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domingo, 10 de octubre de 2010

El Caos Reptante (1920/21) -- H.P. Lovecraft y Elizabeth Berkeley



El Caos Reptante (1920/21)

H.P. Lovecraft y Elizabeth Berkeley


Mucho es lo que se ha escrito acerca de los placeres y los sufrimientos del opio. Los éxtasis y horrores de De Quincey y los paradis artificiels de Baudelaire son conservados e interpretados con tal arte que los hace inmortales, y el mundo conoce a fondo la belleza, el terror y el misterio de esos oscuros reinos donde el soñador es transportado. Pero aunque mucho es lo que se ha hablado, ningún hombre ha osado todavía detallar la naturaleza de los fantasmas que entonces se revelan en la mente, o sugerir la dirección de los inauditos caminos por cuyo adornado y exótico curso se ve irresistiblemente lanzado el adicto. De Quincey fue arrastrado a Asia, esa fecunda tierra de sombras nebulosas cuya temible antigüedad es tan impresionante que "la inmensa edad de la raza y el nombre se impone sobre el sentido de juventud en el individuo", pero él mismo no osó ir más lejos. Aquellos que han ido más allá rara vez volvieron y, cuando lo hicieron, fue siempre guardando silencio o sumidos en la locura. Yo consumí opio en una ocasión... en el año de la plaga, cuando los doctores trataban de aliviar los sufrimientos que no podían curar. Fue una sobredosis -mi médico estaba agotado por el horror y los esfuerzos- y, verdaderamente, viajé muy lejos. Finalmente regresé y viví, pero mis noches se colmaron de extraños recuerdos y nunca más he permitido a un docotor volver a darme opio.
Cuando me administraron la droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza habían sido insufribles. No me importaba el fututo; huir, bien mediante curación, inconsciencia o muerte, era cuanto me importaba. Estaba medio delirando, por eso es difícil ubicar el momento exacto de la transición, pero pienso que el efecto debió comenzar poco antes de que las palpitaciones dejaran de ser dolorosas. Como he dicho, fue una sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distaron mucho de ser normales. La sensación de caída, curiosamente disociada de la idea de gravedad o dirección, fue suprema, aunque había una impresión secundaria de muchedumbres invisibles de número incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente diversa, anque todas más o menos relacionadas conmigo. A veces, menguaba la sensación de caída mientras sentía que el universo o las eras se desplomaban ante mí. Mis sufrimientos cesaron repentinamente y comencé a asociar el latido con una fuerza externa más que con una interna. También se había detenido la caída, dando paso a una sensación de descanso efímero e inquieto, y, cuando escuché con mayor atención, fantaseé con que los latidos procedieran de un mar inmenso e inescrutable, como si sus siniestras y colosales rompientes laceraran alguna playa desolada tras una tempestad de titánica magnitud. Entonces abrí los ojos.
Por un instante, los contornos parecieron confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero gradulamente asimilé mi solitaria presencia en una habitación extraña y hermosa iluminada por multitud de ventanas. No pude hacerme la idea de la exacta naturaleza de la estancia, porque mis sentidos distaban aún de estar ajustados, pero advertí alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y divanes de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que sugerían lo exótico sin llegar a ser totalmente ajenos. Todo eso percibí, aunque no ocupó mucho tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastrándose sobre mi conciencia e imponiéndose a cualquier otra impresión, llegó un temor vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no podía analizarlo y que parecía concernir a una furtiva amenaza que se aproximaba... no la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente más espantoso y aborrecible.
Inmediatamente me percaté de que el símbolo directo y excitante de mi temor era el odioso martilleo cuyas incesantes reverberaciones batían enloquecedoramente contra mi exhausto cerebro. Parecía proceder de un punto fuera y abajo del edificio en el que me hallaba, y estar asociado con las más terroríficas imágenes mentales. Sentí que algún horrible paisaje u objeto acechaban más allá de los muros tapizados de seda, y me sobrecogí ante la idea de mirar por las arqueadas ventanas enrejadas que se abrían tan insólitamente por todas partes. Descubriendo postigos adosados a esas ventanas, los cerré todos, evitando dirigir mis ojos al exterior mientras lo hacía. Entonces, empleando pedernal y acero que encontré en una de las mesillas, encendí algunas velas dispuestas a lo largo de los muros en barrocos candelabros. La añadida sensación de seguridad que prestaban los postigos cerrados y la luz artificial calmaron algo mis nervios, pero no fue posible acallar el monótono retumbar. Ahora que estaba más calmado, el sonido se convirtió en algo tan fascinante como espantoso. Abriendo una portezuela en el lado de la habitación cercano al martilleo, descubrí un pequeño y ricamente engalanado corredor que finalizaba en una tallada puerta y un amplio mirador. Me vi irresistiblemente atraído hacia éste, aunque mis confusas aprehensiones me forzaban igualmente hacia atrás. Mientras me aproximaba, pude ver un caótico torbellino de aguas en la distancia. Enseguida, al alcanzarlo y observar el exterior en todas sus direcciones, la portentosa escena de los alrededrores me golpeó con plena y devastadora fuerza.
Contemplé una visión como nunca antes había observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. La costrucción se alzaba sobre un angosto punto de tierra -o lo que ahora era un angosto punto de tierra- remontando unos 90 metros sobre lo que últimamemnte debió ser un hirviente torbellino de aguas enloquecidas. A cada lado de la casa se abrían precipicios de tierra roja recién excavados por las aguas, mientras que enfrente las temibles olas continuaban batiendo de forma espantosa, devorando la tierra con terrible monotonía y deliberación. Como a un kilómetro se alzaban y caían amenazadoras rompientes de no menos de cinco metros de altura y, en el lejano horizonte, crueles nubes negras de grotescos contornos colgaban y acechaban como buitres malignos. Las olas eran oscuras y purpúreas, casi negras, y arañaban el flexible fango rojo de la orilla como toscas manos voraces. No pude por menos que sentir que alguna nociva entidad marina había declarado una guerra a muerte contra toda la tierra firme, quizá instigada por el cielo enfurecido.
Recobrándome al fin del estupor en que ese espectáculo antinatural me había sumido, descubrí que mi actual peligro físico era agudo. Aun durante el tiempo en que observaba, la orilla había perdido muchos metros y no estaba lejos el momento en que la casa se derrumbaría socavada en el atroz pozo de las olas embravecidas. Por tanto, me apresuré hacia el lado opuesto del edificio y, encontrando una puerta, la cerré tras de mí con una curiosa llave que colgaba en el interior. Entonces contemplé más de la extraña regón a mi alrededor y percibí una singular división que parecía existir entre el océano hostil y el firmamemnto. A cada lado del descollante promontorio imperaban distintas condiciones. A mi izquiera, mirando tierra adentro, había un mar calmo con grandes olas verdes corriendo apaciblemente bajo un sol resplandeciente. Algo en la naturaleza y posición del sol me hicieron entremecer, aunque no pude entonces, como no puedo ahora, decir qué era. A mi derecha también estaba el mar, pero era azul, calmoso, y sólo ligeramente ondulado, mientras que el cielo sobre él estaba oscurecido y la ribera era más blanca que enrojecida.
Ahora volví mi atención a tierra, y tuve ocasión de sorprenderme nuevamente, puesto que la vegetación no se parecía en nada a cuanto hubiera visto o leído. Aparentemente, era tropical o al menos subtropical... una conclusión extraída del intenso calor del aire. Algunas veces pude encontrar una extraña analogía con la flora de mi tierra natal, fantaseando sobre el supuesto de que las plantas y matorrales familiares pudieran asumir dichas formas bajo un radical cambio de clima; pero las gigantescas y omipresentes palmeras eran totalmente extranjeras. La casa que acababa de abandonar era muy pequeña -apenas mayor que una cabaña- pero su material era evidentemente mármol, y su arquitectura extraña y sincrética, en una exótica amalgama de formas orientales y occidentales. En las esquinas había columnas corintias, pero los tejados rojos eran como los de una pagoda china. De la puerta que daba a tierra nacía un camino de singular arena blanca, de metro y medio de anchura y bordeado por imponentes palmeras, así como por plantas y arbustos en flor desconocidos. Corría hacia el lado del promontorio donde el mar era azul y la ribera casi blanca. Me sentí impelido a huir por este camino, como perseguido por algún espíritu maligno del océano retumbante. Al principio remontaba ligeramente la ribera, luego alcancé una suave cresta. Tras de mí, vi el paisaje que había abandonado: toda la punta con la cabaña y el agua negra, con el mar verde a un lado y el mar azul al otro, y una maldición sin nombre e indescriptible cerniéndose sobre todo. No volví a verlo más y a menudo me pregunto... Tras esta última mirada, me encaminé hacia delante y escruté el panorama de tierra adentro que se extendía ante mí.
El camino, como he dicho, corría por la ribera derecha si uno iba hacia el interior. Delante y a la izquierda vislumbré entonces un magnífico valle, que abarcaba miles de acres, sepultado bajo un oscilante manto de hierba tropical más alta que mi cabeza. Casi al límite de la visión había una colosal palmera que parecía fascinarme y reclamarme. En este momento, el asombro y la huida de la península condenada habían, con mucho, disipado mi temor, pero cuando me detuve y desplomé fatigado sobre el sendero, hundiendo ociosamente mis manos en la cálida arena blancuzco-dorada, un nuevo y agudo sonido de peligro me embargó. Algún terror en la alta hierba sibilante pareció sumarse a la del diabólico mar retumbante y me alcé gritando fuerte y desabridamente.
-¿Tigre? ¿Tigre? ¿Es un tigre? ¿Bestias? ¿Bestias? ¿Es una bestia lo que me atemoriza?
Mi mente retrocedía hasta una antigua y clásica historia de tigres que había leído; traté de recordar al autor, pero tuve alguna dificultad. Entonces, en mitad de mi espanto, recordé que el relato pertenecía a Ruyard Kipling; no se me ocurrió lo ridículo que resultaba considerarle como un antiguo autor. Anhelé el volumen que contenía esta historia, y casi había comenzado a desandar el camino hacia la cabaña condenada cuando el sentido común y el señuelo de la palmera me contuvieron.
Si hubiera o no podido resistir el deseo de retroceder sin el concurso de la fascinación por la inmensa palmera, es algo que no sé. Su atracción era ahora predominante, y dejé el camino para arrastrarme sobre manos y rodillas por la pendiente del valle, a pesar de mi miedo hacia la hierba y las serpientes que pudiera albergar. Decidí luchar por mi vida y cordura tanto como fuera posible y contra todas las amenazas del mar o tierra, aunque a veces temía la derrota mientras el enloquecido silbido de la misteriosa hierba se unía al todavía audible e irritante batir de las distantes rompientes. Con frecuencia, debía detenerme y tapar mis oídos con las manos para aliviarme, pero nunca pude acallar del todo el detestable sonido. Fue tan sólo tras eras, o así me lo pareció, cuando finalmente pude arrastrarme hasta la increíble palmera y reposar bajo su sombra protectora.
Entonces ocurrieron una serie de incidentes que me transportaron a los opuestos extremos del éxtasis y el horror; sucesos que temo recordar y sobre los que no me atrevo a buscar interpretación. Apenas me había arrastrado bajo el colgante follaje de la palmera, cuando brotó de entre sus ramas un muchacho de una belleza como nunca antes viera. Aunque sucio y harapiento, poseía las facciones de un fauno o semidiós, e incluso parecía irradiar en la espesa sombra del árbol. Sonrió tendiendo sus manos, pero antes de que yo pudiera alzarme y hablar, escuché en el aire superior la exquisita melodía de un canto; notas altas y bajas tramadas con etérea y sublime armonía. El sol se había hundido ya bajo el horizonte, y en el crepúsculo vi una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del niño. Entonces se dirigió a mí con timbre argentino.
-Es el fin. Han bajado de las estrellas a través del ocaso. Todo está colmado y más allá de las corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe.
Mientras el niño hablaba, descubrí una suave luminosidad a través de las frondas de las palmeras y vi alzarse saludando a dos seres que supe debían ser parte de los maestros cantores que había escuchado. Debían ser un dios y una diosa, porque su belleza no era la de los mortales, y ellos tomaron mis manos diciendo:
-Ven, niño, has escuchado las voces y todo está bien. En Teloe, más allá de las Vía Láctea y las corrientes arinurianas, existen ciudades de ámbar y calcedonia. Y sobre sus cúpulas de múltiples facetas relumbran los reflejos de extrañas y hermosas estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los ríos de oro líquido llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se escuchan más sonidos que los de las risas, las canciones y el laúd. Sólo los dioses moran en Teloe la de los ríos dorados, pero entre ellos tú habitarás.
Mientras escuchaba embelesado, me percaté súbitamente de un cambio en los alrederores. La palmera, que últimamente había resguardado a mi cuerpo exhausto, estaba ahora a mi izquierda y considerablemente debajo. Obviamente flotaba en la atmósfera; acompañado no sólo por el extraño chico y la radiante pareja, sino por una creciente muchedumbre de jóvenes y doncellas semiluminosos y coronados de vides, con cabelleras sueltas y semblante feliz. Juntos ascendimos lentamente, como en alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra sino en dirección a la nebulosa dorada, y el chico me susurró en el oído que debía mirar siempre a los senderos de luz y nuca abajo, a la esfera que acababa de abandonar. Los mozos y muchachas entonaban ahora dulces acompañamientos con los laúdes y me sentía envuelto en una paz y felicidad más profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida, cuando la intrusión de un simple sonido alteró mi destino destrozando mi alma. A través de los arrebatados esfuerzos de cantores y tañedores de laúd, como una armonía burlesca y demoníaca, atronó desde los golfos inferiores el maldito, el detestable batir del odioso océano. Y cuando aquellas negras rompientes rugieron su mensaje en mis oídos, olvidé las palabras del niño y miré abajo, hacia el condenado paisaje del que creía haber escapado.
En las profundidades del éter vi la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa luna centelleaban visiones que nunca podré describir, visiones que nunca olvidaré: desiertos de barro cadavérico y junglas de ruina y decadencia donde una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y remolinos de océano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de mis antepasados. Los alrederores del polo Norte hervían con ciénagas de estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silbaban ante la embestida de las inmensas olas que se encrespaban, lacerando, desde las temibles profundidades. Entonces, un desgarrado aviso cortó la noche, y a través del desierto de desiertos apareció una humeante falla. El océano negro aún espumeaba y devoraba, consumiendo el desierto por los cuartro costados mientras la brecha del centro se ampliaba y ampliaba.
No había otra tierra salvo el desierto, y el océano furioso todavía comía y comía. Sólo entonces pensé que incluso el retumbante mar parecía temeroso de algo, atemorizado de los negros dioses de la tierra profunda que son más grandes que el malvado dios de las aguas, pero, incluso si era así, no podía volverse atrás, y el desierto había sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. Así, el océano devoró la última tierra y se precipitó en la brecha humeante, cediendo de este modo todo cuanto había conquistado. Fluyó nuevamente desde las tierras recién sumergidas, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e inmemorial lecho, goteó de forma repugante, revelando secretos ocultos en los años en que el Tiempo era joven y los dioses aún no habían nacido. Sobre las olas se alzaron recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna arrojaba pálidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y París se levantaba sobre su húmeda tumba para ser santificada con polvo de estrellas. Después, brotaron capiteles y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran recordados; terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el hombre jamás supo.
No había ya retumbar alguno, sino sólo el ultraterreno bramido y siseo de las aguas precipitándose en la falla. El humo de esta brecha se había convertido en vapor, ocultando casi el mundo mientras se hacía más y más denso. Chamuscó mi rostro y manos, y cuando miré para ver cómo afectaba a mis compañeros descubrí que todos habían desaparecido. Entonces todo terminó bruscamente y no supe más hasta que desperté sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del golfo plutónico veló por fin toda mi vista, el firmamento entero chilló mientras una repentina agonía de reverberaciones enloquecidas sacudía el estremecido éter. Sucedió en un relámpago y explosión delirantes; un cegador, ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disolvió la pálida luna mientras la arrojaba al vacío.
Y cuando el humo clareó y traté de ver la tierra, tan sólo pude contemplar, contra el telón de frías y burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas buscando a su hermana.


sábado, 9 de octubre de 2010

LAS LEGIONES DE LA TUMBA -- HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT





LAS LEGIONES DE LA TUMBA
HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT

Cuando desapareció el doctor Herbert West, hace un año, la policía de Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba cosas, o algo peor; pero no podía decirles la verdad porque no me habrían creído. Sabían, efectivamente, que West había estado complicado en actividades que iban más allá de la capacidad de crédito de los hombres ordinarios; pues sus espantosos experimentos sobre la reanimación de cadáveres habían sido demasiado numerosas para poder mantener un perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante catástrofe final adquirió caracteres de demoníaca fantasía que me hacen dudar incluso de la realidad de lo que vi.
Yo era el amigo más allegado de West, y su único ayudante confidencial. Nos habíamos conocido años antes en la Facultad de Medicina, y desde el principio había participado yo en sus terribles investigaciones. Había intentado perfeccionar lentamente una solución que, inyectaba en las venas de un recién fallecido, podía devolverle la vida. Este trabajo requería abundancia de cadáveres frescos, y comportaba, consiguientemente, las actividades más espantosas. Más horribles aun eran los resultados de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne que había estado muertas, pero que West despertaba, dotándola de una ciega, insensata y nauseabunda animación. Estos eran los resultados usuales; ya que para que volviera a despertar la mente era necesario que los ejemplares fuesen absolutamente frescos, y que las delicadas células cerebrales no hubiesen sufrido la más mínima descomposición.
Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de West. Eran difíciles de conseguir; y un día espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar cuando aún estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso alcaloide lo convirtieron en cadáver fresquísimo, y el experimento fue positivo durante un instante breve y memorable; pero West salió de él con un alma seca y endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de calculadora y horrenda apreciación de los hombres de cerebro especialmente sensible y un físico vigoroso. Hacia el final, cobré a West un intenso terror, ya que empezaba a mirarme de esa misma manera. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas, aunque me notaba asustado; y tras su desaparición, se valieron de eso para propalar unas sospechas absurdas.
En realidad West tenía más miedo que yo; sus abominables trabajos le hacían llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien le daba miedo; pero a veces su nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba relacionado con abominaciones indescriptibles a las que había inyectado una vida morbosa, y en las que no había visto extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus experimentos con el revólver; pero a veces no era bastante rápido. Es lo que ocurrió con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron más tarde huellas de arañazos. Y lo que sucedió también con el cadáver de aquel profesor de Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser capturado y encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton donde estuvo dieciséis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los demás resultados que posiblemente subsistían eran productos de lo que resulta más difícil hablar, dado que en los últimos años, el celo científico de West había degenerado en una manía insana y fantástica, y había consagrado su prodigiosa habilidad a vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres, o partes unidas a una materia orgánica no humana. En la época en que desapareció. Se había convertido en algo diabólicamente repugnante; muchos de los experimentos no podrían ser referidos en la letra impresa. La Gran Guerra, en la que servimos los dos como cirujanos, había intensificado este aspecto de West. Al decir que el miedo de West a sus ejemplares era brumoso pensaba sobre todo en el carácter complejo de ese sentimiento. En parte se debía sólo al hecho de saber que aún seguían existiendo esos monstruos abominables, y en parte a su miedo al daño corporal que podían infringirle en determinadas circunstancias. La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la situación: West sólo conocía el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del manicomio. Pero, además, había un miedo más sutil: una sensación verdaderamente fantástica, consecuencia de un extraño experimento que llevó a cabo en el ejército canadiense, en 1915. En medio de una enconada batalla, West había reanimado al comandante Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., colega nuestro que estaba al tanto de sus experimentos, y el cual podía haberlos duplicado. Le había seccionado la cabeza a fin de poder estudiar las posibilidades de vida cuasi-inteligente del tronco. El experimento dio resultado en el mismo instante en que el edificio era barrido por una granada alemana. El tronco se movió de forma inteligente; y, por increíble que parezca, tuvimos la seguridad de que brotaron sonidos articulados de la cabeza seccionada que estaba en el fondo oscuro del laboratorio. En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jamás estuvo seguro, como habría sido su deseo, de que fuéramos el y yo los únicos supervivientes. Después, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que sería capaz de hacer un médico decapitado con capacidad para reanimar a los muertos.
La última residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que dominaba uno de los más antiguos cementerios de Boston. Había escogido el lugar por razones puramente simbólicas y fantásticas, ya que la mayoría de los enterramientos databan del periodo colonial, y por tanto era muy poca utilidad para un científico que necesitaba cadáveres frescos. Había instalado el laboratorio en un subsótano secretamente construido por obreros traídos de otra región, y en él tenía un gran incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres, fragmentos y remedos sintéticos de cuerpos que quedaban de los morbosos experimentos e impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este sótano, los obreros habían dado con cierta albañilería extraordinariamente antigua; sin duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para que desembocara en ningún sepulcro conocido. Después de muchos cálculos, West concluyó que debía de haber alguna cámara secreta bajo la tumba de los Averill, en la que el último enterramiento se había efectuado en 1768. Yo estaba con él cuando estudió las paredes goteantes y nitrosas que habían dejado al descubierto las palas y los picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofrío que nos aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero por primera vez, la nueva timidez de West se impuso a su natural curiosidad, y traicionó su degenerada fibra imponiéndole que dejase intacta la albañilería y la tapase con yeso. Y así permaneció, hasta la noche infernal, como parte de las paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo añadir que era puramente mental e intangible. Exteriormente, fue él mismo hasta el final: tranquilo, frío, delgado, con el pelo amarillo, ojos azules y con gafas, y un aspecto general de joven que los años y los terrores no llegaron a cambiar. Parecía sereno incluso cuando pensaba en aquella sepultura arañada y miraba por encima del hombro, o cuando pensaba en aquel ser carnívoro que mordía y manoteaba los barrotes de Sefton.
El final de Herbert West comenzó una tarde, en nuestro despacho común, cuando alternaba su extraña mirada entre el periódico y yo. Un curioso titular había atraído su atención desde las arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció atraparle desde dieciséis años atrás. En el manicomio de Sefton, a cincuenta millas de distancia había sucedido algo espantoso e increíble que había dejado estupefactos al vecindario y perpleja a la policía. A primeras horas de la madrugada; un grupo de hombres silenciosos había penetrado en el parque de la institución y su jefe había despertado a los celadores. Era una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios; cuya voz parecía conectada casi ventrilocuamente a un gran estuche negro que, transportaba. Su inexpresivo rostro tenía las facciones bien parecidas, hasta a punto de dar la impresión de una belleza radiante, aunque el director se había llevado un sobresalto cuando la luz del vestíbulo cayó sobre él, ya que era un rostro de cera, y los ojos de cristal pintado. Debió de sucederle algún accidente atroz a este hombre. Otro, más alto, guiaba sus pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulenca aparecía medio devorada por alguna enfermedad desconocida. El que hablaba pidió que le cediesen la custodia del monstruo caníbal traído de Arkham hacia dieciséis años; y al serle negada, dio una señal que provocó un espantoso alboroto. Los demonios aquellos golpearon, patearon y mordieron a todos los celadores que no lograron huir; mataron a cuatro, y finalmente consiguieron liberar al monstruo. Estas víctimas, que podían recordar el suceso sin histerismos, juraban que las criaturas se habían comportado menos como hombres que como puros autómatas guiados por el jefe de cabeza de cera. Cuando les llegó ayuda, aquellos hombres y la criatura caníbal habían desaparecido sin dejar rastro.
Desde el momento en que leyó el artículo, hasta la medianoche, West permaneció casi paralizado. A las doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó terriblemente. Todos los criados se encontraban durmiendo en el ático, de modo que fui yo a abrir. Como he contado a la policía, no había ningún vehículo en la calle; sólo vi un grupo de figuras de aspecto extraño, con un gran estuche cuadrado que depositaron en la entrada, después de gruñir uno de ellos con voz asombrosamente inhumana: "Correo urgente; pagado". Salieron de la casa con paso desigual, y al verles alejarse, tuve el extraño convencimiento de que se dirigían al antiguo cementerio con el que lindaba la parte de atrás de la casa. Al oírme cerrar la puerta de golpe, bajó West y miró la caja. Tenía unos dos pies cuadrados, y llevaba el nombre correcto de West, con su actual dirección. También traía remitente: "Eric Moreland Clapman-Lee, St. Clare. Eloi, Flandes". Seis años antes, en Flandes, el hospital se había derrumbado, a causa de una granada, sobre el tronco decapitado y reanimado del doctor Clapman-Lee, y sobre su cabeza separada, la cual (quizá) había llegado a proferir sonidos articulados. Ahora West ni siquiera se emocionó. Su estado era más espantoso. Dijo rápidamente: "Es el fin... pero incineremos... ésto". Transportamos la caja al laboratorio, con el oído atento. No recuerdo muchos de los detalles -ya pueden imaginar mi estado psíquico-, pero es una mentira maliciosa decir que fue el cuerpo de Hebert West lo que metí en el incinerador. Entre los dos, introdujimos la caja sin abrir, cerramos la puerta, y conectamos la corriente. Y no brotó sonido alguno la caja.
Fue West quien observó primero que se caía el yeso de una parte de la pared, donde había sido cubierta la antigua albañilería de la tumba. Iba yo a echar a correr, pero él me retuvo. Entonces vi una pequeña abertura negra, sentí una bocanada de viento frío y hediondo, y percibí el olor de las entrañas abominables de una tierra putrescente. No oímos ningún ruido; pero en ese preciso instante se apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la locura... o de algo peor. Sus siluetas eran humanas, semihumanas; se trataba de una horda grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al laboratorio en fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera. Una especie de monstruosidad con ojos desorbitados que marchaba detrás del jefe agarró a Herbert West. West no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron ante mis ojos, llevándose sus trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de cera, que iba vestido con uniforme de oficial canadiense, se llevó la cabeza de West. Al desaparecer, vi que sus ojos azules; detrás de las gafas, centelleaban espantosamente, revelando por primera vez una frenética y visible emoción.
Los criados me encontraron inconsciente por la mañana. West había desaparecido. E1 incinerador contenía sólo ceniza inidentificable. Los detectives me han interrogado; pero, ¿qué puedo decir?. No relacionarán a West, con la tragedia de Sefton; ni con éso, ni con los hombres de la caja, cuya existencia niegan. Les he hablado de la cripta; pero ellos me han enseñado el yeso intacto de la pared, y se han reído. Así que no les he contado nada más. Quieren dar a entender que estoy loco, o que soy un asesino... probablemente es que estoy loco. Pero podría no ser así, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas.

viernes, 8 de octubre de 2010

La Casa Maldita H.P. Lovecraft





La Casa Maldita

H.P. Lovecraft



Rara vez deja de haber ironía incluso en el mayor de los horrores. Algunas veces forma parte directa de la trama de los sucesos, mientras que otras sólo atañe a la Posición fortuita de éstos entre las personas y los lugares. ,Un magnífico ejemplo de este último caso puede encontrarse en la antigua ciudad de Providence, donde acostumbraba a ir Edgar Allan Poe, a mediados del siglo pasado, durante su infructuoso galanteo a Mrs. Whitman, Poeta de excelentes dotes. Poe solía parar en la Mansión House -nuevo nombre de la Hostería de la Bola de Oro, cuyo techo cobijó a Washington, a Jefferson y a Lafayette-, y su paseo preferido era hacia el Norte, por la misma calle, donde se encontraban la casa de Mrs. Whitman y el vecino cementerio de St. John, situado en la falda de la colina cuyo recoleto recinto' con abundancia de lápidas del siglo XVIII, le fascinaba de manera especial.
Lo irónico del caso es que en el curso de aquel paseo, tantas veces repetido, el más grande maestro de lo terrible y de lo fantástico tenía que pasar por delante de cierta casa situada en el lado oriental de la calle, un edificio deslucido y anticuado que se hallaba posado sobre la brusca subida de la ladera de la colina, con un amplio y descuidado jardín que databa de la época en ¡que la región era en parte campo abierto. No parece que Poe escribiera o hablara nunca de la casa, m se tiene noticia de que hubiera reparado en ella. Y, sin embargo, aquella morada para las dos personas en posesión de cierta información, iguala o supera en horror a las más descabelladas fantasías del genio que con tanta frecuencia pasó por delante de ella sin saber lo que ocultaba y se alza con mirada maliciosa y rígida como símbolo de todo lo que es indeciblemente espantoso.
La casa era -en realidad, continúa siendo- de las que atraen el interés de los curiosos. Originalmente granja, por lo menos en parte, tenía el habitual aspecto colonial - de las casas prósperas de tejado puntiaguado de la Nueva Inglaterra de mediados del siglo xviii, con dos pisos y ático, pórtico georgiano y paredes interiores recubiertas de madera, como dictaba la evolución del gusto en esa época. Estaba orientada hada el Sur y tenía un elevado tejado cuyos dos aleros daban, respectivamente,, a la ladera de la colina y a la calle. Su construcción, de hace más de siglo y medio, se había adaptado al nivelado y al enderezamiento del camino en aquella vecindad particular, pues Benefit Street, llamada originalmente Back Street, se trazó como sinuoso sendero entre los sepulcros' de los primeros colonos y sólo se enderezó cuando el traslado de los cadáveres al Cementerio del Norte permitió abrir camino a través de los antiguos predios familiares.
En un principio, el muro posterior se alzaba sobre un campo de hierba que quedaba como a veinte pies por encima del nivel de la calle, pero un ensanchamiento de ésta, aproximadamente en tiempos de la Guerra de la Independencia, absorbió casi todo el espacio intermedio y dejó los cimientos al aire, por lo que hubo que construir en él sótano un muro de ladrillo, que dio a esta hundida parte de la casa una fachada dotada de puerta y dos ventanas por encima del nivel del suelo, casi a la altura de la calle nueva. Cuando se construyó la acera hace un siglo, se eliminó el resto del espacio intermedio, y en sus paseos Poe debió de ver sólo un muro vertical de ladrillo que nacía del borde de la acera, coronado a una altura de diez pies por la pesada silueta de la antigua casa entejada propiamente dicha.
Los terrenos, propiedad de la familia, se extendían por la parte trasera y subían un buen trecho por la loma, hasta casi llegar a Wheaton Street. El espacio al sur de la casa, el que lindaba con Benefit Street, quedaba, naturalmente, muy por encima del nivel de la actual acera, formando una plataforma que acababa en un muro de guijas húmedas y mohosas horadado por un tramo muy inclinado de estrechos escalones que conducía al interior, entre paredes que formaban una especie de desfiladero, y desembocando en la parte superior en un despeinado macizo de césped, muros de ladrillo rezumantes y jardines descuidados, cuyas desmanteladas urnas de cemento, tiestos herrumbrosos caídos de trípodes de nudosas patas y objetos parecidos hacían parecer más atractiva, por contraste, la puerta principal, maltratada por la intemperie, con su montante roto, pilastras jónicas podridas y carcomida cornisa triangular.
Lo que oí de muchacho acerca de la Casa Maldita fue simplemente que la gente moría en ella en cantidad alarmante. Esa había sido la razón, me decían, por la que sus primeros propietarios la habían abandonado unos veinte años después de haberla construido. La casa era, evidentemente, malsana, tal vez a causa de la humedad y de los hongos que crecían en el sótano, del tufo enfermizo que lo contaminaba todo, de las corrientes de los pasillos o de la calidad del agua de la bomba y del pozo. Estas. cosas ya eran lo bastante malas y a ellas culpaban, las personas que yo conocía, de las desgracias de la casa. Únicamente los cuadernos de notas de mi tío el anticuario, Dr. Elihu Whipple, me revelaron detalladamente las más oscuras y vagas suposiciones que formaban una corriente folklórica subterránea entre los sirvientes más antiguos y la gente humilde, conjeturas que nunca llegaron muy lejos y fueron en su mayor parte olvidadas cuando Providence se convirtió en ciudad importante con una población moderna y cambiante.
En realidad, los habitantes serios de la ciudad nunca consideraron la casa como «encantada» exactamente. No se hablaba de ruidos de cadenas, ni de heladas corrientes de aire, ni de apagones de luces, ni de caras en las ventanas. Los extremistas decían que traía «mala suerte», pero no pasaban de ahí. Lo indiscutible era que en ella morían gran número de personas, o, mejor dicho, que en ella habían muerto un gran número de personas, pues después de ciertos peculiares acontecimientos ocurridos allí hace más de sesenta años, el edificio había quedado abandonado debido a la imposibilidad de alquilarlo. Aquellas personas no murieron todas repentinamente por una, causa determinada; parecía más bien que su vitalidad iba sien-
do minada de un modo insidioso y que su resistencia dependía de su mayor o menor fortaleza natural. Y las que no morían mostraban en diversos grados un tipo de anemia o consunción, y a veces una decadencia de las facultades mentales, que no hablaban a favor de la salubridad del edificio. Debe añadirse que las casas vecinas parecían estar completamente libres de aquella perniciosa condición.
Esto es cuanto sabía antes que mis insistentes preguntas llevaran a mi tío a mostrarme las notas que finalmente nos embarcaron en nuestra espantosa investigación. En mi niñez, la Casa Maldita estaba vacía, con sus árboles desnudos, nudosos y viejos, su alta hierba de una palidez extraña y cizaña de aspecto de pesadilla en el abandonado patio en el que jamás se posaban los pájaros. Los muchachos solíamos invadir la finca, y aún recuerdo mi terror juvenil provocado no sólo por la morbosa calidad de aquella siniestra vegetación, sino ante la atmósfera y el olor de la ruinosa casa, cuya puerta abierta cruzábamos frecuentemente en busca de emociones. Los cristales de las ventanas estaban rotos en su mayoría, y una indescriptible desolación rodeaban los precarios paneles dé madera que cubrían las paredes, los desvencijados postigos interiores, el papel de los muros que colgaba a tiras, la escayola que se desmoronaba, las inseguras escaleras y los pocos muebles estropeados que todavía quedaban. El polvo y las telarañas daban un mayor matiz de abandono a aquel ambiente atemorizador, y muy valiente tenía que ser el muchacho que se aventuraba por la escalera que conducía al desván, una pieza espaciosa y alargada, con vigas al descubierto, iluminada solamente por la incierta luz de las pequeñas buhardillas de sus extremos y repleta de un montón de arcones, sillas y ruecas rotas que infinitos años de abandono habían cubierto y adornado de formas monstruosas y diabólicas.
Pero, después de todo, el desván no era la parte más terrible de la casa. Lo que nos provocaba mayor repulsión era el húmedo sótano, aunque quedaba completamente por encima del nivel del suelo en el lado que miraba a la calle, separado de la concurrida acera por un endeble tabique de ladrillo en el que se abrían una puerta y una ventana. No sabíamos si frecuentarlo atraídos por su estímulo fantasma], o rehuirlo para bien del alma y la cordura. En primer lugar, el mal olor de la casa era más pronunciado allí; y, además, no nos gustaban la blanca fungosidad que brotaba algunas veces del duro suelo de tierra en los veranos lluviosos. Aquellos hongos, de grotesco parecido con la vegetación del patio exterior, tenían formas verdaderamente horribles, detestables caricaturas de setas de especies desconocidas. Se pudrían pronto y en determinada fase de su descomposición adquirían una leve fosforescencia, de modo que los transeúntes nocturnos hablaban, a veces, de los fuegos fatuos que brillaban detrás de los destrozados cristales de las ventanas, por las que se esparcía el mal olor.
Nunca, ni siquiera en las más descabelladas vísperas de Todos los Santos, bajamos al sótano de noche, pero en algunas de nuestras visitas diurnas pudimos percibir la fosforescencia, especialmente si el día era oscuro y húmedo. También captábamos a menudo una cosa más sutil, algo muy extraño que era, sin embargo, y en el mejor de los casos, apenas una sugestión. Me refiero a una mancha nebulosa y blanquecina en el suelo de tierra, un depósito, vago y cambiante de moho y nitro que, en ocasiones, creíamos ver entre la esparcida fungosidad cerca del inmenso fogón de la cocina del sótano. Algunas veces nos parecía que aquella mancha tenía una extraña semejanza con la figura de una persona encorvada, aunque generalmente no existía tal parecido, y con frecuencia ni siquiera la veíamos. Cierta tarde de lluvia en que aquella sensación fue particularmente intensa y en que, además, había creído ver una especie de emanación tenue, amarillenta y temblorosa que brotaba del dibujo en dirección a la campana de la chimenea, le hablé a mi tío del asunto. Se limitó a sonreír ante aquella curiosa fantasía, pero me pareció que había en su sonrisa un matiz de reminiscencia. Más tarde me enteré de que en algunas de las antiguas leyendas que circulaban por la región había una idea similar a la mía, una idea que también aludía a las formas de vampiro y de lobo que tomaba el humo de la gran chimenea, y de los anómalos contornos adoptados por algunas de las retorcidas raíces de árbol que se abrían camino hasta el sótano por entre las piedras sueltas de los cimientos.
II
M tío no me dio a conocer las notas e informes que había reunido acerca -de la Casa Maldita hasta que fui un hombre adulto. El Dr. Whipple era un médico sensato y conservador de la antigua escuela, y a pesar del interés que le inspiraba la casa no deseaba alentar a un muchacho a pensar en cosas anormales. Sus propias opiniones, en el sentido de que el edificio había sido construido en un paraje insalubre, no tenían nada de anormal, pero se daba cuenta de que el pintoresquismo de lo que había suscitado su propio interés podría asociarse en la mente fantástica de un muchacho con toda clase de macabras imaginaciones.
Mi tío era un solterón, un hombre de pelo blanco, de rostro rasurado vestido a la antigua e historiador local notable, que había roto frecuentemente una lanza contra guardianes de la tradición tan polémicos como Signey S. Rider y Thomas W. Bicknell. Vivía con un criado en una antigua casa georgiana de aldabón, escalinata y barandal de hierro que se alzaba amenazadoramente en North Court, calle de empinada pendiente, junto a la mansión colonial de ladrillo en la que su abuelo -primo de un famoso corsario, el capitán Whipple, que en 1772 quemó la goleta Gaspee de Su Majestad-, había votado el 4 de mayo de 1776 por la independencia de la colonia de Rhode Island. A su alrededor, en la húmeda biblioteca de techo bajo y blancos paneles que la humedad hacía amarillear, de pesada repisa tallada sobre la chimenea y ventanas de pequeños cristales color vino, se guardaban las reliquias y documentos de su antigua familia, entre los cuales había muchas ambiguas alusiones a la Casa Maldita de Benefit Street. Ese malsano lugar no se encuentra lejos, pues Benefit Street corre a lo largo del borde de la precipitada pendiente por encima del Tribunal, por donde treparon las primeras casas de los colonizadores.
Cuando mi tío me consideró lo bastante maduro como para digerirla, puso ante mis ojos una crónica realmente extraña. A pesar de la longitud de su contenido, lleno de estadísticas y monótonas genealogías, corría por ella una hebra continua de tenaz y persistente horror y de malignidad preternatural que me impresionaron más que al buen doctor. Sucesos independientes encajaban entre sí de manera asombrosa, y detalles al parecer insignificantes prometían un potencial de espantosas posibilidades. Una nueva y ardiente curiosidad brotó en mí, comparada con la cual la que sentí de muchacho era débil y rudimentaria. La primera revelación me llevó a realizar una investigación a fondo y finalmente a aquella estremecedora búsqueda que resultó tan desastrosa para mí y para los míos. Pues mi tío insistió en unirse a las pesquisas -que yo había iniciado, y tras haber estado cierta noche en aquella casa, no volvió a salir conmigo. Ahora estoy solo, sin aquel espíritu amable cuyos largos años estuvieron llenos de honor, virtud, buen gusto, benevolencia y erudición. He erigido una urna de mármol en memoria suya en el cementerio de St. John --el lugar bien amado de Poe-, el recogido soto de altísimos sauces que queda sobre la loma, en donde tumbas y lápidas se agrupan serenamente entre la mole blanquecina de la iglesia, las casas y los muros de contención de Benefit Street.
La historia de la casa, que se abría paso entre un laberinto de fechas, no revelaba nada siniestro en lo referente a su construcción, ni en lo referente a la honorable familia que la edificó. Y, sin embargo, desde sus comienzos la rodeó un aura de calamidades, que pronto adquirió proporciones de mal agüero. La historia, cuidadosamente recopilada por mi tío comenzaba con la construcción del edificio en 1763, y desarrollaba el tema con una desacostumbrada cantidad de detalles. Sus primeros moradores fueron William Harris, su esposa Rhoby Dexter y sus hijos, Elkanah, nacida en 1755; Abigail, nacida en 1757; William, junior, nacido en 1759, y Ruth, nacida en 1761. Harris era un adinerado mercader y marino, dedicado al comercio con las Indias Occidentales y relacionado con la firma de Obadiah Brown y sus sobrinos. Después de la muerte de Brown en 1761, la nueva casa de Nicholas Brown & Co. le nombró capitán del bergantín Prudence, construido en Providence, de 120 toneladas, lo que le permitió construir la nueva casa que había anhelado tener desde que contrajo matrimonio.
El lugar que había elegido -una parte de la recientemente enderezada Báck Street, calle nueva y de buen vecindario, que corría a lo largo de la ladera de la colina que dominaba el populoso Cheapside- reunía todo lo que pudiera desearse, y la casa hacía honor al solar que ocupaba. Era todo lo buena que podía ser dada una fortuna moderada, y Harris se apresuró a mudarse a ella antes que naciera el quinto hijo que esperaba la familia. Este hijo, un varón, llegó en diciembre, *pero nació muerto. Durante un siglo y medio no iba a nacer en aquella casa ningún niño vivo.
En el mes de abril, cayeron enfermos los niños, y Abi. gail y Ruth murieron poco después. El Dr. Job Ives diagnosticó el mal como una clase de fiebre infantil, aunque hubo otros que hablaron de simple debilitación y decaimiento. En cualquier caso, la enfermedad parecía ser contagiosa, pues en el mes de junio Hannah Bowen, una de las dos criadas de la casa, murió de la misma dolencia. El¡ Lideason, la otra criada, se quejaba constantemente de debilidad, y hubiera regresado a la granja de su padre de no haber sido por el gran cariño que le cobré a Mehitabel Rehoboth, que había reemplazado a Hannah. Eli falleció al año siguiente, año triste en verdad, pues en él murió el mismo William Harris, debilitado por el clima de la Martinica, donde sus ocupaciones lo habían retenido durante largas temporadas en la década anterior.
Rhoby, su viuda, nunca se repuso de la pérdida de su marido, y la muerte de su primogénita, Elkanah, ocurrida dos años después, significó el golpe decisivo a su razón. En 1768 fue víctima de una locura benigna, y quedó recluida en el piso superior de la casa; su hermana mayor, Mercy Déxter, soltera, llegó a la casa para cuidar de la familia. Mercy era una mujer muy poco agraciada, huesuda y de gran fortaleza física; pero su salud empeoró visiblemente desde su llegada. Profesaba un profundo afecto a su desventurada hermana y un cariño especial al único sobrino que le quedaba, William, que luego de haber sido un niño fuerte y robusto se había convertido en un muchacho flacucho y enfermizo. Ese mismo año murió Mehítabel, y el otro criado, Preserved Smith, se marchó sin dar una explicación coherente, o aduciendo simplemente algunas historias poco razonables y diciendo que no le gustaba el olor de la casa. Durante algún tiempo, Mercy no pudo conseguir más ayuda, pues siete muertes y un caso de locura, todo ello en un período de cinco años, habían comenzado a fomentar habladurías, repetidas primeramente junto a la lumbre, y convertidas luego en absurdos rumores. Finalmente, consiguió unos criados que no eran del pueblo: Ann White, una mujer melancólica de la parte de North Kingstown que hoy forma la villa de Exeter, y un hombre competente venido de Boston que se llamaba Zenas Low.
Ann White fue la primera en dar forma definida a los rumores. Mercy nunca debió tomar a criada alguna de la comarca de Nooseneck Hill, pues esas tierras remotas y atrasadas eran entonces, como hoy, semillero de las más inquietantes supersticiones. En 1892, fecha relativamente reciente, las gentes de Exeter desenterraron un cadáver y quemaron ceremonialmente el corazón para impedir ciertas supuestas apariciones nocivas para la salud y la paz de la población, y puede imaginarse cuál era el punto de vista de esa comarca en 1768. Ann habló mucho e indiscretamente, y al cabo de unos meses Mercy la despidió reemplazándola con una fiel y amable criada de Newport, María Robbins.
Mientras tanto, la infortunada Rhoby Harris, en su locura, daba rienda suelta a sueños y falsas aprensiones de la más horrible especie. Había veces en que sus gritos se hacían insoportables y durante largos períodos decía tales horrores que su hijo tuvo que ser enviado a casa de su primo, Peleg Harrís, que vivía en Presbyterian Lane, cerca del nuevo edificio del colegio universitario. El muchacho parecía mejorar después de estas visitas, y de haber sido Mercy tan inteligente como bien intencionada, hubiera dejado que el chico se quedara a vivir permanentemente en casa de Peleg. La tradición no está de acuerdo en lo que Mrs. Harris gritaba en sus estallidos de violencia, o, mejor dicho, los relatos son tan absurdos que se
invalidan a sí mismos. Pues resulta, efectivamente, absurdo oír que una mujer que solamente tenía rudimentarios conocimientos del francés, gritara durante horas enteras empleando un francés grosero y coloquial, o que la misma persona, en la vigilada soledad de su habitación, se quejara amarga y excitadamente de una presencia que la miraba fijamente y la atormentaba con dentelladas y mordiscos. Zena, el criado, murió en 1772, y cuando Mistress Harris se enteró lo celebró con risas y alborozo, algo incomprensible en ella. Al año siguiente falleció, siendo enterrada en el Cementerio del Norte, junto a su marido.
Cuando comenzó la guerra con Inglaterra en 1775, William Harris, a pesar de sus dieciséis años y de su endeble constitución, consiguió alistarse en el Ejército de Observación a las órdenes del general Greene, y a partir de entonces empezó a mejorar de salud y a ganar en prestigio. En 1780, siendo capitán de las fuerzas de Rhode Island en Nueva jersey, mandadas por el coronel Angell, conoció a Phebe Hetfield, de Elizabethtown, contrajo matrimonio con ella y la llevó consigo a Providence al año siguiente cuando le licenciaron honrosamente en el ejército.
El regreso del joven soldado no fue un acontecimiento feliz. La casa, es cierto, se encontraba aún en buen estado la calle se había ensanchado y le habían cambiado el nombre de Back Street por el de Benefit Street. Pero el antes robusto cuerpo de Mercy Dexter se había encogido y desmejorado curiosamente, y ahora era una patética figura encorvada de voz cavernosa y desconcertante palidez, característica singularmente compartida por María, la única criada que quedaba. En el otoño de 1782, Phebe Harris dio a luz una hija muerta, y el día 15 del siguiente mes de mayo, Mercy fallecía tras una vida laboriosa, austera y virtuosa.
William Harris, convencido por fin de la naturaleza radicalmente malsana de su casa, decidió abandonarla y cerrarla para siempre. Consiguió alojamiento provisional para su esposa y para él en la Hostería de la. Bola de Oro, recientemente abierta, y dispuso la construcción de una casa nueva y mejor en Westminster Street, en el ensanche de la ciudad, al otro lado del Gran Puente. Allí nació en 1785 su hijo Dutee, y allí vivió la familia hasta que el desarrollo y necesidades, del comercio los llevaron a instalarse al otro lado del río, y más allá de la loma en Angell Street, en el nuevo barrio residencial del Este, en donde el desaparecido Archer Harris construyó su suntuosa y fea residencia con tejado a la francesa en 1876. William. y Phebe murieron víctimas de la epidemia de fiebre amarilla en 1797, pero Dutee fue criado por su primo Rathbone Harris, hijo de Peleg.
Rathbone era un hombre práctico y arrendó la casa de Benefit Street, a pesar del deseo de William de conservarla desalquilada. juzgó que tenía la obligación hacia su pupilo de sacar el máximo beneficio del patrimonio del muchacho, y no le importaron las muertes y enfermedades que ocasionaron continuos cambios de inquilinos, ni la creciente aversión que la casa generalmente inspiraba. Es probable que sintiera únicamente enojo cuando, en 1804, las autoridades municipales le dieron orden de fumigarla con azufre, alquitrán y alcanfor como consecuencia del comentado fallecimiento de cuatro personas, probablemente causado por un brote de fiebre epidémica. Se dijo que el lugar olía a fiebre.
El propio Dutee no pensó gran cosa en la 5 asa, pues llegó a ser oficial de un barco corsario y presto servicios con distinción en el Vigilant, mandado por el capitán Cahoone en la guerra de 1812. Regresó ileso, contrajo matrimonio en 1814 y fue padre aquella memorable noche del 23 de septiembre de 1815, en que una gran tormenta arrastró las aguas de la bahía hasta que cubrieron la mitad de la ciudad lanzando una gran balandra a buena altura de Westminster Street de modo que sus mástiles casi golpearon las ventanas de los Harris en simbólica afirmación de que el recién nacido, We1come, era hijo de marino.
WeIcome no sobrevivió a su padre, pero sí vivió lo suficiente para morir gloriosamente en Fredericksburg en 1862. Ni él ni su hijo Archer supieron nada de la Casa Maldita, sino que era un engorro casi imposible de arrendar, tal vez a causa de la perniciosa humedad y del olor a viejo y a abandono. En realidad, no volvió a ser alquilada después de una serie de muertes que culminaron en 1861, y que pasaron inadvertidas a causa de la emoción de la guerra. Carrington Harris, el último descendiente varón de la familia, la conocía sólo como un lugar abandonado, pintoresco y centro de leyendas hasta que yo le conté mi experiencia. Se proponía derribarla y construir en el solar un nuevo edificio de apartamentos, pero después de mi relato decidió dejarla en pie, instalar cañerías y alquilarla. No se ha tropezado todavía con ninguna dificultad para encontrar inquilinos. El horror ha desaparecido.
III
Puede imaginarse lo profundamente que me impresionaron los anales de los Harris. En esta ininterrumpida historia parecía anidar una persistente maldad superior a todo lo que yo había conocido en la naturaleza; una maldad claramente relacionada con la casa, y no con la familia. Confirmó esta impresión la colección menos sistemática de heterogéneos datos de mi tío -leyendas procedentes de habladurías de criados, recortes de periódicos, copias, certificados de defunción extendidos por médicos colegas suyos y cosas semejantes. No puedo reproducir todo esa material, pues mi tío fue un incansable investigador del pasado y sintió gran interés por la Casa Maldita; pero puedo referirme a diversos puntos destacados que llaman la atención por su repetición en muchos informes procedentes de diversas fuentes. Por ejemplo, los rumores de la servidumbre coincidían casi unánimemente en atribuir al sótano, con sus hongos y su mal olor, la supremacía en la perniciosa influencia. Hubo criadas -Ann White especialmente- que se resistían a usar la cocina del sótano, y por lo menos tres leyendas muy concretas hablaban de las extrañas formas, casi humanas o diabólicas, que tomaban las raíces de los árboles y las manchas de moho en esa parte de la casa. Estas últimas me interesaban profundamente recordando lo que yo había visto de chico, pero tuve la sensación de que la mayor parte de lo importante había quedado en cada caso oscurecido en buena parte por añadiduras sacadas del común acerbo de cuentos locales de fantasmas.
Ann White, con su superstición típica de Exeter, había difundido la más estrambótica y al mismo tiempo más coherente de las historias o patrañas según la cual tenía que estar enterrado bajo la casa uno de esos vampiros, o muertos que conservan la forma corporal y viven de la sangre o del aliento de los seres vivos, cuyas espantosas huestes envían sus formas o espíritus acechantes al exterior durante la noche. Para acabar con un vampiro, dicen las comadres, hay que desenterrarlo y quemarle el corazón, o por lo menos atravesárselo con una estaca, y la tenaz insistencia de Ann en que debía cavarse el suelo del sótano en busca de cadáveres había sido la causa principal de que la despidieran.
Pero sus historias encontraron un amplio auditorio, y se aceptaron más fácilmente porque la casa estaba edificada efectivamente en un lugar que en otra época sirviera de cementerio. Para mí esto tenía menos importancia que ciertos detalles realmente desconcertantes -la queja del criado, Preserved Smith, que había precedido a Ann sin oír jamás hablar de ella, de que algo «le chupaba el aliento» por la noche; los certificados de defunción de las víctimas de la fiebre en 1804, expedidos por el Dr. Chad Hopkins, es que se mencionaba que las cuatro personas carecían inexplicablemente de sangre; y los oscuros desvaríos de la pobre Rhoby Harris cuando se quejaba de los agudos dientes y ojos vidriosos de una presencia semivisible.
Aunque libre de vanas supersticiones, estas cosas me producían una extraña sensación que se intensificó al leer dos recortes de periódico de fechas muy distintas relativos a muertes acaecidas en la Casa Maldita -uno de la Providence Gazette and Country-journal, del 12 de abril de 1815, y el otro del Daily Transcrípt and Chronicle, del 27 de octubre de 1845-, y que detallaban un espeluznante suceso cuya repetición resultaba extraña Parece ser que en ambos casos la persona agonizante, en 1815 una dulce anciana llamada Stafford, y en 1845 un maestro de mediana edad llamado Eleazer Durfee, se transfiguró horriblemente, vidriándose su mirada e intentando morder la garganta del médico que le atendía. Todavía más extraño fue el caso que puso término al alquiler de la vivienda, una serie de muertes por anemia precedidas de locura en el curso de la cual los enfermos atentaban contra la vida de sus parientes mediante incisiones en el cuello o en las muñecas
Esto ocurrió en 1860 y 1861, cuando mí tío comenzaba a ejercer su profesión de médico; y antes de partir para el frente oyó hablar mucho del caso a sus colegas más viejos. Lo que resultaba verdaderamente inexplicable era la forma en que las víctimas -gente ignorante, pues aquella casa maloliente y rehuida no podía alquilarse a otra clase de personas-, balbuceaban imprecaciones en francés, lengua que era imposible que hubieran estudiado verdaderamente. Aquello hacía pensar en la pobre Rhaby Harris de casi den años antes, y tanto impresionó esto a mi tío que empezó a reunir datos históricos acerca de la casa a su regreso de la guerra, después de escuchar los relatos personales de los doctores Chase y Whitmarsh. Realmente, comprobé que mi tío había pensado mucho en el asunto y de que se alegraba de mi propio interés abierto y comprensivo que le permitía discutir conmigo cosas de las que otros se hubieran reído. Su imaginación no había llegado tan lejos como, la mía, pero presentía que el lugar tenía algo de raro por su potencial para la imaginación y que merecía ser tenido en cuenta como inspiración en el terreno de lo grotesco y lo macabro.
Por mi parte estaba dispuesto a tomar todo el asunto con gran seriedad y empecé inmediatamente no sólo a revisar las pruebas, sino a acumular tantos datos como pudiera reunir. Hablé muchas veces con Archer Harris, el anciano propietario de la casa, antes que muriera en 1916, y obtuve de él y de su hermana soltera, todavía viva, una auténtica corroboración de todos los datos que mi tío había reunido acerca de la familia. Pero cuando les pregunté qué relación pudo tener la casa con Francia o con su lengua, se confesaron tan desconcertados e ignorantes respecto a ese asunto como yo. Archer nada sabía, Y lo único que pudo decir su hermana era que posiblemente su abuelo, Dutee Harris, había oído hablar de algo capaz de arrojar alguna luz sobre el tema. El viejo marino, que sobrevivió dos años a su hijo muerto en la guerra, no conoció por sí mismo la leyenda, pero recordaba que su primera niñera, la anciana María Robbins, parecía estar vagamente enterada de algo que podía haber dado cierto extraño significado a los desvaríos franceses de Rhoby Harris que tantas veces había oído en los últimos días de aquella desgraciada mujer. María había vivido en la Casa Maldita desde 1769 hasta que la familia se mudó en 1783 y había visto morir a Mercy Dexter. Una vez le insinuó algo a Dutee, aún niño, sobre un detalle algo extraño de los últimos momentos de Mercy, pero el chico lo había olvidado todo excepto que se trataba de algo raro. La nieta recordaba aquel detalle de un modo confuso. Ni ella ni su hermano estaban tan interesados en la casa como Carrington, el hijo de Archer y actual propietario, con quien hablé después de lo que me pasó.
Una vez que conseguí de la familia Harris. todos los datos que sabían, me dediqué a investigar los antiguos archivos y documentos de la ciudad con más cuidado y minuciosidad que lo había hecho mí tío. Lo que buscaba era una historia completa del solar en que se construyó la casa desde la fundación de la ciudad, ocurrida en 1636, o aun desde tiempos anteriores, si es que podía desenterrar alguna leyenda de los indios Narragansett con el fin de obtener los datos. Encontré, para empezar, que aquellos terrenos formaron parte de una larga franja de tierra otorgada originalmente a John Throckmorton, una de las muchas similares que comenzaban en Tcvwn Street, junto al río, y se extendían sobre la colina hasta un lugar que coincidía aproximadamente con la de la moderna Hope Street. La propiedad de Throckmorton, naturalmente, se había subdividido posteriormente, y dediqué mucho tiempo y trabajo a investigar qué había sido de aquella parte por la que luego correría Back o Benefit Street. Parece, según rumores, que había sido el cementerio de los Throckmorton, pero cuando estudié más cuidadosamente los documentos, descubrí que todas las tumbas habían sido trasladadas en una fecha anterior al Cementerio del Norte, situado en la Pawtucket West Road.
Y de pronto encontré, por pura casualidad, pues no estaba en los legajos principales y muy bien pudo pasarme inadvertido, algo que me emocionó profundamente, pues encajaba con algunos de los aspectos más extraños del caso. Era un documento de arrendamiento de 1697, relativo a un pequeño trozo de tierra, y otorgado a un tal Etienne Roulet y a su esposa. Al fin había aparecido el elemento francés, y también otro más profundamente horripilante que el nombre evocó extrayéndolo de mis insólitas y heterogéneas lecturas, lo que me llevó a estudiar febrilmente el plano del lugar tal como había sido antes del trazado de la Back Street entre 1747 y 1758. Encontré lo que a medias -esperaba; en el solar donde se alzaba ahora la Casa Maldita, detrás de una casita de planta baja, los Roulets habían enterrado a sus muertos, sin que existiera constancia de ningún traslado de tumbas. El documento terminaba de un modo confuso y tuve que buscar en los archivos de la Sociedad Histórica de Rhode Island y en la Biblioteca Shepley hasta encontrar una referencia local al nombre de Etienne Roulet. Por fin encontré algo y de tan vago y monstruoso significado que decidí investigar inmediatamente el sótano de la Casa Maldita con una nueva y emocionada minuciosidad.
Al parecer, los Roulets llegaron en 1696 de East Greenwich a la costa occidental de la bahía de Narragansett. Eran hugonotes procedentes de Caude, y habían tropezado con una fuerte oposición antes de que se les permitiera instalarse en Providence. La impopularidad les había acosado en East Greenwich, a donde llegaron en 1686 después de la revocación del Edicto de Nantes, y decían las malas lenguas que la ojeriza procedía de algo más que de los prejuicios raciales o nacionales, o de las rencillas sobre tierras que afectaron a otros colonizadores franceses que disputaron con los ingleses, rencillas que ni siquiera el gobernador Andros pudo apaciguar. Pero su ardiente protestantismo -demasiado ardiente, según algunos- y su manifiesta aflicción cuando los echaron del pueblo hizo que les concedieran refugio; y el aceitunado Etienne Roulet, menos ducho en faenas agrícolas que en leer extraños libros y dibujar raros diagramas, logró que le dieran un puesto de oficinista en el muelle de Pardon Tillinghast, en el extremo sur de Town Street. Pero tuvo lugar un alboroto de algún tipo, tal vez cuarenta años más tarde, después de la muerte del viejo Roulet, y nadlie parecía haber vuelto a oír hablar de la familia desde entonces.
Al parecer, durante más de un siglo se recordó bien a los Roulet, y se habló frecuentemente de ellos como protagonistas de incidentes ocurridos en la vida apacible' del puerto de Nueva Inglaterra. Paul, el hijo de Etienne, muchacho tacitumo cuya conducta impredecible probablemente había provocado el escándalo que hizo desaparecer a la familia, fue especialmente motivo de conjeturas; y aunque Providence no compartió nunca los temores a la brujería de sus vecinos puritanos, insinuaban las viejas comadres que las plegarias de Paul no eran proferidas en el momento adecuado ni dirigidas a quien debían dirigir-' se. Todo esto constituyó la base de la leyenda conocida por la andana María Robbins. La relación que pudiera .tener con los desvaríos en francés de Rhoby Harris y de otros habitantes de la Casa Maldita, sólo podrían determinarlo la imaginación o algún descubrimiento futuro. Me pregunté cuántos de los que habían conocido las leyendas habían sabido de aquel eslabón más con lo terrible, que mis extensas lecturas me permitieron descubrir; un dato, significativo encontrado en los anales del horror, morboso y que habla de Jacques Roulet, de Caude, condenado en 1598 a morir en la hoguera por demoníaco, salvado luego de las llamas por el Parlament de París y encerrado en un manicomio. Fue encontrado en un bosque cubierto de sangre y de jirones de carne , poco después de que una pareja de lobos dieran muerte a un muchacho y lo despedazaran. Se había visto escapar ileso a uno de los lobos. Sin duda una bonita historia para escucharla al lado de la chimenea, con un nombre y un lugar extrañamente significativos, pero llegué a la conclusión de que no era posible que los chismosos de Providence en general pudieran conocerla. De haberse sabido, la coincidencia de los nombres hubiera provocado acciones drásticas inducidas por el miedo, aunque, ¿no pudo ,haber sido su difusión, aunque entre susurros, la causa del alboroto final que hizo desaparecer a los Roulet de la ciudad?
Comencé a visitar el lugar maldito con creciente frecuencia, a estudiar la malsana vegetación del jardín, a examinar todas las paredes de la casa y a revisar, pulgada a pulgada, el suelo de tierra del sótano. Finalmente, con permiso de Carrington Harris, me procuré una llave para la puerta del sótano que había dejado de usarse y que daba directamente a Benefit Street, pues prefería tener una salida más directa al exterior que la que brindaban las oscuras escaleras, el vestíbulo del piso bajo y la puerta principal. Allí, donde lo morboso acechaba en cada rincón, investigué y hurgué en los largos atardeceres en que el sol se filtraba por la puerta cubierta de telarañas que quedaba por encima del nivel del piso y que me situaba tan sólo a unos cuantos pies de la apacible acera de la calle. Ninguna novedad premió mi labor, sólo la deprimente y mohosa humedad y las leves sugerencias de olores desagradables y salitrosos perfiles en el suelo, y supongo que muchos transeúntes debieron de mirarme con curiosidad a través de los cristales rotos.
Finalmente, por una sugerencia de mi tío, decidí convertir en nocturnas mis visitas., y una noche de tormenta guié el rayo de luz de una linterna eléctrica por el suelo rezumante en que se dibujaban extrañas siluetas y en el que brotaban hongos semifosforescentes. El lugar me había deprimido curiosamente aquella tarde, y casi estaba preparado cuando vi -o creí ver- entre los blanquecinos sedimentos la silueta especialmente definida de la «sombra encorvada» que había imaginado desde muchacho. Su claridad era asombrosa y sin precedentes, y mientras la observaba creí ver de nuevo el tenue y tembloroso
'hálito amarillento que me había asustado una tarde lluviosa, hacía muchos años.
Se elevó por encima de la mancha antropomórfica de moho que había junto a la chimenea: era un vapor sutil, malsano, casi luminoso que mientras flotaba tembloroso en el aire húmedo parecía adoptar una forma vaga, incierta y maligna, para luego disiparse gradualmente en una desvaída nube subiendo a través de la oscuridad de la gran chimenea y dejando un repulsivo hedor a su paso. Fue en verdad horrible, y mucho más para mí, por lo que sabía del lugar. Negándome a huir, lo contemplé hasta que se desvaneció, y mientras lo miraba sentí que también aquello me observaba ávidamente con ojos más imaginables que visibles. Cuando se lo conté a mi tío le impresionó profundamente, y después de una hora de reflexión, tomó una decisión definitiva y drástica. Sopesando mentalmente la importancia de la cuestión, y el significado de nuestra relación con ella, insistió en que ambos debíamos probar, y si era posible destruir, el misterioso horror de la casa dedicándonos una noche, o varias, a vigilar juntos, dispuestos a actuar violentamente en aquella bodega mohosa y apestada de los hongos.
IV
El miércoles, 25 de junio de 1919, después de informar debidamente a Carrington Harrís, aunque sin comunicarle lo que esperábamos encontrar, mi tío y yo llevamos a la Casa Maldita dos hamacas y un catre de campaña plegables junto con unos aparatos científicos de gran peso y complejidad. Pusimos todo en el sótano durante el día y tapamos las ventanas con papel, con la intención de volver por la noche para nuestra primera guardia. Habíamos cerrado con llave la puerta del sótano que llevaba al piso bajo, y dado que teníamos llave para la puerta que daba a la calle, estábamos dispuestos a dejar allí los cos- tosos y delicados aparatos, conseguidos en secreto y a un elevado precio, tantos días corno fuera necesario. Nuestro plan era permanecer despiertos hasta muy tarde y vigilar luego por turno durante guardias de dos horas; yo me encargaría de la primera y mi compañero de la segunda; el que quedara libre descansaría en el catre.
M tío asumió la dirección de nuestra aventura y consiguió los instrumentos en los laboratorios de la Universidad de Brown y en la Armería de Cranston Street poniendo de manifiesto la gran vitalidad y resistencia de que disfrutaba a sus ochenta y un años. Elihu Whipple había vivido de acuerdo con las leyes higiénicas que había predicado como médico., y de no haber sido por lo que luego ocurrió, aún estaría entre nosotros Heno de vigor. Sólo dos personas saben o sospechan lo que ocurrió: Carrington Harris y yo. Tuve que contárselo a Harris porque era el propietario de la casa y merecía saber lo que había salido de ella. Además, habíamos hablado con él antes de iniciar nuestras investigaciones, y, al producirse la desaparición de mí tío, supe que sabría comprender y ayudarme a dar unas explicaciones públicas vitales y necesarias. Palideció al oírme, pero aceptó ayudarme y decidió que ya no habría peligro en alquilar la casa.
Decir que no estábamos nerviosos en aquella lluviosa noche de vigilancia sería faltar a la verdad. Ninguno de los dos éramos, como he dicho, supersticiosos, pero el estudio científico y la reflexión nos habían enseñado que el conocido universo de tres dimensiones abarca una mínima parte de la sustancia y energía del cosmos total. En aquel caso, existían numerosas pruebas auténticas de la existencia de fuerzas dotadas de un gran poder y, desde el Punto de vista humano, de una excepcional maldad. Afirmar que creíamos realmente en vampiros o en hombres-lobo no sería exacto. Más bien puede decirse que no estábamos dispuestos a negar la posibilidad de ciertas modificaciones anormales y sin clasificar de la energía vital Y la materia diluida, existentes con poca frecuencia en el espacio tridimensional a causa de su más íntima relación con otras unidades espaciales, pero lo suficientemente próximas a la nuestra como para manifestarse ocasionalmente en formas que, por faltarnos una perspectiva adecuada, escapan a nuestra comprensión.
En resumen, creíamos mi tío y yo que una incontrovertible serie de factores indicaban la existencia de un influjo persistente en la Casa Maldita que se remontaba a uno u otro de los colonos franceses de hacía dos siglos y que seguía actuando según insólitas y desconocidas leyes del movimiento atómico y electrónico. La historia de la familia Roulet parecía demostrar que sus miembros habían poseído una anormal afinidad con círculos de entidades exteriores, de esferas oscuras que sólo inspiran repulsión y terror a las personas normales. ¿No habrían puesto en movimiento los alborotos de la década de 1730 ciertas configuraciones cinéticas en el morboso cerebro de alguno de sus miembros --especialmente en el del, siniestro Paul Roulet- que habrían sobrevivido misteriosamente a los cuerpos asesinados y continuado funcionando en algún espacio multidimensional con las fuerzas originales impulsadas por un odio frenético de la comunidad invadida?
Indudablemente, esto no sería una imposibilidad física o bioquímica a la luz de la ciencia moderna que incluye la teoría de la relatividad y de la acción intraatómica. Es fácil imaginar un núcleo extraño de sustancia o energía, carente o no de forma, mantenido vivo por sustracciones imperceptibles o inmateriales de fuerza vital, o de tejidos corporales y fluidos de, otros seres vivos más palpables en los cuales penetra y con cuyos tejidos llega incluso a confundirse. Puede ser hostil de manera activa, u obedecer sencillamente a impulsos ciegos de conservación. En cualquier caso, semejante monstruo ha de ser forzosamen--te, en nuestro esquema vital, una anomalía y un intruso, y su eliminación es deber primordial de todo hombre que no sea enemigo de la vida, la salud y la cordura del mundo.
Lo que nos desconcertaba era nuestra completa ignorancia randa de la apariencia bajo la cual podíamos encontrar aquello.' Ninguna persona cuerda lo había visto, y pocas lo habían sentido de manera concreta. Podía ser energía'pura -una forma etérea y ajena al reino de la sustancia-, o podía ser parcialmente material, una masa desconocida y ambigua de plasticidad, capaz de transformarse a voluntad en una nebulosa aproximación de un estado sólido, líquido, gaseoso o a cualquier otro estado tenuamente carente de partículas. La mancha antropomórfica de mohoso salitre del suelo, la configuración o silueta del amarillento vapor y la curvatura de las raíces en algunas de las antiguas leyendas, tendían a confirmar por lo menos una remota y recordada conexión con la forma humana; pero nadie podía saber con certeza hasta qué punto era representativa o permanente aquella similitud.
Disponíamos de dos armas para combatirlo: una válvula Crookes de rayos catódicos de considerable tamaño, especialmente equipada y alimentada por potentes acumuladores, con pantallas y reflectores especiales por si la cosa era intangible y sólo podía ser destruida con radiaciones de éter de gran intensidad, y un par de lanzallamas militares de los que habían sido utilizados en la Guerra Mundial, por si era parcialmente materia y susceptible de destrucción mecánica, pues, al igual que los supersticiosos labriegos de Exeter, estábamos dispuestos a quemarle el corazón, si había algún corazón que quemar. Todo este equipo de agresión quedó instalado. en el sótano en lugares cuidadosamente dispuestos con relación al catre y a las sillas y a la zona delante de la chimenea donde el moho había tomado extrañas formas. Esa incitante mancha, dicho sea de paso, era sólo levemente visible cuando instalamos el catre, las sillas y los instrumentos, y cuando regresamos por la noche para iniciar la vigilancia. Por un momento dudé haberla visto alguna vez dibujada con mayor firmeza, pero entonces recordé las leyendas.
Nuestra guardia en el sótano comenzó a las diez de la noche, y discurrió sin que el transcurso de las horas aportara ninguna novedad. El débil resplandor que se filtraba hasta el sótano procedente de las farolas de la calle azotadas por la lluvia y la tenue fosforescencia de los detestables hongos nos permitían ver la humedad de la pared de Piedra, de la que había desaparecido todo vestigio del enjalbegado original; el suelo de tierra cubierto en parte de verdín y de repulsivos hongos; los restos podridos de las que fueron mesas, banquetas y sillas, y otros muebles no identificables; los gruesos maderos del piso superior y las grandes vigas del techo; la desvencijada puerta de tablones que conducía a cuartuchos y salas situados bajo otros aposentos de la casa; la escalera de piedra medio desmoronada con su estropeado pasamanos de madera; la tosca chimenea de ladrillos ennegrecidos en la que unos herrumbrosos trozos de hierro recordaban que allí hu en otros tiempos trébedes, morillos, espetones, aguilones, y otros adminículos del cocinero cuyos nombres han caí casi en el olvido, así como la puerta del horno de ladrillo y la pesada e intrincada maquinaria destructiva que habíamos llevado.
Como en mis anteriores exploraciones, habíamos dejado abierta la puerta que daba a la calle, para tener una vía de escape práctica y directa en el caso de que tuviéramos que enfrentarnos con manifestaciones imposibles de dominar. Pensábamos que nuestra larga presencia nocturna atraería a cualquier ente maligno que allí acechara; y que, estando preparados, podríamos eliminarlo con alguno de los medios de que disponíamos, después de haberlo reconocido y observado suficientemente. No teníamos la menor idea del tiempo que exigiría evocar y destruir la cosa Sabíamos, desde luego, que la aventura era arriesgada
ya que no podíamos intuir la, fuerza con que se manifestaría el fenómeno. Pero pensábamos que el juego valía pena y lo emprendimos solos y sin vacilar, comprendiendo que buscar ayuda sólo nos expondría al ridículo y tal vez condujera al fracaso de nuestros planes. Ese era nuestro estado de ánimo mientras charlábamos, avanzada la noche, hasta que el aire soñoliento de mi tío me recordó que había llegado el momento de que fuera a descansar un par de horas.
Algo semejante al miedo me heló el corazón cuando quedé allí sentado en la madrugada y sin compañía, y digo, sin compañía porque quien permanece junto a una persona dormida está verdaderamente solo, tal vez más so de lo que pueda imaginar. M tío respiraba pesadamente el rumor de la lluvia acompañaba sus aspiraciones punteadas por otro sonido de agua que goteaba en el interior de la casa, porque ésta era muy húmeda aún en tiempo seco y con aquella tormenta parecía un pantano. Me puse a mirar detenidamente la vieja mampostería de las paredes a la luz de los hongos y de los débiles reflejos que se filtraban por las persianas; en una ocasión, cuando aquel ruido estaba a punto de hacerme perder la paciencia, abrí la puerta y miré arriba y abajo de la calle alegrando mis ojos con cosas conocidas y también el olfato con el aire puro y saludable. Pero no sucedió nada que recompensara mi vigilancia y bostecé repetidamente mientras la fatiga comenzaba a predominar sobre el temor.
Luego, el oír a mi tío moverse en sueños, atrajo mi atención. Durante la última mitad de la primera hora se había movido varias veces, intranquilo, pero ahora estaba respirando con anormal irregularidad, suspirando a veces quejosamente. Lo enfoqué con mi linterna eléctrica y lo vi con la cara vuelta hacia atrás, por lo que me levanté Y crucé hasta el otro lado del catre y lo enfoqué nuevamente para ver si parecía tener algún dolor. Vi algo que me alarmó de forma sorprendente, teniendo en cuenta su relativa nimiedad. Debió ser, sencillamente, la asociación de una circunstancia poco frecuente con la siniestra naturaleza del lugar en que nos encontrábamos y la índole de nuestra misión, ya que la situación en sí no tenía nada de espantoso ni de anormal. Simplemente, la expresión del rostro de mi tío, perturbado por los sueños extraños que nuestra situación provocaba, revelaba una gran agitación y no parecía ser propia de él. Su expresión habitual era apacible y tranquila, mientras que ahora parecían luchar dentro de él diversas emociones. Creo que lo que me inquietó principalmente fue esa variedad. Mi tío, Mientras jadeaba y se movía con creciente inquietud y con ojos que había empezado a abrir, no parecía uno, sino muchos hombres, y daba la curiosa sensación de extrañamiento de sí mismo
De repente, comenzó a murmurar, y no me gustó el aspecto de su boca y de sus dientes mientras hablaba. Al principio no pude entender las palabras que decía, pero luego mi asombro fue muy grande cuando reconocí en ellas algo que me dejó helado hasta que recordé la gran cultura de mi tío y las interminables traducciones que había hecho de artículos de antropología y temas de la antigüedad para la Revue des Deux Mondes. Pues el respetable doctor Whipple estaba murmurando en francés, y las pocas frases que pude captar parecían estar relacionadas con los más oscuros mitos que había adaptado de la famosa revista de París.
De pronto, la frente de mi tío se mojó de sudor y él se incorporó bruscamente, medio despierto. Dejó de murmurar en francés para dar un grito en inglés, y exclamó en tono angustiado:
-¡Mi aliento..., mi aliento!
Despertó por completo y, recobrando su rostro la expresión normal, tomó mi mano y comenzó a relatarme u sueño cuyo espantoso significado sólo pude intuir con asombro.
Dijo que había pasado flotando desde una serie corriente de escenas soñadas a otra cuya rareza no podía relacionarse con nada que hubiera leído. Era de este mundo, y, sin embargo, ajena a él, una oscura confusión geométrica en la cual podían verse elementos de cosas familiares en las más anormales e inquietantes combinaciones Se advertía una sugerencia de imágenes extrañamente ordenadas superpuestas unas a otras; una perspectiva en la que lo esencial del tiempo, y también del espacio, parecía disuelto y mezclado de la manera más ilógica. esta caleidoscópica vorágine de imágenes fantasmales había instantáneas ocasionales si puede emplearse esta palabra, de singular claridad, pero de inexplicable heterogeneidad.
En un momento mi tío creyó yacer en una fosa red abierta, mientras una multitud de rostros con alborotados. rizos y sombreros tricornios lo miraban ceñudos desde lo alto. En otro momento le pareció estar dentro de una casa, aparentemente antigua, cuyos habitantes y detalles cambiaban continuamente y no podía recordar los rostros ni los muebles, ni siquiera la habitación, dado que puertas y ventanas cambiaban de forma y posición con la misma volubilidad que los demás objetos. Lo más raro, y mi tío se refirió a ello en el tono de quien no espera que le crean, era que muchos de los extraños rostros que había entrevisto en sueños tenían indudablemente los rasgos de la familia Harrís. Y todo el tiempo tuvo la sensación personal de ahogo, como si algo de naturaleza penetrante se hubiera esparcido por todo su cuerpo y estuviese tratando de adueñarse de sus funciones vitales. Me estremecí al pensar en esos procesos vitales, desgastados por ochenta y un años de trabajo continuo, luchando contra fuerzas desconocidas -as de las que un organismo más joven y robusto huiría con temor; pero al cabo de un momento me dije que los sueños sólo son sueños y que aquellas turbadoras visiones no eran, a lo sumo, más que la reacción de mi tío a las investigaciones y esperanzas que habían llenado nuestras mentes, con exclusión de cualquier otra
idea.
La conversación contribuyó también a disipar mi sensación di: rareza, y no tardé en rendirme a los bostezos, con lo cual aproveché mi turno para dormir. Mi tío parecía ahora muy despierto y se alegró que le hubiera llegado el turno de vigilar,
aunque la pesadilla lo había despertado mucho antes de las dos horas de descanso que an- Pronto Me dormí e inmediatamente me le correspondí vi acosado por sueños de la más inquietante naturaleza. En mis visiones experimenté una soledad cósmica y abismal, que la hostilidad me acosaba desde todos los rincones de alguna prisión en que me hallaba encerrado. Me pareció estar atado y amordazado, atormentado por los resonantes gritos de multitudes lejanas sedientas de mi sangre. Se me presentó el rostro de mi tío con expresión menos placentera que la que tenía cuando lo veía despierto, Y recuerde mis inútiles tentativas de gritar. No fue un reposo agradable, y por un instante no lamenté el alarido que atravesó las barreras del sueño v me dejó en una penetrante y sorprendida vigilia, en la `que cada objeto que tenía a la vista se destacaba con una nitidez y realidad superiores a lo natural.
V
Había estado echado de espaldas a mi tío, por lo que al despertar bruscamente sólo vi la puerta que daba a la calle, la ventana que quedaba más hada el Norte y la p red, la parte del suelo y el techo del norte de la habitación, todo ello fotografiado con mórbida inmediatez mi cerebro y con una luz más brillante que la de los hongos o la que llegaba desde la calle. No era una luz intensa ni mucho menos, ni siquiera suficiente para leer un libro corriente. Pero proyectaba la sombra de mi cuerpo y la cama sobre el suelo y tenía una fuerza penetrante: amarillenta que sugería las cosas con más fuerza que misma luminosidad. Percibí esto claramente, aunque de mis sentidos estaban violentamente trastornados. P resonaba en mis oídos el eco de aquel grito escalofriante en tanto que asqueaba mi olfato el hedor que llenaba, lugar. Mi mente, tan alerta como mis sentidos, reconoció lo anormal; y casi automáticamente salté de la cama y me volví para coger los instrumentos de destrucción que habíamos dejado instalados sobre la mancha de humedad delante de la chimenea. Mientras me volvía, temía peor, ya que el grito lo había proferido la voz de mi tío e ignoraba contra qué amenaza tendría que defenderle y defenderme.
Pero lo que vi fue peor de lo que había imaginado. Hay horrores que son más que horrendos, y aquél era de esos núcleos de horror de las pesadillas que condensaba todo el espanto que el cosmos reserva para fulminar a unos cuantos seres malditos y desgraciados. De la tierra apestada por los hongos, brotaba una luz vaporosa, amarillenta, malsana y cadavérica que se elevaba hasta tomar una vaga forma gigantesca de incierta silueta humana mitad hombre y mitad monstruo, a través de la cual pude ver la campana y el hogar de la chimenea que quedaba detrás. Era todo ojos -lupinos y burlones- y la rugosa cabeza como de insecto se desvanecía en lo alto en una tenue neblina que se enroscaba horriblemente y acababa por desaparecer por la chimenea. Digo que vi aquello, pero sólo he conseguido rastrear su abominable tentativa de forma a través del recuerdo consciente. Entonces no tuvo para mí sino el aspecto de una nube en aparente ebullición, ligeramente fosforescente, de repugnante fungosidad, que rodeaba y disolvía en horrible plasticidad el único objeto en el cual se concentraba mi atención. Ese objeto era el venerado Elihu Whipple, que con el rostro ennegrecido y las facciones desfiguradas me miraba descaradamente y murmuraba palabras incomprensibles en tanto que procuraba alcanzarme con unas garras goteantes para despedazarme con la furia que aquel horror le había inculcado.
Tan sólo la rutina me salvó de la locura. Me había preparado para el momento decisivo y este entrenamiento ciego fue lo que me ayudó. Comprendiendo que aquel burbujeante maleficio no era de sustancia vulnerable para la fuerza física o la química, hice caso omiso del lanzallamas que estaba a mi izquierda, conecté la corriente de la válvula catódica y lo enfoqué hacia aquella escena blasfema lanzando contra ella las más potentes radiaciones de éter que el artificio humano puede extraer del espacio y las corrientes de la naturaleza. Se produjo una neblina azulada y un frenético chisporroteo, y la fosforescencia amarilla perdió luminosidad. Pero me di cuenta de que la pérdida de luz era solamente efecto del contraste y que las ondas del aparato eran absolutamente ineficaces.
Entonces, en medio de aquel demoníaco espectáculo, vi un nuevo horror que me lanzó vacilante y tembloroso hacia la puerta no cerrada con llave que se abría a la calle tranquila, sin cuidarme de los anómalos horrores que desataba sobre el mundo, ni lo que los hombres pudieran pensar y juzgar de mi conducta. En aquella mezcla de penumbra azulada y amarillenta, la silueta de mi tío había comenzado uña nauseabunda licuefacción cuya esencia resuIta imposible de describir, y en el curso de la cual se producían en su rostro unos cambios de identidad que sólo la locura puede concebir. Era simultáneamente un demonio y una multitud, un matadero y una procesión. Iluminada por aquella luz híbrida e incierta, la cara de gelatina se trasmutaba y adquiría una docena, una veintena, un centenar de aspectos; y con una mueca fue cayendo al suelo coronando un cuerpo que se derretía como sí fuera de sebo y presentando en caricatura las facciones de legiones de seres que eran y no eran desconocidos.
Vi las facciones de la estirpe de los Harris, varones y mujeres, adultos y niños y otros rostros viejos y jóvenes, bastos y refinados, familiares y desconocidos. Durante un segundo apareció una imitación envilecida de una miniatura de la pobre Rhoby Harris que había visto en el Museo de la Escuela de Dibujo, y otra vez me pareció ver la huesuda imagen de Mercy Dexter, tal como la recordaba en un cuadro que había en la casa de Carrington Harris. Aquello sobrepasaba en horror todo lo imaginable. Hacia el final, cuando una extraña mezcla de facciones de sirvientes y niños pequeños titilaba cerca del suelo sobre el que prosperaban los hongos, tuve la impresión que los distintos rostros luchaban entre sí y procuraban formar unos rasgos semejantes a los del bondadoso rostro de mi tío. Me gusta pensar que él existió en aquel momento y que trató de decirme adiós. Creo que de mi seca garganta salió un gemido de despedida en el momento en que salía tropezando a la calle; un hilillo de grasa me siguió por la puerta hasta la acera empapada por la lluvia.
El resto es sombrío y monstruoso. En la calle mojada no había nadie y no había en todo el mundo una sola persona con la cual me hubiera atrevido a hablar. Anduve sin rumbo, pasé por College Hill y ante el Athenaeum bajé por Hopkíns Street y crucé el puente que lleva a la parte más animada de la ciudad, en donde los elevados edificios parecían protegerme, como las cosas materiales modernas protegen al mundo contra los antiguos y maléficos prodigios. Luego, la aurora gris rompió húmedamente por el Este, recortando la silueta de la loma arcaica y los venerables campanarios que sobre ella se alzaban, atrayéndome al lugar en donde mi terrible tarea estaba sin acabar. Finalmente, mojado, sin sombrero, ofuscado por la luminosidad de la mañana, entré por la puerta tremenda de Benefit Street que había dejado entreabierta y que todavía se mecía misteriosamente a la vista de la gente madrugadora con la que no me atreví a hablar.
Había desaparecido la grasa, pues el mohoso suelo era poroso. Y delante de la chimenea no quedaba vestigio de la gigantesca forma de salitre doblada sobre sí misma. Vi la cama, las sillas, los instrumentos, mi sombrero abandonado y el de paja amarillenta de mi tío. Me dominaba la incertidumbre y apenas podía recordar lo que era sueño y lo que era realidad. Luego, poco a poco, fue recobrando el sentido y supe que había presenciado cosas más espantosas que las que había soñado. Me senté y traté de conjeturar en la medida en que la razón me lo permitió, qué había acontecido y cómo podría acabar con el horror, si en realidad había existido. No parecía ser algo material, ni etéreo, ni ninguna otra cosa concebible por una mente mortal. ¿Qué podía ser, pues, sino alguna emanación exótica? ¿Algún vapor vampiresco corno el que la gente rústica de Exeter dice que flota sobre algunos cementerios? Pensé que aquélla era la clave, y volví a mirar el suelo en donde hongos y salitre habían tomado extrañas formas. Al cabo de diez minutos ya había decidido. Cogiendo mi sombrero, me marché a casa,. me bañé ,comí y encargué por teléfono un pico, una pala, una máscara antigás y seis garrafones de ácido sulfúrico, todo lo cual deberían entregarme a la mañana siguiente en la puerta del sótano de la Casa Maldita de Benefit Street. Después traté de dormir, pero, al no conseguirlo, pasé las horas leyendo y componiendo versos anodinos para serenarme.
A las once de la mañana del día siguiente comencé a cavar. Hacía un tiempo soleado, y lo celebré. Seguía solo, Ya que por mucho temor que me inspirara el horror desconocido, temía más a la idea de contárle a alguien lo sucedido. Posteriormente le revelé todo a Harris, por pura necesidad y porque él había oído ya algunas antiguas leyendas que podían predisponerle a la credulidad. Al revolver la negra tierra delante de la chimenea, la pala hizo fluir de los blancos hongos un viscoso zumo amarillo, y temblé por lo que podría descubrir. Algunos secretos del interior de la tierra no son buenos para el género humano y aquél me parecía uno de ellos.
Me temblaban las manos perceptiblemente, pero no por eso dejé de cavar; y al cabo de un rato lo hacía dentro de la gran fosa que había abierto. A medida que el agujero se hacía más hondo -tenía ya alrededor de seis pies cuadrados-, el nauseabundo olor aumentaba y no dudé más de mi inminente contacto con la cosa infernal cuyas emanaciones habían embrujado la casa durante más de un siglo y medio. Me pregunté qué aspecto tendría, cuáles serían su forma y sustancia y qué tamaño habría cobrado al cabo de tantos años de alimentarse chupando vidas ajenas. Finalmente, salí del agujero, esparcí la tierra amontonada, y luego dispuse los. garrafones de ácido alrededor de dos de los bordes, de modo que cuando fuera necesario pudiera vaciarlos todos rápidamente en la fosa, Después de eso eché tierra sobre los otros dos lados cavando más lentamente y colocándome la máscara antigás cuando el olor aumentó. Me encontraba casi acobardado por la proximidad de un algo sin nombre que tal vez encontrara en el fondo de la fosa.
De pronto la pala chocó contra algo más blando que la tierra. Me estremecí y me dispuse a salir del agujero en el cual estaba ahora hundido hasta el cuello. Pero recobré el valor y seguí sacando tierra a la luz de la linterna eléctrica que había llevado conmigo. La superficie que descubrí era semitraslúcida y vidriosa, una especie de gelatina congelada y semiputrefacta. Seguí quitando tierra y vi que tenía forma. Había una grieta sobre la cual se doblaba parte de aquella sustancia. Lo que quedó a la vista era aproximadamente cilíndrico; algo semejante a un gigantesco tubo de chimenea doblado cuya parte más gruesa mediría dos pies de diámetro. Excavé un poco más y luego salí bruscamente del agujero para apartarme de tan repugnante hallazgo. Destapé frenéticamente los pesados garrafones y vertí el corrosivo contenido uno y otro en aquella fosa sepulcral y sobre aquella increíble anormalidad cuyo gigantesco codo había visto.
El cegador torbellino de vapores amarillo-verdosos que ascendió tempestuosamente de la fosa cuando cayó el torrente de ácido, nunca se borrará de mi memoria. La gente de toda aquella colina habla del «día amarillo», en que unos vapores virulentos y horribles se elevaron desde el montón de residuos vertidos por una fábrica en el río Providence, pero yo sé lo muy equivocados que están en cuanto al origen. También hablan del espantoso rugido que brotó al mismo tiempo de alguna cañería subterránea de gas o de agua, y de nuevo podría corregirles si me atreviera. Fue algo impresionante y no comprendo cómo estoy vivo después de haber pasado por aquella experiencia. Tras vaciar el cuarto garrafón, que tuve que utilizar cuando las emanaciones habían empezado a filtrarse por la máscara, me desmayé, pero cuando me recuperé, vi que ya no salían más vapores de la fosa.
Vacié los otros dos sin ningún resultado concreto, y, al cabo de un rato, me pareció que ya no había peligro en volver a rellenar la fosa. Cuando terminé mi tarea empezaba a anochecer, pero el miedo había desaparecido del lugar. La humedad era menos fétida y los extraños hongos se habían marchitado, convirtiéndose en un polvo grisáceo que se esparcía como ceniza por el suelo. Uno de los terrores más ocultos de la tierra había desaparecido para siempre, y si hay infierno, al fin había ido a parar a él el alma diabólica de un ser maldito. Cuando apisoné la última paletada de tierra mohosa, derramé la primera lágrima de las muchas que he, vertido en sincero homenaje a la memoria de mí querido tío.
A la primavera siguiente ya no brotó una hierba pálida, ni creció cizaña de desconocida especie, en el jardín escalonado de la Casa Maldita, y poco después Carrington Harris alquiló su propiedad. Todavía tiene un aspecto fantasmal, pero su peculiaridad me subyuga y sentiré algo mezclado con una pena extraña, cuando la derríben para convertirla en un vulgar edificio de apartamentos o en una deslucida tienda. Los estériles árboles del jardín han comenzado a dar unas manzanitas dulces, y el año pasado anidaron los pájaros en sus nudosas ramas.