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lunes, 27 de diciembre de 2010

CUESTION DE ETIQUETA -- Robert Bloch





CUESTION DE ETIQUETA

Robert Bloch

LA CASA era antigua, como las demás del bloque. La puerta de la verja chirrió cuando la empujé. Fue el único sonido que oí. Mis zapatos habían dejado de chirriar ya hacía mucho tiempo. Ir anotando el censo cansa rápidamente los zapatos.
Subí los peldaños del porche. Estaba harto de subir los peldaños de los porches. Toqué el timbre. Estaba harto de tocar timbres. Oí unos pies en el interior. Estaba harto de oír pies en el interior.
Bien, me comporté como siempre.
«Ya está aquí—pensé sin embargo—. Otra nariz.»
Resulta particularmente cansado ir contando narices.
Todo el mundo sabe lo que es. Andar todo el día. Tocar timbres. Llevar una pesada cartera bajo el brazo. Repetir las mismas estúpidas preguntas una y otra vez. Y cuando acabas, no has vendido ni un aspirador. No has vendido ni un cepillo, o un par de cordones de zapatos. Lo único que has conseguido han sido narices de cuatro centavos, anotando el censo. No hay posibilidades de ascenso. Tío Sam no te llama a su despacho particular, te regale un cigarro y te dice:
—¡Eh, tú! Me han dicho que estás realizando una magnífica labor, yendo de caso en casa. Desde ahora en adelante, te sentarás a este despacho. Ya no contarás más narices.
No, lo único que se logra con el asunto del censo es contar más narices al día siguiente. Narices de cuatro centavos. Grandes y pequeñas, ganchudas, torcidas, rectas, rojizas, blancas, veteadas... hasta que uno acaba por enfermar de alergia nasal. Piensas que si la puerta vuelve a abrirse y ves otra nariz la cerrarás de golpe y te alejaras rápidamente... o golpearás aquella nariz.
Y allí estaba yo, esperando que se asomase aquella nueva nariz. La puerta se abrió.
Apareció un pico muy afilado, la vanguardia de una cara indescriptible, y el cuerpo de una ama de casa corriente. La nariz husmeó el aire y pareció planear con incertidumbre en la protectora sombra de la puerta.
—¿Bien. . . ?
—Vengo en nombre del Gobierno de Estados Unidos, señora. Por el censo.
—¿El empadronamiento, eh?
—Sí. ¿Podría entrar y formularle unas cuantas preguntas?
El mismo diálogo de cada cuarto de hora. Sólo un cambio de personalidades a cada uno.
—Pase.
Un vestíbulo oscuro que daba a un saloncito oscuro. Una lámpara pareció destellar cuando dejé mi cartera sobre la mesa y saqué el formulario
La mujer me contemplaba. Su cara sólida carecía de expresión. Una cara de ama de casa. Solía contemplar a los vendedores de enciclopedias y a los cobradores con un ojo en el fogón de la cocina.
Bien, treinta y cinco preguntas que formular. Rutina. Llené la casilla de «Varón» o «Hembra», y la de «Profesión», y puse la dirección. Luego pregunté:
—¿Nombre?
—Lisa Lorini.
—¿Casada o soltera?
—Soltera. 
—¿Edad? 
—Cuatrocientos siete. 
—¿Edad? 
—Cuatrocientos siete. 
—Oh..., ¿cómo? 
—Cuatrocientos siete.
De acuerdo, había trabajado todo el día, y acababa de tropezarme con una bruja a medias. Contemplé su inexpresivo rostro. Bueno, de prisa, que era tarde.
—¿Ocupación?
—Bruja.
—¿Qué?
—He dicho que soy una bruja.
Por cuatro centavos no estaba nada bien. Fingí escribir la respuesta y pasé a la pregunta siguiente.
—¿Pare quién trabaja?
—Para mí. Y. naturalmente, para mi «amo».
—¿Amo?
—Satán Merkatrig. El Diablo.
Ni por diez centavos podía aguantarse tanta chaladura Lisa Lorini, soltera, cuatrocientos siete años, bruja y trabajando para el Diablo. ¡Oh, no, no valía ni quince centavos!
—Gracias Nada más. Me marcho ya.
La vieja no se sintió interesada. Doblé la hoja, la metí en la cartera, agarré el sombrero, di media vuelta y me encaminé a la puerta.
La puerta había desaparecido.
Si, no era broma. La puerta había desaparecido.
Estaba allí un instante antes, una puerta corriente, de madera. En el salón había un sillón a un lado y una mesita en el otro.
Fui en otra dirección. Tal vez allí... No había puerta. No había ninguna puerta en la habitación.
Andar bajo el sol todo el día no le sienta bien a nadie. Enfurecerse ante las narices es el primer síntoma. Después, uno empieza a oír voces que contestan las preguntas de manera idiota.
Y después, uno ya no encuentra las puertas. Bien. Me volví hacia la vieja.
—Señora..., ¿seria tan amable de mostrarme la salida? Tengo que...
—No hay salida.
Gracioso. No me había dada cuenta de la «calidad» de su voz. Era muy aguda y grave a la vez. Y no mostraba señales de cansancio físico. Y sentí algo más... ¿Era... diversión?
—Pero...
—Me gustaría que me hiciera un rato de compañía. Ha sido una suerte que viniera usted.
¿Que viniera? ¡ Maldita bruja ! ¡ Pero no era una bruja! No hay brujas.
«No hay puertas.»
—Tomará una taza de té conmigo.
—Muy amable, pero...
—Ya está a punto. Siéntese, joven. Voy a sacar el té del fuego.
No había vista la chimenea a mis espaldas. No había visto la llama. Pero el fuego ardía, y había una tetera sobre el brasero. La vieja se agachó y una sombra recayó sobre la pared.
Era una sombra enorme, negra. Enorme y negra, así dicen los niños asustados. La sombra enorme y negra de una mujer que parecía arrastrarse por la pared.
Miré a Lisa Lorini. Seguía pareciendo una ama de casa. Cabello negro, partido en el centro. Una figura esbelta, no encorvada por los años.
Cuatrocientos siete años...
Una buena idea para bromear. Ahora su rostro: nariz prominente, boca apretada, ojos ligeramente almendrados. Pero sus facciones eran ordinarias. Completamente ordinarias, salvo el truco de que la luz del fuego les prestaba una expresión lobuna. Una cara roja que sonreía al inclinarse sobre la tetera.
No, era una loca. Una loca, como las pobres criaturas que solían quemar en las hogueras medievales. Todas estaban locas. Millones de ellas. Todas locas. No eran brujas. Claro que no. Los brujos son un mito. No hay brujos. Pero...
Pero yo estaba asustado.
Ella me sonrió. Una zarpa... una mano, quiero decir, sostenía la taza. El humo ascendía en espirales de un líquido pardusco. Té. Un brebaje de brujas. Bébelo y...
¡Bébelo y ya está! Esto era una majadería. Busqué otra vez la puerta, pero el cuarto estaba muy oscuro. El fuego crepitaba. Era un fuego muy rojo. No podía ver con claridad. Además, hacía mucho calor. Bebe el té y lárgate.
La vieja también sostenía una taza. No había dejado caer nada dentro. ¿Qué se supone que dejan caer las brujas? Hierbas. Y todo aquello que recitan las brujas de Macbeth. ¡En aquella época creían en esas patrañas, lunáticos!
Apuré el té. Tal vez así me dejaría salir. O quizá ella se bebería el té y me dejaría salir. Me animé un poco.
—No tengo muchas visitas.
Sus palabras me llegaron lentamente. Al otro lado de la mesa sentí cómo sus ojos me escrutaban. Me limité a sonreír.
—Antes sí. Pero el negocio ha decaído mucho.
—¿El negocio?
—La brujería. La hechicería. Ya no se estila. Muy pocas personas creen en ella. Ya no acuden en busca de filtros morosos ni nada así. Hace años que no he hecho ningún muñeco.
—¿Muñeco?
—Sí, de cera, con aspecto de un hombre. Luego se le pinchan alfileres en el corazón, y esto provoca la muerte de un enemigo. Hace años que no he matado a nadie. El negocio está arruinado.
Seguro, seguro. ¿Matar hay a alguien? ¿No? De acuerdo, cerremos la oficina y a otra cosa. El negocio está arruinado.
Una mujer fatigada de su profesión. Una vieja sin ocupación. Cesante.
Pero mi mano tembló y casi dejé caer la taza.
—Todos mis hermosos encantamientos y... ¡Pero no bebe su té!
El hombre condenado y su magnífica cena. ¡Cómete el cereal, te sentará bien!
«¡Bébase su té!»
Lo mismo. Mi cerebro me ordenó bebérmelo. Bebérmelo para demostrar que yo no estaba loco; que no estaba loco y que no había brujas y que nada ocurriría. Mis manos se negaban a efectuar la maniobra. Me costó indecible trabajo acercar la taza a mis labios. La vieja me contempló mientras sorbía el té.
El brebaje era muy amargo, acre, pero caliente. Un brebaje desconocido, pero no era Ooloog. Me lo tragué con facilidad, a pesar de su gusto amargo
—Me sorprende, joven, que demuestre tan poco interés por mi trabajo No es fácil tropezarse con una bruja.
«Tenía que decírmelo a mi. Precisamente, a mí.»
—Me gustaría hablar de ello—respondí—, pero otra vez será. Lo cierto es que me quedan aún muchos nombres en la lista y he de irme. Gracias por el té.
Volví a buscar la puerta. El fuego parecía trazar dibujos rojos en la habitación..., pero allí solamente. Mi cabeza también estaba inflamada. Llameaba y bailaba. El té estaba caliente, y ahora el calor se hallaba dentro de mi cabeza. Las sombras se mezclaban con los dibujos rojizos del cuarto, pareciendo invadir mi cerebro. Oscuras sombras del oscuro brebaje del té. Sombras rojas y temblorosas en mi cabeza, ante mis ojos, privándome la vista de la puerta. No podía verla. Tenía la ilusión de que si me concentraba la hallaría. Estaba allí, en alguna parte de la estancia, en algún lugar de aquellas sombras y aquellos rojos resplandores Tenía que estar allí. Pero no podía verla.
A la vieja sí la veía con claridad. Sus facciones indescriptibles poseían ahora más fuerza. La sonrisa irónica parecía contener una antigua sabiduría. No necesitaba arrugas. Aquella sonrisa era más vieja de lo que toda una vida podía grabar en su rostro. Era tan vieja como la sonrisa de una calavera.
Sí, podía verla, aunque no podía ver la puerta por culpa de las luces y las sombras.
—Debo irme—musité.
Mi voz sonó muy lejana. Sólo los ojos de la vieja estaban muy cerca. Sus ojos, conteniendo la luz rojiza y las negras sombras.
Me incorporé.
Probé de sostenerme de pie.
Una vez bebí nueve copas de vodka en una taberna, me levanté para irme a casa y me encontré en el suelo.
Ahora había bebido sólo una taza de té y al levantarme...
Me levanté
Floté. Mis pies no tocaban el suelo. Descansaban en el aire, un aire sólido, compuesto de luces rojas y sombras negras. Mis miembros temblaban por algo más fuerte que el vodka. Unos diminutos alfileres se clavaban en mi cuerpo. Me balanceé en el aire.
—Yo...
—No se vaya todavía—su voz no parecía haber notado mi postura. Pero sí su sonrisa. Bien, lo había comprendido—. No se vaya aún—repitió Lisa Lorini—. Tengo tan pocos invitados... Y usted vendrá conmigo esta noche.
—¿Ir con usted?
—Si... salgo.
—¿A una fiesta?
Con su labio superior retorcido, debía darse cuenta del sitio donde yo me hallaba suspendido. Su sonrisa se ensanchó.
—Sí, así puede llamarse. Lo necesito a usted por cuestión ~de etiqueta
¡La etiqueta de una bruja! ¡Belcebú y Emily Post! Yo estaba rematadamente loco. Flotaba en el aire y hablando de etiqueta.
—Yo tengo que obedecer ciertos reglamentos —continuó explicándome Lisa Lorini—. Lo mismo que ustedes, al acudir a una cena, no pueden ser trece. Pues bien, al acudir yo a una saturnal tenemos que ser trece. Una reunión complete. De lo contrario, a «él» no le gustaría.
—¿Él?
—Satán Merkatrig—volvió a sonreír. Aquella sonrisa comenzaba a angustiarme, como preparándome para... como un convicto atado a un poste, esperando el próximo latigazo.
—Y usted esta noche tiene que acompañarme a la saturnal—añadió Lisa Lorini.
—¿Una saturnal de brujas?
—Exactamente. En la montaña. Tenemos que viajar bastante, de modo que prepárese.
—No iré.
Sí, un chiquillo de tres años negándose a irse a la coma cuando se lo mandan sus padres. Sabía que mi negativa no iba a servirme de nada, flotando en el aire Lo supe cuando la miré a los ojos. Pero no subrayó su idea con ninguna carcajada.
Yo aprendía de prisa. Una hora atrás era un loco. Ahora, aquella sonrisa me oprimía el corazón. Brujería, magia negra, antiguos temores en una habitación negra y rojiza. Todo era real; tan real como los miles que habían muerto en medio de las llamas para expiar su maldad, en una Edad en que los hombres eran bastante sabios como para temer a la blasfemia del hombre ante las leyes de Dios y la Naturaleza.
—Usted irá. Maggit le preparará.
Apareció Maggit. No había puerta, por lo que no sé cómo entró. Ni sé exactamente como era Maggit. Maggit era pequeña y velluda, como una comadreja con manos humanas, muy diminuta, y una cara. No era una cara humana, aunque Maggit tenia ojos, orejas, boca y nariz. Pero la maldad de su cara trascendía a humanidad, la maldad, que se asomaba desde detrás de una diminuta capucha de pelo de animal, y sonreía con una sabiduría que no poseen ni los hombres ni los animales.
Maggit sé arrastró por el suelo y pregunto con una voz aflautada que me asombró más que todo lo demás:
—¿Ama Lisa?
Maggit era..., ¿cómo se dice?..., la familiar de la bruja. El animalito que el Diablo le entrega a una bruja, cuando se firma en la Biblia Negra de Satanás el pacto. La pequeña malvada, el espíritu familiar, servidor de Satanás.
Claro que estas cosas no existen, salvo en las leyes y los escritos de todas las naciones civilizadas de hace miles de años. Tales cosas no pueden existir.
Por lo tanto, era una imaginación mía que aquella cosa se arrastrase hasta el cuerpo flotante, que era el mío, incapaz de mover una solo mano contra aquella otra, velluda, que me estremecía la carne hasta los huesos. Fue una alucinación que sus diminutas zarpas empezasen a frotarse el pecho y la garganta con un ungüento amarillo que Lisa Lorini le dio de un tarro que había sobre la mesa. Era una leyenda aquella risita y aquel restregón del ungüento sobre mis piernas y brazos. Era una pesadilla aquella cosa encaramada en mi hombro, parloteándome al oído, y destilando en el mismo una increíble vileza mientras se contorneaba con voluptuosidad.
—El ungüento para el vuelo —la voz de Lisa Lorini me llegó a través de una candente ola que me hizo temblar—. Ahora, vámonos.
Apenas noté su desnudez. El cabello negro, flotante, la cubría como una capa.
O una mortaja. Una mortaja que vestía por la hechicería muerta tantos años ya. Sus nudosas manos frotaron una pasta amarilla sobre sus miembros. Su cuerpo ascendió flotando, para reunirse con el mio.
—¿Sin escobas?—bromeé histéricamente.
De una popular revista recordaba un articulo sobre «las ilusiones del vuelo» Un ungüento hechicero, restregado sobre los miembros para producir la ilusión del vuelo a través del espacio. La fantasía popular había transformado el ungüento en escobas. Pero la pasta era real. Drogas poderosas. Acónito, belladona y otras. Daban lugar a alucinaciones. Cualquier farmacéutico sabe prepararlas. Esta noche podéis ir a vuestra farmacia del barrio y...
Tenía que suspender tanta necedad.
Pero no podía.
—Cójase de mi mano. —La obedecí. Toqué dos cables eléctricos. Unos calambres muy raros me recorrieron el cuerpo. Nos estábamos elevando. ¿Había una puerta? Flotamos al exterior. Tinieblas. Noche. Vuelo. Ella me sujetaba.
Supermán, el tipo de las revistas infantiles. ¡Basta de histeria! Arriba hacia la oscuridad, con el cuerpo desnudo de la bruja, encorvado y blanco como los cuernos marfileños de una media luna.
La casita abajo. La casita de las brujas.
—Quiero vivir en una caso al lado de la carretera y...
Si, muy divertido, muy gracioso.
¿Cómo es el final? Ah, sí:
—Y ser un enemigo del hombre.
Otra vez la histeria. ¿Pero quién no se pondría histérico, flotando en el aire como una bruja en sábado? Y Maggit, parloteando incesantemente mientras se balanceaba sobre su hombro, con sus diminutas zarpas engarfiadas en el pelo negro de la bruja.
Entonces, descendimos. Me sujeté. La sensación ardiente ya había desaparecido. Soplaba el viento. Abajo, la ciudad parpadeaba. Las ciudades siempre parpadean. Pequeñas luces, que han de servir para ahuyentar las tinieblas nocturnas. Las tinieblas donde los lobos aúllan y las lechuzas sollozan; las tinieblas donde la muerte planea, y las cosas que no están muertas. Luces para guardar, luces para ocultar el temor. Y nosotros, arriba, volando a través de todos los terrores, hacia las negras profundidades.
No sé cuánto duró aquel vuelo. No sé cuándo descendimos. Era una montaña oscura, muy grande, y un fuego brillaba en su cumbre. Había unas figuras acurrucadas, blancas contra el costado de la montaña, negras contra el llameante fuego. Una horda de peludas criaturas estaba diseminada a los pies de las brujas. Había ocho, nueve, diez... no: once.
Más Lisa Lorini y yo.
Trece en el pacto. Trece... y el sacrificio.
Ni miré sus rostros. No eran para ser mirados, sino para ser «temidos». La cara de Lisa Lorini estaba como enmascarada por la exaltación. Era ella la que tenía que preparar el sacrificio. La cabra negra fue conducida a una roca ante el fuego. Una de sus colegas le entregó el cuchillo. Una tercera sostenía el caldero. Y cuando estuvo lleno, todos bebimos. Sí, he dicho «todos».
Aquel ungüento quemaba. Incluso mis pies me sostenían como en una ardiente telaraña. No podía correr, no podía moverme del círculo de luz. Y cuando el tambor empezó a sonar, me uní al corro. Las criaturas estaban golpeando el caldero vacío, y su charla era como un siniestro murmullo a mi alrededor.
—Lisa ha traído un acólito—silbó una de las brujas.
—En lugar de Meg, que no ha podido venir explicó Lisa Lorini.
Fueron las últimas palabras inteligibles que oí, las últimas que logré retener.
Porque el pandemónium subió de punto y el fuego también , y comenzó la asamblea, el vudú, el alboroto, ¿por qué estos términos tan prosaicos? Estaban invocando a alguien.
Y alguien llegó.
Sin llamas. Sin relámpagos. Sin teatralidades. Todo fue hecho por las brujas. En realidad, Nada. Sólo unas salvajes adorando a su ídolo. 
Era puro negocio. Él surgió detrás de una roca, llevando un gran libro bajo el brazo, como un banquero que se dedica a repasar unos balances.
Pero los banqueros no son... negros. No era negroide, en absoluto... sino negro. Incluso el blanco de sus ojos, y las uñas. Una sombra negra, una sombra que cojeaba. No sé si llevaba manta o no.
Todas callaron cuando él penetró en el círculo. Abrió su libro y lo rodearon. Su murmullo se elevó en la noche. Yo me acurruqué junta a una piedra.
Lisa Lorini empezó a hablarle, señalándome. Él no volvió la cabeza, pero estuvo enterado de mi presencia. No sonrió, ni asintió ni realizó el menor movimiento. Pero yo «sentí» todo esto. Dio unas órdenes. Escuchó varios informes.
Era una reunión de negocios. Satanás y compañía, teniendo una asamblea en lo alto de una montaña. Las almas eran objeto de tráfico, y las proezas eran anotadas. Y el hombre negro escribía en el libro, en tanto las brujas charlaban, y yo estaba agazapado, temblando; mientras aquellas criaturas peludas se escurrían por mis tobillos. No debía temblar, ya que las acciones del hombre negro eran muy prosaicas. Prosaicas como... el infierno.
Y entonces ocurrió. Las blancas figuras descendieron desde el cielo. Y una cayó al suelo. Hubo un grito.
—¡Meg! ¡Meg... has venido!
Meg, la bruja que faltaba.
Todas se giraron, cuando ella avanzó.
Entonces habló el hombre negro. No intentaré describir el sonido de su voz. Había en su acento algo primitivo y volcánico. Edad y profundidad, mezcladas conjuntamente, como si el habla humana no pudiese expresar los conceptos demoniacos.
—Hay catorce en este pacto...
No era yo solo el que ahora temblaba. Todas lo hacían. Como figuritas de mantequilla al fuego. La voz era la culpable.
Lisa Lorini dio media vuelta. Me arrastró hacia el círculo antes de que yo pudiese resistirme.
—Yo... creí que Meg no...
—Hay catorce. «Catorce».
La voz era sólo una insinuación. Insinuaba la cólera. 
—Pero...
—Hay una Ley. Y un Castigo.
La voz subrayó las palabras.
—Piedad...
A él no hay que suplicarle piedad.
Vi lo que ocurrió. Vi cómo la negra mano se aferraba a la garganta de Lisa Lorini. La bruja cayó al suelo, rodó sobre si un instante se quedó exánime.
Los negros ojos, las pupilas negras se volvieron hacia mi. 
—Debe de haber trece. Es la Ley. Firma y ocupa su lugar —¿Yo?
A él no se le puede replicar.
Alguien sostenía el caldero. Otra bruja guió mi mano y abrió el libro que él le entregó.
Sentí la escurridiza y peluda forma de Maggit sobre mi pecho. Me estaba mordisqueando el vello. Y la piel. Una gota de sangre cayó en el caldero. Un palo la removió. Me colocaron el palo en la mano.
—Firma—me ordenó el hombre negro.
No le desobedecí. Es imposible al oír su voz.
Mis dedos se movieron. Firmé.
Y entonces su mano, su negra mano, asió la mía. Sentí un estremecimiento y una oleada de fuego, y el susurro del viento, negro, muy negro en mi interior.
Algo yacía ahora en el suelo, pero no era Lisa Lorini. Miré el cuerpo porque me pareció familiar. Era mi propio cuerpo.
El hombre negro decía algo, pero el zumbido de su voz no llegaba claramente a mis oídos. El circulo que me rodeaba no existía para mí.
—Yo te desbautizo en el nombre de...
Maggit me apartó. Me susurró:
—Vuela.
No la escuché. El viaje de regreso fue instintivo... con el instinto nacido en otro cuerpo, en otro cerebro.
Dormí en la casa, dormí en la oscuridad, dormí con la convicción de que al despertar la pesadilla habría terminado.
Me desperté.
Me miré en el espejo.
Vi a Lisa Lorini, con mis ojos... escrutándome desde su cuerpo.
Maggit parloteó a mis pies.
Esto fue hace una semana. Desde entonces he aprendido a escuchar a Maggit. Maggit me cuenta cosas.
Maggit me enseñó los libros y las hierbas. Maggit me ha contado cómo he de hacer los filtros y cómo impedir que envejezca mi cuerpo. Maggit me ha explicado cómo hacer el té, y cómo mezclar la pasta. Maggit dice que esta noche hay otra asamblea en la montaña.
Claro está, recuerdo lo demás. Sé que he firmado el libro y he ocupado el lugar de Lisa Lorini, y sé que no puedo zafarme de ella. A menos que emplee el método de ella. Que vaya a la asamblea, pero que antes alegue una cuestión de etiqueta y me haga acompañar.
Es la única solución.
Hoy, al cabo de una semana , deben estar buscándome. El departamento del censo debe haber enviado a otro agente a cubrir mi ruta. Seguramente será Herb Jackson. Estará en este distrito. Sí, Herb Jackson seguramente llamará esta tarde a mi puerta, y pedirá entrar para hacerle a Lisa Lorini unas preguntas para el empadronamiento.
Cuando llegue, he de estar preparado.
Creo que tendré bastante trabajo confeccionando el té

jueves, 2 de diciembre de 2010

El cuarto de goma -- Robert Bloch



EL CUARTO DE GOMA

Robert Bloch

Emery insistió en que no estaba loco, pero, a pesar de todo, lo metieron en el cuarto de goma.
Lo sentimos, amigo, le dijeron. Sólo temporalmente. Tenemos problema de espacio, esto está abarrotado, lo trasladaremos a otra celda dentro de un par de horas, le dijeron. Es mejor que estar en la celda grande con todos los borrachos, le dijeron. De acuerdo, ya ha llamado a su abogado pero tómese las cosas con calma hasta que él llegue aquí, le dijeron.
Y la puerta se cerró estrepitosamente.
Allí estaba él, atrapado casi en un extremo de los bloques de celdas, solo en una pequeña habitación. Le habían quitado el reloj de pulsera y la cartera, las llaves y el cinturón, incluso los cordones de los zapatos, de modo que no pudiera causarse daño alguno a menos que se mordiera las muñecas. Pero eso habría sido una locura, y Emery no estaba loco.
Lo único que podía hacer era aguardar. No había nada más que hacer, no había opciones, nada en cuanto te metían en el cuarto de goma.
Para empezar, el cuarto era pequeño: seis pasos de largura y otros tantos de anchura. Un hombre normalmente activo podía recorrer de un salto la distancia que separaba las paredes, aunque tendría que tomar carrerilla. Y era absurdo intentarlo, porque él acababa de rebotar, sin hacerse daño, en el grueso muro acolchado.
Las paredes, carentes de ventanas, estaban acolchadas por todas partes, desde el suelo hasta el techo, igual que la puerta. El almohadillado era sin costuras, para que fuera imposible rasgarlo o arrancarlo. Incluso el suelo estaba acolchado, aparte de un cuadrado de veinticinco centímetros en el rincón izquierdo del fondo que debía servir de retrete.
En lo alto, una bombillita brillaba tenuemente detrás de la red protectora, seguramente alejada del suelo. El techo que rodeaba la luz también estaba acolchado, probablemente para amortiguar los ruidos.
Sala de confinamiento, así la llamaban, pero normalmente era una celda acolchada. «Cuarto de goma» era el término popular. Y quizás ese término de la jerga no fuera tan popular si más personas se viesen enfrentadas a la realidad.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, Emery empezó a ir de un lado a otro. Seis pasos hacia delante, seis pasos hacia atrás, lo mismo una y otra vez, igual que un animal en una jaula.
Eso era exactamente: no una habitación, una simple jaula. Y si permaneces demasiado tiempo en una jaula te transformas en animal. Desgarras, arañas, te golpeas la cabeza en las paredes y pides a gritos que te saquen de allí.
Si no estás loco al entrar, te vuelves loco antes de salir. El truco, naturalmente, consiste en no permanecer allí demasiado tiempo.
Pero ¿cuánto tiempo era demasiado tiempo? ¿Cuánto tiempo tardaría en llegar el abogado?
Seis pasos adelante, seis pasos atrás. El grisáceo y esponjoso acolchado ahogaba sus pasos y absorbía la luz de la bombilla, dejando las paredes en sombras. También las sombras podían hacer enloquecer. Igual que el silencio, y la soledad. Soledad entre sombras y en silencio, como estaba cuando lo encontraron en la habitación..., la otra habitación, la de la casa.
Fue como una pesadilla. Quizá se sentía eso cuando se estaba loco, y en ese caso él debía de haber estado loco cuando sucedió aquello.
Pero no estaba loco ahora. Estaba totalmente cuerdo, completamente dominado. Y allí no había nada que pudiera causarle daño. El silencio no daña. ¿Cómo era aquel dicho? La violencia es oro. No, nada de violencia. ¿De dónde había salido eso? Un desliz freudiano. Al diablo con Freud, ¿qué sabía él? Nadie lo sabía. Y si él guardaba silencio nadie lo sabría nunca. Aunque lo hubieran encontrado, no podrían demostrar nada. No si él guardaba silencio, si dejaba hablar a su abogado. El silencio era su amigo. Y también las sombras eran sus amigas. Las sombras ocultan todo. Había sombras en aquel otro cuarto y nadie podía haberlo visto con claridad cuando lo encontraron. Creyeron verlo, les diría.
No, se había olvidado: no debía decirles nada, sólo dejar hablar al abogado. ¿Qué le ocurría, estaba enloqueciendo a pesar de todo?
Seis pasos adelante, seis pasos atrás. Sigue andando, guarda silencio. Mantente lejos de esas sombras de los rincones. Las sombras eran cada vez más oscuras. Más oscuras y más densas. Algo parecía moverse allí, en el rincón derecho del fondo. 
Emery sintió que se tensaban los músculos de su garganta, y él no podía controlarlos. Sabía que iba a chillar de un momento a otro.
Y entonces se abrió la puerta a su espalda y con la luz del corredor la sombra desapareció.


Buen detalle que no hubiera chillado. En ese caso ellos habrían estado seguros de su locura, y todo se habría echado a perder. 
Pero puesto que la sombra había desaparecido, Emery se tranquilizó. Cuando lo sacaron al corredor y le dejaron en la sala de visitas estaba de nuevo muy calmado.
Su abogado le aguardaba allí, sentado al otro lado de la enrejada barrera, y nadie más iba a oírles.
Eso dijo el abogado. Nadie nos oye, puede explicarme todo.
Emery meneó la cabeza y sonrió porque él no era tan tonto. La violencia es oro e incluso las paredes tienen oídos. Quiso advertir a su abogado que le estaban espiando, pero eso parecía una tontería. Lo sensato era no mencionarlo, tener cuidado y decir las cosas apropiadas.
Explicó al abogado lo que todos sabían de él. Era un hombre decente, tenía trabajo fijo, pagaba sus facturas, no fumaba, no bebía, no era desordenado. Trabajador, responsable, pulcro, limpio, sin antecedentes policiales, no era un pendenciero. Mamá siempre se enorgullecía de su hijo y estaría orgullosa de él ese día si viviera aún. El siempre se había preocupado por su madre, y al morir ella siguió preocupándose de la casa, la cuidó, se cuidó de él mismo tal como su madre le había enseñado. Así pues, ¿a qué venía tanto alboroto? 
Supongamos que usted me lo explica, dijo el abogado.
Esa era la parte difícil, hacer comprender al hombre, pero Emery sabía que todo dependía de ello. Habló muy despacio, eligió las palabras con sumo cuidado, se aferró a los hechos.
La segunda guerra mundial tuvo lugar antes de que él naciera, pero era un hecho.
Emery conocía muchos hechos de la segunda guerra mundial ya que había leído muchos libros en la biblioteca en vida de su madre. Mejora tu mente, decía ella. Leer es mejor que ver tanta violencia por televisión, decía ella.
Por la noche, cuando no podía dormir, pasaba horas leyendo, sentado en su cuarto. La gente que trabajaba con él en la tienda lo llamaba ratón de biblioteca pero a él no le molestaba. Los ratones de biblioteca no existían, él lo sabía. Había gusanos que comían microorganismos de la tierra, pájaros que comían gusanos, animales que comían pájaros, personas que comían animales y microorganismos que comían personas..., como los que comieron a su madre hasta matarla.
Todo lo que existe (gérmenes, plantas, animales, personas) mata otras cosas para sobrevivir. Se trata de un hecho, un hecho cruel. Emery aún recordaba los chillidos de su madre.
Después de la muerte de ella Emery leyó más. Fue entonces cuando realmente se interesó por la historia. Los griegos mataron a los persas, los romanos mataron a los griegos, los bárbaros mataron a los romanos, los cristianos mataron a los bárbaros, los musulmanes mataron a los cristianos y los hindúes mataron a los musulmanes. Los negros mataron a los blancos, los blancos mataron a los indios, los indios mataron a otros indios, los orientales mataron a otros orientales, los protestantes mataron a los católicos, los católicos mataron a los judíos, los judíos mataron al Redentor en la Cruz.
Amaos los unos a los otros, dijo Jesús, y lo mataron por ello. Si el Redentor hubiera vivido, el Evangelio se habría extendido por el mundo entero y no habría existido violencia. Pero los judíos mataron a Nuestro Señor.
Eso explicó Emery al abogado, pero no profundizó. Vaya al grano, dijo el abogado.
Emery estaba acostumbrado a esa clase de reacción. La había escuchado otras veces cuando intentaba explicar cosas a las mujeres que conoció tras el fallecimiento de su madre. Mamá no aprobaba que él fuera con chicas y Emery solía enfadarse por ello. En cuanto ella murió los compañeros de trabajo le dijeron que la compañía femenina le sería provechosa. Sal de tu caparazón, le dijeron. Por eso consintió participar en salidas de dos parejas y entonces averiguó que su madre tenía razón. Las chicas se reían de él cuando comentaba hechos.
Era preferible permanecer en su caparazón, igual que un caracol. Los caracoles sabían protegerse en un mundo donde todos matan para vivir, y los judíos mataron al Redentor.
Hechos, dijo el abogado. Exponga hechos.
Y Emery le habló de la segunda guerra mundial. Ahí empezó la verdadera matanza. Banqueros judíos de todo el mundo financiaron las guerras napoleónicas y la primera guerra mundial, pero estos conflictos no fueron nada comparados con la segunda guerra mundial. Hitler conocía los planes de los judíos y trató de impedirlos; por eso invadió otras naciones, para librarse de los judíos tal como había hecho en Alemania. Los judíos habían planeado una guerra para destruir el mundo, para tomar el poder. Pero nadie lo comprendió y al final los ejércitos financiados por los judíos ganaron la guerra. Los judíos mataron a Hitler igual que mataron al Redentor. La historia se repite, y también eso es un hecho.
Emery explicó todo esto con enorme paciencia, sin recurrir a otra cosa que no fueran hechos, pero por la mirada del abogado dedujo que todo era inútil.
Y Emery regresó a su caparazón. Pero en esta ocasión llevó al abogado con él.
Le explicó cómo era su vida, solo en su casa, que en realidad era un gran caparazón que lo protegía. Demasiado grande al principio, y demasiado vacío, hasta que Emery comenzó a llenarlo con libros. Libros sobre la segunda guerra mundial, debido a los hechos. Pero cuanto más leyó tanto más comprendió que casi todos los libros no contenían hechos. Los vencedores escribían los relatos y, puesto que habían ganado los judíos, sólo escribían mentiras. Mentían acerca de Hitler, del partido nazi y sus ideales.
Emery fue una de las pocas personas capaz de leer entre mentiras y distinguir la verdad. Podía encontrar recordatorios de la verdad fuera de los libros, y él recurrió a esos recuerdos y empezó a coleccionarlos. Atavíos y banderas, cascos y medallas de acero. También las cruces de hierro eran recordatorios: los judíos destruyeron al Redentor en una cruz y ahora trataban de destruir las mismas cruces. 
Entonces comenzó a entender lo que ocurría, cuando fue a las tiendas de antigüedades donde vendían esa clase de objetos.
Había otras personas en esas tiendas y todas miraban a Emery. Nadie pronunciaba palabra, pero todos observaban. A veces él creía oír murmullos cuando estaba de espaldas y daba por hecho que los mirones tomaban notas.
Eso no era producto de su imaginación, porque al cabo de poco tiempo algunos compañeros de trabajo le hicieron preguntas sobre su colección: las fotos de los líderes del partido, las esvásticas, las insignias y las fotografías de niñas que ofrecían flores al Führer en mítines y desfiles. Difícil creer que esas niñas fueran ya mujeres cincuentonas. A veces Emery pensaba que si conocía a una de ellas podría arreglarse con ella y ser feliz; como mínimo ella lo entendería porque conocía los hechos. En cierta ocasión estuvo a punto de poner un anuncio para tratar de localizar a una de esas mujeres, pero pensó que podía ser peligroso. ¿Y si los judíos la buscaban? Lo cogerían a él también. Eso era un hecho.
El abogado de Emery meneó la cabeza. Su cara, al otro lado del enrejado, adoptó una expresión que disgustó a Emery. Era la expresión de la gente cuando va al zoo, cuando contempla los animales a través de barras o alambradas.
Fue entonces cuando Emery decidió que debería explicar el resto al abogado. Era un riesgo, pero si deseaba que aeyeran en él, su abogado debía conocer todos los hechos.
Y le habló de la conspiración.
Los secuestros de toda índole que ocurrían en la actualidad formaban parte de la conspiración. Y los terroristas que actuaban tapándose los ojos con gafas de esquiador también formaban parte del plan. 
En el mundo actual, el terror luce gafas de esquiador.
Algunas veces se llaman árabes, pero sólo para confundir a la gente. Ellos fueron los responsables de las bombas puestas en Irlanda del Norte y de los asesinatos de Latinoamérica. La conspiración internacional judía era responsable de todo ello, y detrás de unas gafas de esquiador hay un rostro judío.
Se esparcen por todo el mundo, provocando miedo y confusión. Y también habían estado allí, tramando, maquinando y espiando a sus enemigos. Mamá lo sabía.
Cuando él era pequeño y hacía una travesura mamá solía decirle que se portara bien. Pórtate bien o el judío te cogerá, decía mamá. Emery pensaba que ella intentaba asustarlo, pero ahora comprendía que su madre estaba diciéndole la verdad. Como cuando ella lo sorprendió masturbándose y lo encerró en el armario. El judío te cogerá, le dijo. Y estuvo solo a oscuras, vio que el judío atravesaba la puerta, empezó a chillar y su madre lo sacó justo a tiempo. De lo contrario el judío lo habría cogido. Emery sabía ahora que ese era el medio que empleaban para conseguir reclutas. Cogían a los hijos de otras personas y les lavaban el cerebro, los educaban para ser terroristas políticos en países del mundo entero (Italia, Irlanda, Indonesia, el Oriente Medio) de forma que nadie sospechara los hechos reales. Los hechos reales, la responsabilidad de los judíos, preparar otra guerra. Y cuando las demás naciones se destruyeran unas a otras, Israel dominaría el mundo.
Emery estaba hablando en voz más alta en ese momento, pero no se dio cuenta hasta que el abogado le rogó que se calmara. ¿Qué le hace pensar que esos terroristas van detrás de usted?, preguntó el abogado. ¿Alguna vez ha visto un terrorista?
No, le explicó Emery, ellos son demasiado listos para eso. Pero tienen espías, sus agentes están por todas partes.
El rostro del abogado estaba enrojeciendo y Emery reparó en el detalle. Le explicó por qué hacía tanto calor en la sala de visita: los agentes judíos estaban en acción de nuevo.
Las personas que Emery vio al comprar banderas, esvásticas y cruces de hierro habían sido enviadas a las tiendas para espiarle. Y los compañeros de su trabajo que se mofaban de su colección también eran espías, y sabían que él había averiguado la verdad. 
Los terroristas llevaban ya varios meses detrás de él, planeaban matarle. Intentaron atropcllarlo con sus coches al cruzar la calle, pero él se salvó. Hacía dos semanas, al encender el televisor, se produjo una explosión. Parecía un cortocircuito pero Emery no era tan tonto; habían querido electrocutarlo sin conseguirlo. Él era demasiado listo para llamar a un reparador, ya que ellos querían precisamente eso: enviar uno de sus asesinos en lugar del técnico. Las únicas personas que en la actualidad hacen visitas a domicilio son los asesinos.
Durante dos semanas Emery se las apañó como pudo sin electricidad. Entonces debieron de poner los aparatos en las paredes. Los terroristas poseían aparatos para calentar cosas y por la noche él escuchaba un zumbido en la oscuridad. Buscó por todas partes, dio golpes en las paredes y no encontró nada, pero sabía que los aparatos estaban allí. A veces el calor aumentaba tanto que acababa empapado de sudor, pero él no intentaba apagar la calefacción. Les demostraría que podía soportarlo. Y no pensaba salir de la casa, porque eso era lo que ellos deseaban. Ese era su plan, obligarlo a salir para poder atacarlo y matarlo.
Emery era demasiado listo para eso. Tenía suficientes alimentos enlatados y otras cosas para resistir y era más seguro no moverse. Cuando sonaba el teléfono, él no contestaba; seguramente alguien de la tienda llamaba para preguntarle por qué no iba a trabajar. Eso era lo único que debía hacer: volver al trabajo para que pudieran asesinarlo en el camino.
Era preferible esconderse en su dormitorio con las cruces de hierro y las esvásticas en las paredes. La esvástica es un símbolo muy antiguo, un símbolo sagrado, y lo protegía. Igual que la gran fotografía del Führer. Saber que estaba allí era suficiente protección, incluso a oscuras. Emery no podía dormir ya debido a los ruidos de las paredes; al principio fue un zumbido, pero poco a poco fue captando voces. No sabía hebreo, y sólo con el tiempo supo qué estaban diciéndole. Sal, asqueroso ario, sal y muere.
Se presentaban todas las noches, igual que vampiros, con antifaces de esquiador para ocultar sus caras. Llegaban y musitaban, sal, sal estés donde estés. Pero él no salía.
Algunos libros de historia afirmaban que Hitler era un loco, y quizás eso fuera cierto. Si lo era, Emery sabía el porqué. Porque también el Führer debió de oír las voces y comprendió que ellos lo acosaban. No era extraño que insistiera en hablar de la respuesta al problema judío. Ellos estaban corrompiendo la raza humana y Hitler tenía que frenarlos. Pero ellos lo hicieron arder en un búnker. Mataron al Redentor. ¿No puede entenderlo?
El abogado contestó que no y dijo que quizás Emery debía hablar con un médico y no con él. Pero Emery no quería hablar con un médico. Esos médicos judíos formaban parte de la conspiración. Lo que él debía decir a continuación era estrictamente confidencial. 
Pues dígamelo, por el amor de Dios, repuso el abogado.
Y Emery dijo que sí, que se lo explicaría. Por el amor de Dios, por el amor del Redentor.
Hacía dos días se quedó sin latas. Tenía hambre, mucha hambre, y si no comía, moriría. Los terroristas querían matarlo de hambre pero él era demasiado listo para eso.
Decidió ir al supermercado.
Antes miró a hurtadillas por todas las ventanas, pero no vio a nadie con gafas de esquiador. Eso no significaba que salir fuera seguro, por supuesto, porque los judíos también empleaban gente ordinaria. Lo único que podía hacer era arriesgarse. Y antes de salir se puso en el cuello una cruz de hierro con cadena. Serviría para protegerle.
Cuando anochecía, Emery fue al supermercado, calle abajo. Era absurdo ir en coche, porque los terroristas podían haber colocado una bomba, y por eso fue andando.
Se sintió extraño al estar en la calle de nuevo, y aunque no vio nada sospechoso temblaba de pies a cabeza cuando llegó al supermercado.
Allí había grandes tubos fluorescentes y ninguna sombra. Emery no vio espías y agentes por allí, aunque naturalmente ellos eran lo bastante listos para no dejarse ver. Emery confiaba en volver a casa antes de que ellos actuaran.
Los clientes tenían aspecto de personas normales. El problema es que nunca se puede estar seguro en estos tiempos. Emery cogió latas con la máxima rapidez posible y se alegró de llegar al final de la cola de la caja sin más problemas. La empleada lo miró de una forma extraña, quizá porque no se había afeitado o cambiado de ropa desde hacía días. De todos modos pudo salir, aunque empezaba a dolerle la cabeza.
Era de noche cuando salió del supermercado con la bolsa llena de latas, y no había un alma en la calle. Otro logro de los terroristas: hacer que la gente tuviera miedo a pasear sola por la calle. ¿Ve lo que han conseguido? ¡Todo el mundo se asusta de estar fuera por la noche!
Eso le dijo la niña.
Se hallaba de pie en la esquina del bloque cuando Emery la vio: una monada, quizá de cinco años, con unos ojazos color castaño y cabello rizado. Y estaba llorando, mortalmente asustada.
Me he perdido, dijo la pequeña. Me he perdido, quiero que venga mi mamá.
Emery lo comprendió. Todo el mundo anda perdido en estos tiempos, todo el mundo quiere alguien que lo proteja. Pero no existe ya protección, no con esos terroristas al acecho, a la espera de su oportunidad, escondidos en las sombras. 
Y había sombras en la calle, sombras junto a la casa de Emery. Él quería ayudar pero no podía arriesgarse a estar hablando en la calle.
Siguió andando, subió los escalones del porche y no vio que la pequeña lo había seguido hasta que abrió la puerta. Una niña llorando, diciendo por favor, señor, lléveme con mi mamá. 
Sintió deseos de entrar y cerrar la puerta, pero comprendió que debía hacer algo.
¿Cómo te has perdido?, le preguntó.
La niña dijo que estaba aguardando en el coche delante del supermercado mientras mamá iba de compras, pero como no volvía salió del automóvil para buscarla en la tienda y ya no estaba allí. Luego creyó verla calle abajo y echó a correr, pero era otra señora. No sabía dónde estaba y ¿querría él llevarla a casa, por favor?
Emery sabía que no podía hacer eso, pero la niña se puso a llorar otra vez, escandalosamente. Si había alguien cerca oiría a la pequeña. Emery le dijo que entrara.
La casa tenía un olor raro por la falta de ventilación y hacía mucho calor. Estaba a oscuras, además, con todas las luces apagadas debido a los terroristas. Emery trató de explicarse, pero la niña lloró con más fuerza porque la oscuridad la asustaba.
No te asustes, le dijo Emery. Dime el nombre de tu mamá y la telefonearé para que venga a recogerte.
Ella le facilitó el nombre (señora Rubelsky, Sylvia Rubelsky). pero desconocía la dirección.
Era difícil oír con claridad a causa del zumbido de las paredes. Emery agarró la linterna que guardaba en la cocina para los apuros y fue al salón para buscar el apellido en el listín.
No había ningún Rubelsky. Emery probó con apellidos similares: Rubelski, Roubelsky, Rebelsky, Rabelsky... Nada. ¿Estás segura?, preguntó.
Entonces la niña dijo que no tenían teléfono.
Curioso; todo el mundo tenía teléfono. La pequeña dijo que no importaba, que si él la llevaba a la Calle Sexta le señalaría la casa. 
Emery no estaba dispuesto a ir a ninguna parte, y menos a la Calle Sexta. Pertenecía a un barrio judío. Y pensándolo bien, Rubelsky era un apellido judío.
¿Eres judía?, preguntó.
La niña dejó de llorar y miró a Emery, y sus ojazos castaños se abrieron cada vez más. Esa forma de mirar aumentó el dolor de cabeza de Emery.
¿Qué estás mirando?, le dijo.
Esa cosa que lleva en el cuello, contestó ella. Esa cruz de hierro. Es como la de los nazis.
¿Qué sabes tú de los nazis?, preguntó él.
Mataron a mi abuelito, dijo ella. Lo mataron en Belsen. Mamá me lo explicó. Los nazis son malos.
De pronto la verdad brotó como un fogonazo, un fogonazo que hizo palpitar la cabeza de Emery.
Ella era uno de ellos. La habían dejado en la calle como un cebo, sabiendo que ella dejaría entrar en su casa. ¿Qué pretendían? 
¿Por qué lleva cosas feas?, dijo ella. Quitese eso.
Tenía la mano extendida hacia la cadena, la cadena con la cruz de hierro.
Era como en aquella antigua película que Emery había visto hacía tiempo, la del Golem. Aquel enorme monstruo petrificado cobra vida en el ghetto judío, luciendo la estrella de David en el pecho. Una niña arranca la estrella y el Golem cae muerto.
Por eso habían enviado a la niña, para arrancarle la cruz de hierro y matarlo.
De eso nada, dijo él. Y abofeteó a la pequeña, no con fuerza pero ella se puso a llorar. Emery no podía soportarlo, le puso sus manos en torno al cuello sólo para que dejara de llorar, hubo una especie de crujido y luego...
¿Qué ocurrió luego?, preguntó el abogado.
No quiero hablar de eso, dijo Emery.
Pero no podía contenerse, estaba hablando de eso. Al principio, al no encontrar el pulso a la niña, pensó que la había matado. Pero no había estrujado con fuerza, la muerte debió de producirse cuando la niña tocó la cruz de hierro. Eso significaba que su suposición era correcta, que la pequeña era uno de ellos.
Pero él no podía decirlo a nadie, sabía que la gente jamás creería en unos terroristas que enviaban una pequeña judía a su casa para matarlo. Y él no podía tolerar que encontraran así a la niña. Qué hacer, ese era el problema. El problema judío.
Luego lo recordó. Hitler averiguó la respuesta. Emery sabía ya qué debía hacer.
Hacía calor allí y todavía más abajo. Allí la llevó, abajo, donde estaba funcionando la caldera de la calefacción. Un horno de gas. 
Oh, Dios mío, dijo el abogado. Oh, Dios mío.
Y de pronto el abogado se levantó, se acercó a la puerta que había al otro lado del enrejado y llamó al vigilante.
Vuelva aquí, dijo Emery.
Pero el hombre no le hizo caso, continuó musitando algo al vigilante. Y después llegaron otros agentes por el lado del enrejado que ocupaba Emery y lo agarraron por los brazos.
Les pidió a gritos que lo soltaran, que no escucharan al abogado judío... ¿No comprendían que él debía de ser uno de ellos?
En lugar de prestarle atención lo llevaron por el corredor hasta el cuarto de goma y lo metieron allí de un empujón.
Prometieron que me pondrían en otra celda, dijo Emery. No quiero estar aquí. No estoy loco.
Un vigilante dijo tranquilo, el médico vendrá a darle algo para que pueda dormir.
Y la puerta se cerró estruendosamente.


Emery volvía a encontrarse en el cuarto de goma, pero en esta ocasión no paseó, y no gritó que lo sacaran. De nada iba a servirle. Ya sabía cómo se había sentido el Redentor, traicionado y a la espera de la crucifixión.
También Emery había sido traicionado, traicionado por el abogado judío, y lo único que podía hacer era esperar la llegada del doctor judío. Para que durmiera, había dicho el vigilante. Así funcionaba la conspiración: lo obligarían a dormir para siempre. Pero él no lo consentiría, permanecería en vela, exigiría un juicio justo. 
Eso era imposible. Los policías explicarían que habían oído gritar a la niña, que entraron en la casa y encontraron a Emery. Lo acusarían de pederasta y asesino. Y el juez lo sentenciaría a muerte. El juez creería en los judíos tanto como Poncio Pilato, igual que los aliados cuando mataron a nuestro Führer.
Emery no había muerto todavía pero no tenía escapatoria. No podía rehuir el juicio, no podía escapar del cuarto de goma.
¿O sí?
La respuesta surgió de improviso.
Alegaría locura.
Emery sabía que no estaba loco, pero podía engañarlos para que lo creyeran. Estar loco no era una desgracia, algunas personas opinaban que Jesucristo y el Führer también estaban locos. Y lo único que debía hacer era fingir.
Sí, esa era la respuesta. Y bastó con pensar en ello para que se sintiera mejor. Aunque lo encerraran en un cuarto de goma como ese sobreviviría. Podría andar, hablar, comer, dormir y pensar. Pensar en cómo los había engañado, a todos los terroristas judíos dispuestos a matarlo.
Debía tener mucho cuidado. No debería mentir, no como había mentido al abogado. Podía admitir la verdad.
Matar a la pequeña judía no fue un accidente, él sabía qué hacía en el momento que le rodeó el cuello con sus manos. Apretó tanto como pudo porque ése había sido siempre su deseo. Apretar los cuellos de las chicas que se reían de él, los de los compañeros de trabajo que no le escuchaban cuando hablaba de su colección y sí, lo diría, había querido apretar también el cuello de su madre porque ella siempre había hecho lo mismo con él, lo había ahogado, lo había estrangulado, había destrozado su vida. Pero sobre todo quería estrujar a los judíos, los asquerosos terroristas semitas que pretendían acabar con él y destruir el mundo.
Y eso había hecho él. No había partido el cuello de la niña, ella no estaba muerta cuando la llevó abajo y abrió la puerta del horno. 
Lo que había hecho en realidad era resolver el problema judío.
Lo había resuelto y ellos no podrían tocarle un dedo. Se hallaba a salvo ya, a salvo de todos los terroristas y espíritus malignos ansiosos de venganza, a salvo para siempre allí, en el cuarto de goma.
Lo único que le disgustaba eran las sombras. Recordaba haberlas visto antes, recordaba que la del rincón del fondo había parecido volverse más oscura y más espesa.
Y en ese momento estaba ocurriendo lo mismo.
No la mires, pensó. Estás imaginando cosas. Sólo los locos ven moverse las sombras. Moverse y retorcerse como una nube, una nube de humo que sale de un horno de gas.
Pero tuvo que mirar porque la sombra estaba cambiando, cobrando forma. Emery lo vio de pie en el rincón, la figura de un hombre. Un hombre vestido de negro, con la cara negra.
Y estaba avanzando.
Emery retrocedió mientras la figura se deslizaba hacia él suave y silenciosamente por el acolchonado suelo, y abrió la boca para chillar.
Pero el chillido no brotó. La amenazadora figura avanzaba delante de Emery, que se apretó a la pared del cuarto de goma. Vio el negro rostro con gran claridad..., pero no era un rostro.
Eran unas gafas de esquiador.
Los brazos de la figura se alzaron y las manos se extendieron, y Emery vio negras gotitas que caían de las humosas muñecas en el momento que los dedos se cerraban en torno a su cuello. Emery golpeó las gafas de esquiador, introdujo los dedos en los agujeros de los ojos, pinchó los mismos ojos. Pero no había nada detrás de las gafas, nada en absoluto.
Fue en ese momento cuando Emery enloqueció realmente.


Cuando se abrió la puerta del cuarto de goma la sombra había desaparecido. Sólo encontraron a Emery, y estaba muerto.
Apoplejía, dijeron. Fallo cardiaco. Mejor redactar un rápido informe médico y cerrar el caso. Cerrar también el cuarto de goma mientras se ocupaban del informe.
Era sólo una coincidencia, por supuesto, pero la gente podía pensar cosas raras si lo averiguaban. Dos muertes en la misma celda, Emery y el otro chiflado que la semana anterior se abrió las venas de las muñecas a mordiscos, el terrorista loco que llevaba unas gafas de esquiador.


viernes, 8 de octubre de 2010

EL VAMPIRO ESTELAR -- ROBERT BLOCH





EL VAMPIRO ESTELAR
ROBERT BLOCH

Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable
atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo sinientro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fuí haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.
El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.
Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.
Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencéa dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad.Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.
Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imagenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostíles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso. Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenasde amenazas, e incluso una llamda telefónica verdadramente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South Dearborn Street, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis , "Misterios del Gusano". El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.
Yo me marché apresudaramente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían coniderando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas.... todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.
Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresudaramente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La plantabaja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible. Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, enpezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y exitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares,había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:
"Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum"...
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaescencia del horror.
Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.
Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?
Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo.... sangriento. Muy despacio, pero en forma contínua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.
Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensagrentada vuelta hacia las estrellas.
Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.
Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.
Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.