del demonio‑. El niño era sordomudo.
 Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

***

viernes, 15 de octubre de 2010

ACEITE DE PERRO - AMBROSE BIERCE




 ACEITE DE PERRO


 -

AMBROSE BIERCE


Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes
caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía
un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de
los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente
ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que frecuencia era
empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para
cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos
los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran
elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca
políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de
perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros
desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto
punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del
pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba
designar Oil Can. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la
mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que
sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían
prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una
ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir
indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que
afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un
niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar
atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de
un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos
más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral
casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi
padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que
ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos
reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en
indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de
perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en
mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo
era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras
miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la pequeña herida roja de
su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto
sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por
temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo
ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un
cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del incomparable
Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población
que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje
sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con
satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una
calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que
no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían
sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias.
Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría
paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua
ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron
de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un
ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus
negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños
superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó
por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan
bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me
volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida
madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi
padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por
mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con
renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a
las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos
que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad
superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas
palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en
la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó
de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los
inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se
aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó
que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil.
Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado
y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir
con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por
una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la
noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha
para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un
misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su
energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y
estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la
puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos.
Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De
pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos,
aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de
noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja
alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la
poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron
con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban
alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos
peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con
sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar
ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un
forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un
momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido,
sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos
desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas
sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos
desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había
traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías
hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de
Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de
remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan
terrible.

sábado, 9 de octubre de 2010

MI CRIMEN FAVORITO





AMBROSE BIERCE - MI CRIMEN FAVORITO



Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces,
fui arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años. Al exhortar al
jurado, el juez de la Corte de Absoluciones señaló que el mío era uno de los más
espantosos crímenes que había tenido que juzgar.
A lo que mi abogado se levantó y dijo:
-Si Vuestra Señoría me permite, los crímenes son horribles o agradables sólo por
comparación. Si conociera usted los detalles del asesinato previo de su tío que
cometió mi cliente, advertiría en su último delito (si es que delito puede
llamarse) una cierta indulgencia y una filial consideración por los sentimientos
de la víctima. La aterradora ferocidad del anterior asesinato era verdaderamente
incompatible con cualquier hipótesis que no fuera la de culpabilidad, y de no
haber sido por el hecho de que el honorable juez que presidió el juicio era el
presidente de la compañía de seguros en la que mi cliente tenía una póliza
contra riesgos de ahorcamiento, es difícil estimar cómo podría haber sido
decentemente absuelto. Si Su Señoría desea oírlo, para instrucción y guía de la
mente de Su Señoría, este infeliz hombre, mi cliente, consentirá en tomarse el
trabajo de relatarlo bajo juramento.
El Fiscal del Distrito dijo: -Me opongo, Su Señoría. Tal declaración podría ser
considerada una prueba, y los testimonios del caso han sido cerrados. La
declaración del prisionero debió presentarse hace tres años, en la primavera de
1881.
-En sentido estatutario -dijo el juez- tiene razón, y en la Corte de Objeciones
y Tecnicismos obtendría un fallo a su favor. Pero no en una Corte de
Absoluciones. Objeción denegada.
-Recuso -dijo el Fiscal de distrito.
-No puede hacerlo- contestó el Juez-. Debo recordarle que para hacer una
recusación debe lograr primero transferir este caso, por un tiempo, a la Corte
de Recusaciones, en una demanda formal, debidamente justificada con
declaraciones escritas. Una demanda a ese efecto, hecha por su predecesor en el
cargo, le fue denegada por mí durante el primer año de este juicio. Oficial,
haga jurar al prisionero.
Habiendo sido administrado el juramento de costumbre, hice la siguiente
declaración, que impresionó tanto al juez debido a la comparativa trivialidad
del delito por el cual se me juzgaba, que no buscó ya circunstancias atenuantes,
sino que, sencillamente, instruyó al jurado para que me absolviera. Así abandoné
la corte sin mancha alguna sobre mi reputación.
"Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan, de padres honestos y honrados, uno de los
cuales el Cielo ha perdonado piadosamente, para consuelo de mis últimos años. En
1867, la familia llegó a Califorma y se estableció cerca de Nigger Head,
estableciendo una empresa de salteadores de caminos que prosperó más allá de
cualquier sueño de lucro. Mi padre era entonces un hombre reticente y
melancólico, y aunque su creciente edad ha relajado un poco su austera
disposición, creo que nada, fuera del recuerdo del triste episodio por el que
ahora se me juzga, le impide manifestar una genuina hilaridad.
"Cuatro años después de haber puesto en servicio nuestra empresa de salteadores,
llegó hasta allí un predicador ambulante, que no teniendo otra manera de pagar
el alojamiento nocturno que le dimos, nos favoreció con una exhortación de tal
fuerza que, alabado sea Dios, nos convertimos todos a la religión. Mi padre
mandó llamar inmediatamente a su hermano, el Honorable William Ridley, de
Stockton, y apenas llegó le entregó el negocio, sin cobrarle nada por la
licencia ni por la instalación... esta última consistente en un rifle
Winchester, una escopeta de caño recortado y un juego de máscaras fabricados con
bolsas de harina. La familia se trasladó entonces a Ghost Rock y abrió una casa
de baile. Se le llamó "La Gaita del Descanso de los Santos", y cada noche la
cosa empezaba con una plegaria. Fue aquí donde mi ahora santa madre adquirió el
apodo de "La Morsa Galopante".
"En el otoño del '75 tuve ocasión de visitar Coyote, en el camino a Mahala y
tomé la diligencia en Ghost Rock. Había otros cuatro pasajeros. A unas tres
millas más allá de Nigger Head, unas personas que identifiqué como mi tío
William y sus dos hijos, detuvieron la diligencia. No encontrando nada en la
caja del expreso, registraron a los pasajeros. Actué honorablemente en el
asunto, colocándome en fila con los otros, levantando las manos y permitiendo
que me despojaran de cuarenta dólares y un reloj de oro. Por mi conducta nadie
pudo haber sospechado que conocía a los caballeros que daban la función. Unos
días después, cuando fui a Nigger Head y pedí la devolución de mi dinero y mi
reloj, mi tío y mis primos juraron que no sabían nada del asunto y afectaron
creer que mi padre y yo habíamos hecho el trabajo, violando deshonestamente la
buena fe comercial. El tío William llegó a amenazar con poner una casa de baile
competidora en Ghost Rock. Como "El Descanso de los Santos" se había hecho muy
impopular, me di cuenta de que esto sin duda alguna terminaría por arruinarla y
se convertiría para ellos en una empresa de éxito, de modo que le dije a mi tío
que estaba dispuesto a olvidar el pasado si consentía en incluirme en el
proyecto y mantener el secreto de nuestra sociedad ante mi padre. Rechazó esta
justa oferta, y entonces advertí que todo sería mejor y más satisfactorio si él
estuviera muerto.
"Mis planes para ese fin se vieron pronto perfeccionados y, al comunicárselos a
mis amados padres, tuve la satisfacción de recibir su aprobación. Mi padre dijo
que estaba orgulloso de mí y mi madre prometió, que aunque su religión le
prohibiera ayudar a quitar vidas humanas, tendría yo la ventaja de contar con
sus plegarlas para mi éxito. Como medida preliminar con miras a mi seguridad en
caso de descubrimiento, presenté una solicitud de socio en esa poderosa orden,
los Caballeros del Crimen, y a su debido tiempo fui recibido como miembro de la
comandancia de Ghost Rock. Cuando terminó mi noviciado, se me permitió por
primera vez inspeccionar los registros de la Orden y saber quién pertenecía a
ella, ya que todos los ritos de iniciación se habían llevado a cabo
enmascarados. ¡Imaginen mi sorpresa cuando mirando la nómina de asociados
encontré que el tercer nombre era el de mi tío, que en realidad era
vicecanciller adjunto de la Orden! Era ésta una oportunidad que excedía mis
sueños más desenfrenados: ¡al asesinato podía agregar la insubordinación y la
traición! Era lo que mi buena madre hubiera llamado "un regalo de la
Providencia".
"Por entonces ocurrió algo que hizo que mi copa de júbilo, ya llena, desbordara
por todos lados en una cascada de bienaventuranzas. Tres hombres, extranjeros en
esa localidad, fueron arrestados por el robo a la diligencia en el que yo había
perdido mi dinero y mí reloj. Fueron enjuiciados y, a pesar de mis esfuerzos
para absolverlos e imputar la culpa a tres de los más respetables y dignos
ciudadanos de Ghost Rock, se los declaró culpables en base a las pruebas más
evidentes. El asesinato de mi tío sería ahora tan injustificable e irrazonable
como podía desearse.
"Una mañana me puse el Winchester al hombro y, yendo a casa de mi tío, cerca de
Nigger Head, le pregunté a mi tía Mary, su esposa, si estaba él en casa,
agregando que había venido a matarle. Mi tía replicó, con su peculiar sonrisa,
que tantos caballeros lo visitaban con esa intención y que después se iban sin
haberlo logrado, que yo debía disculparla por dudar de mi buena fe en el asunto.
Dijo que yo no daba la impresión de ir a matar a nadie, así que, como prueba de
buena fe, levanté mi rifle y herí a un chino que pasaba frente a la casa. Ella
dijo que conocía familias enteras que podían hacer cosas semejantes, pero que
Bill Ridley era caballo de otro pelo. Dijo, sin embargo, que lo encontraría al
otro lado del estero, en el solar de las ovejas, y agregó que esperaba que
ganara el mejor.
"Mi tía Mary era una de las mujeres más imparciales que he conocido.
"Encontré a mi tío arrodillado, esquilando una oveja. Viendo que no tenía a mano
rifle ni pistola no tuve ánimo para disparar, así que me acerqué, lo saludé
amablemente y le di un buen golpe en la cabeza con la culata del rifle. Tengo
buena mano y el tío William cayó sobre un costado, se dio vuelta sobre la
espalda, abrió los dedos y tembló. Antes de que pudiera recobrar el uso de sus
miembros, cogí el cuchillo que él había estado usando y le corté los tendones.
Ustedes saben, sin duda, que cuando se cortan los tendones de aquiles, el
paciente pierde el uso de su pierna; es exactamente igual que si no tuviera
pierna. Bien, le seccioné los dos y cuando revivió estaba a mi disposición. Tan
pronto como comprendió la situación, dijo:
"-Samuel, has conseguido vencerme y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero
pedirte una cosa, y es que me lleves a mi casa y me liquides en el seno de mi
familia.
"Le dije que consideraba éste un pedido perfectamente razonable y que así lo
haría si me permitía meterlo en una bolsa de trigo; sería más fácil llevarlo de
esa manera y si los vecinos nos vieran en camino provocaría menos comentarios.
Estuvo de acuerdo y yendo al granero traje una bolsa. Esta, sin embargo, no le
iba bien; era muy corta y mucho más ancha que él, así que le doblé las piernas,
le forcé las rodillas contra el pecho y así lo metí, atando la bolsa sobre su
cabeza. Era un hombre pesado e hice todo lo posible por ponérmelo a la espalda,
pero anduve a los tumbos un trecho hasta que llegué a una hamaca que algunos
chicos habían colgado de la rama de un roble. Aquí lo deposité en el suelo y me
senté sobre él a descansar; y la vista de la soga me proporcionó una feliz
inspiración. A los veinte minutos, mi tío, siempre en la bolsa, se hamacaba
libremente en alas del viento.
"Yo había descolgado la soga y atado un extremo en la boca de la bolsa, pasando
el otro por la pierna, levantándole a unos cinco pies del suelo. Atando el otro
extremo de la soga también alrededor de la boca de la bolsa, tuve la
satisfacción de ver a mi tío convertido en un hermoso y gran péndulo. Debo
agregar que él no estaba totalmente al tanto de la naturaleza del cambio que
había experimentado en relación con el mundo exterior, aunque en justicia al
recuerdo del buen hombre, debo decir que no creo que en ningún caso hubiera
dedicado demasiado tiempo a un vano agradecimiento.
"El tío William tenía un carnero que era famoso como luchador en toda la región.
Vivía en estado de indignación constitucional crónica. Algún profundo desengaño
de su vida anterior le había agriado el carácter y había declarado la guerra al
mundo entero. Decir que embestía cualquier cosa accesible es expresar muy
levemente la naturaleza y alcance de su activdad militar: el universo era su
rival, sus métodos los de un proyectil. Luchaba como los ángeles con los
demonios: en medio del aire, hendiendo la atmósfera como un pájaro, describiendo
una curva parabólica y descendiendo sobre su víctima en el ángulo justo de
incidencia que más rendía a su velocidad y su peso. Su impulso, calculado en
toneladas cúbicas, era algo increíble. Se lo había visto destrozar un toro de
cuatro años con un solo golpe dado en la nudosa frente del animal. No se conocía
cerco de piedra que resistiera la fuerza de su golpe descendente; no había
árboles bastante pesados para aguantarlo: los convertía en astillas y profanaba
en la oscuridad el honor de sus hojas. Este bruto irascible e implacable, este
trueno encarnado, este monstruo de los abismos, había visto yo que descansaba a
la sombra de un árbol adyacente, sumido en sueños de conquistas y de gloria. Con
miras de atraerlo al campo del honor, suspendí a su amo de la manera descrita.
"Completados los preparativos, impartí al péndulo de mi tío una suave oscilación
y, retirándome a cubierto de una piedra contigua, lancé un largo grito
estridente cuya nota final decreciente se ahogaba en un ruido como el de un gato
protestando, ruido que emanaba de la bolsa. Instantáneamente el formidable lanar
se paró sobre sus patas y comprendió la situación militar de un vistazo. En
pocos minutos más se había acercado piafando hasta unos cincuenta metros de
distancia del oscilante enemigo, que, ora avanzando, ora retirándose, parecía
invitarlo a la riña. De pronto vi la cabeza de la bestia inclinada hacia tierra
como abatida por el peso de sus enormes cuernos; luego el carnero se prolongó en
una franja confusa y blanca directamente dirigida desde ese lugar,
horizontalmente en dirección a un punto situado a unos cuatro metros por debajo
del enemigo. Allí golpeó vivamente hacia arriba y, antes de que se hubiera
borrado de mi mirada el lugar de donde había arrancado, oí un terrible porrazo y
un grito desgarrador, y mi pobre tío fue disparado hacia adelante con un cabo
suelto más alto que el miembro al que estaba atado. Aquí la soga se puso tensa
de un tirón, deteniendo su vuelo y fue enviado atrás otra vez, describiendo, sin
resuelto, una curva de arco. El carnero se había caído -un indescriptible montón
de patas, lanas y cuernos-, pero rehaciéndose y esquivando el vaivén descendente
de su antagonista, se retiró sin orden ni concierto, sacudiendo alternativamente
la cabeza o pateando con sus patas traseras. Cuando había retrocedido a más o
menos la misma distancia que la que había usado para asestar el golpe, se detuvo
nuevamente, inclinó la cabeza como en una plegaria por la victoria y otra vez
salió disparado hacia adelante, confusamente visible como antes, un prolongado
rayo blanquecino, con monstruosas ondulaciones y terminado en un vivo ascenso.
Esta vez el curso del ataque dio en el ángulo exacto, comparado con el primero,
y la impaciencia del animal era tan grande que golpeó al enemigo antes de que
éste llegara al punto más bajo del arco. En consecuencia, mi tío empezó a volar
dando círculos horizontales de un radio igual a la mitad de la longitud de la
soga, que he olvidado decirlo, era de unos seis metros de largo. Sus alaridos,
crescendo al ir hacia adelante y diminuendo al retroceder, hacían que la rapidez
de sus revoluciones fuera más evidente para el oído que para la vista. Era
evidente que aún no había recibido ningún golpe vital. La postura que tenía
dentro de la bolsa y la distancia del suelo a que estaba colgado, obligaban al
carnero a dedicarse a sus extremidades inferiores y al final de su espalda. Como
una planta cuyas raíces han encontrado un mineral venenoso, mi pobre tío se iba
muriendo lentamente hacia arriba.
"Después de asestar el segundo golpe, el carnero no había vuelto a retirarse. La
fiebre de la batalla ardía fogosamente en el corazón del animal, su cerebro
estaba ebrio del vino de la contienda. Como un púgil que en su ira olvida sus
habilidades y pelea sin efectividad a distancia de medio brazo, la bestia
enfurecida se empeñaba por alcanzar su volante enemigo cuando pasaba sobre ella,
con torpes saltos verticales, consiguiendo a veces, en realidad, golpearlo
débilmente, pero las más de las veces caía a causa una ansiedad mal dirigida.
Pero a medida que el ímpetu se fue agotando y los círculos del hombre fueron
disminuyendo en tamaño y velocidad, acercándolo más al suelo, esta táctica
produjo mejores resultados, produciendo una superior calidad de alaridos que
disfruté plenamente.
"De pronto, como si las trompetas hubieran tocado tregua, el carnero suspendió
las hostilidades y se marchó, frunciendo y desfrunciendo pensativamente su gran
nariz aguileña, arrancando distraídamente un manojo de pasto y masticándolo con
lentitud. Parecía cansado de las alarmas de la guerra y resuelto convertir la
espada en reja de arado para cultivar las artes de la paz. Siguió firmemente su
camino, apartándose del campo de la fama, hasta que ganó una distancia de cerca
de un cuarto de milla. Allí se detuvo, de espaldas al enemigo, rumiando su
comida y en apariencia dormido. Observé, sin embargo, un giro ocasional, muy
leve de la cabeza, como si su apatía fuera más afectada que real.
"Entretanto los alaridos del tío William habían menguado junto con sus
movimientos, y sólo provenían de él lánguidos y largos quejidos, y a grandes
intervalos mi nombre, pronunciado en tonos suplicantes, sumamente agradables a
mi oído. Evidentemente el hombre no tenía la más leve idea de lo que le estaba
ocurriendo y estaba nefablemente aterrorizado. Cuando la Muerte llega envuelta
en su capa de misterio es realmente terrible. Poco a poco las oscilaciones de mi
tío disminuyeron y finalmente colgó sin movimiento. Fui hacia él, y estaba a
punto de darle el golpe de gracia, cuando oí y sentí una sucesión de vivos
choques que sacudieron el suelo como una serie de leves terremotos, y,
volviéndome en dirección del camero, ¡vi acercárseme una gran nube de polvo con
inconcebible rapidez y alarmante efecto! A una distancia de treinta metros se
detuvo en seco y del extremo más cercano ascendió por el aire lo que primero
tomé por un gran pájaro blanco. Su ascenso era tan suave, fácil y regular que no
pude darme cuenta de su extraordinaria celeridad y me perdí en la admiración de
su gracia. Hasta hoy me queda la impresión de que era un movimiento lento,
deliberado, como si el carnero -porque tal era el animal- hubiera sido elevado
por otros poderes que los de su propio ímpetu y sostenido en las sucesivas
etapas de su vuelo con infinita ternura y cuidado. Mis ojos siguieron sus
progresos por el aire con inefable placer, mayor aún por contraste, con el
terror que me había causado su acercamiento por tierra. Hacia arriba y hacia
adelante navegaba, la cabeza casi escondida entre las patas delanteras echadas
hacia atrás, y las posteriores estiradas, como una garza que se remonta.
"A una altura de trece a quince metros, según pude calcular a ojo, llegó a su
zenit y pareció quedar inmóvil por un instante; luego, inclinándose
repentinamente hacia adelante, sin alterar la posición relativa de sus partes,
se lanzó hacia abajo en pendiente con aumentada velocidad, pasó muy próximo a
mí, por encima mío con el ruido de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío
casi exactamente en la punta de la cabeza. ¡Tan espantoso fue el impacto que no
sólo rompió el cuello del hombre sino que también la soga, y el cuerpo del
difunto, lanzado contra el suelo quedó aplastado como pulpa bajo la horrible
frente del meteórico carnero! La sacudida detuvo todos los relojes desde Lone
Hand a Dutch Dan, y el profesor Davidson, distinguida autoridad en asuntos
sísmicos, que se encontraba en la vecindad, explicó de inmediato que las
vibraciones fueron de norte a sudeste.
"Sin excepción, no puedo dejar de pensar que en punto a atrocidad artística, mi
asesinato del tío William ha sido superado pocas veces."