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domingo, 12 de diciembre de 2010

UNA MUCHACHA DE LA VECINDAD MATA A SU AGRESOR -- LA HERMANDAD NEGRA -- H. P. LOVECRAFT



LA HERMANDAD NEGRA
H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH


Probablemente las circunstancias que rodearon la misteriosa destrucción por el fuego de una abandonada casa situada en una colina, a orillas del Seekonk, en un distrito poco habitado entre los puentes de Washington y Red, no llegarán a conocerse nunca. La policía fue acosada por el número habitual de maniáticos que se ofrecían para facilitar informes sobre el asunto. Nadie más insistente que Arthur Phillips, el descendiente de una vieja familia del East Side, residente desde hacía mucho en la calle Angell. Era un joven algo extraño y a la vez formal; preparó un relato de los acontecimientos que, según él, condujeron al incendio. Aunque la policía habló con todas las personas mencionadas en el relato del señor Phillips, no obtuvo ninguna confirmación. Solamente sirvió de apoyo a la alegación del señor Phillips la declaración de una bibliotecaria del Ateneo, en el sentido de que, efectivamente, el señor Phillips se había reunido allí con la señorita Rose Dexter. A continuación se reproduce su relato.

I
Por la noche, las calles de cualquiera de las ciudades de la Costa Este proporcionan al paseante nocturno visiones de lo extraño y lo terrible, de lo macabro y de lo insólito: al amparo de la oscuridad, salen de las rendijas y grietas, de las buhardillas y callejones de la ciudad aquellos seres humanos que, por razones tenebrosas y remotas, se guarecen durante el día en sus grises nichos. Ellos son los deformes, los solitarios, los enfermos, los ancianos, los perseguidos, y esas almas perdidas que están siempre buscándose a sí mismas bajo el manto de la noche, que les es más beneficioso de lo que jamás puede serlo para ellos la fría luz del día. Son los heridos por la vida, los mutilados, hombres y mujeres que nunca se han recuperado de los traumas de la niñez, o que han buscado experiencias no permitidas al hombre. En cualquier lugar en que la sociedad humana se ha concentrado por un período de tiempo considerable, allí están ellos, aunque sólo se les ve surgir en las horas de oscuridad, como mariposas nocturnas que se mueven en los alrededores de sus guaridas por breves horas antes de huir de nuevo cuando surge la luz del sol.
Como había sido un niño solitario al que dejaban hacer lo que le daba la gana, debido a mi persistente falta de salud, desarrollé muy pronto el hábito de deambular por las noches, al principio sólo en la calle Angell y la vecindad donde viví durante mi niñez, y luego, poco a poco, en un círculo más amplio de mi nativa Providence. Durante el día, si lo permitía mi salud, paseaba por el río Seekonk desde la ciudad hasta el campo abierto, o cuando me encontraba fuerte, jugaba con unos compañeros escrupulosamente elegidos en una «casa-club» edificada en una zona boscosa no muy lejos de la ciudad. También me gustaba leer, y pasaba largas horas en la copiosa biblioteca de mi abuelo. Leía sin discriminación, y por lo tanto asimilaba una gran variedad de conocimientos, desde las filosofías griegas hasta la historia de la monarquía inglesa, de los secretos de la antigua alquimia a los experimentos de Niels Bohr, de la ciencia de los papiros egipcios a los estudios regionales de Thomas Hardy. Mi abuelo era muy católico en sus gustos en materia de libros: desdeñaba la especialización, y de todo lo que compraba sólo conservaba lo que, según él, era bueno; esto representaba, en el conjunto de sus lecturas, una variedad inaudita y a menudo desconcertante.
Pero la ciudad nocturna superaba todo lo demás; caminar era lo que prefería a cualquier otra cosa, y salía por las noches, durante los años de mi niñez y los de mi adolescencia, en el curso de los cuales procuré -pues las enfermedades esporádicas impedían mi asistencia al colegio- bastarme a mí mismo y me volví más y más solitario. No podría decir ahora qué es lo que buscaba con tanta insistencia en la ciudad durante la noche, qué me atraía de las calles mal iluminadas, por qué merodeaba por la calle Benefit y los alrededores sombríos de la calle Poe, casi desconocidas en la extensa Providence, qué esperaba ver en las caras furtivas de otros paseantes nocturnos que se deslizaban y escabullían por las oscuras calles y pasajes de la ciudad. Quizá fuese para escapar a las más intensas realidades del día, lleno de insaciable curiosidad acerca de los secretos de la vida de la ciudad que sólo la noche podía descubrir. Cuando por fin finalicé mis estudios de secundaria, se esperaba que me dedicaría a otros menesteres. Pero no fue así. Mi salud era demasiado precaria para garantizarme la matrícula en la Universidad de Brown, adonde me habría gustado ir para continuar mis estudios. Esta restricción sirvió sólo para incrementar mis ocupaciones solitarias: dupliqué mis horas de lectura y aumentó el tiempo durante el que paseaba por las noches, con la compensación de dormir durante las horas del día. Sin embargo, me las arreglaba para llevar una existencia normal; no abandoné a mi madre viuda, ni a mis tías, con quienes vivíamos. Mis compañeros de juventud se habían alejado de mí, pero me encontré con Rose Dexter, descendiente de las primeras familias inglesas que se instalaron en Providence, de ojos negros, de proporciones singularmente atractivas y de facciones de gran belleza. a quien persuadí para que compartiese mis paseos nocturnos.
Con ella continué la exploración de la Providence nocturna, con un nuevo aliciente: el ansia de enseñar a Rose todo aquello que yo ya había descubierto en mis paseos por la ciudad. Al principio nos encontrábamos en el viejo Ateneo, y continuamos encontrándonos allí cada tarde, y desde sus portales nos introducíamos en la noche de la ciudad. Lo que para ella empezó como una ocurrencia del momento, pronto se convirtió en un hábito. Demostraba tanto deseo como yo por conocer los ocultos pasajes, y los caminos no utilizados desde hacía ya muchos años, y se sintió pronto como en su casa en medio de la ciudad nocturna, al igual que yo. Tampoco le gustaban las charlas intranscendentes, con lo que queda demostrado hasta qué punto nos complementábamos.
Durante algunos meses habíamos estado explorando Providence en esta forma, cuando una noche, en la calle Benefit, un hombre con una capa hasta la rodilla, sobre una ropa raída y arrugada, se acercó a nosotros. Le había visto antes al doblar la esquina: estaba a poca distancia de nosotros, detenido en la acera, y le observé al pasar delante de él. Me chocó, porque su cara de ojos negros y bigote, y el indomable pelo en la cabeza sin cubrir, me resultaron familiares. Además, al pasar, hizo intención de seguimos. Por fin nos alcanzó, me tocó en el hombro y habló conmigo.
-Señor -dijo-, ¿podría decirme cómo se va al cementerio donde estuvo Poe?
Se lo expliqué y después, movido por un repentino impulso, le sugerí que podíamos acompañarle adonde deseaba ir. Antes de que me diera cuenta plenamente de lo que había pasado, íbamos los tres caminando juntos. Observé en seguida con qué aire escrutador aquel individuo examinaba a mi compañera. Sin embargo, cualquier resentimiento que pudiese surgir en mí estaba descartado porque reconocía que el interés de ese extraño era inofensivo: resultaba más frío y crítico que pasional. También aproveché la ocasión para examinarle lo más atentamente posible, en los momentos fugaces en que la luz de las calles alumbraba el camino por el cual pasábamos, y me inquietaba cada vez más la certidumbre de que le conocía o le había conocido alguna vez.
Vestía totalmente de negro, excepto la camisa blanca y una ligera corbata de Windsor. Su ropa estaba muy arrugada, como si la hubiese llevado mucho tiempo Sin haberse ocupado de ella, pero a primera vista no estaba sucia. Tenía la frente amplia, casi abovedada; bajo ella miraban con cierta obsesión sus oscuros ojos y el rostro se estrechaba hasta acabar en una pequeña y tiesa barbilla. Llevaba el pelo más largo de como se estilaba entre las gentes de mi edad, y sin embargo parecía pertenecer a esa misma generación; no aparentaba ser más de cinco años mayor que yo. Pero definitivamente, su vestimenta no era la de mi generación; aunque su aspecto era nuevo, parecía cortada con un patrón de una generación anterior.
-¿Es usted forastero en Providence? -le pregunté.
-Estoy de paso -dijo en seguida.
-¿Se interesa usted por Poe?
Asintió.
-¿Qué sabe de él? -le pregunté.
-Muy poco -dijo-. ¿Podría usted contarme algo sobre él?
No hacía falta que me lo dijese dos veces. En seguida le solté un apunte biográfico del padre de las historias de detectives y maestro de los cuentos macabros, cuyas obras yo admiraba desde hacía mucho tiempo. Cité simplemente su romance con la señora Sara Helen Whitman, pues se refería a Providence y a la visita con la señora Whitman al cementerio al que nos dirigíamos. Pude observar que escuchaba con atención extasiada, y parecía estar grabando en su mente todo cuanto le decía. Pero no podía deducir de su rostro inexpresivo si lo que le con taba le agradaba o le desagradaba, ni qué interés podría tener en ello.
Por su parte, Rose era consciente de la atracción que provocaba, pero no se sentía avergonzada, quizá porque intuía que era debida a un interés distinto del amor. Sólo en el momento de preguntarle ella cómo se llamaba me di cuenta de que ignorábamos su nombre. Nos dio el de «señor Allan». Al oírlo, Rose sonrió casi imperceptiblemente; observé su sonrisa mientras paseábamos bajo una farola de la calle.
Una vez que supo nuestros nombres, nuestro acompañante no parecía interesado en nada más, y silenciosamente llegamos por fin al cementerio. Pensé que el señor Allan entraría, pero no tenía ese propósito; sólo pretendía localizarlo para poder volver de día. Era una sensata conclusión: para mí tenía atractivo a aquellas horas por haberlo pateado a menudo de noche, pero ofrecía poco encanto a un extraño, incapaz de ver nada en plena oscuridad.
Nos despedimos en la entrada, y Rose y yo continuamos.
-He visto a ese hombre antes en algún sitio -le dije a Rose cuando nos habíamos alejado lo suficiente para que no pudiera oírnos-. Pero no logro recordar dónde. Quizá en la biblioteca.
-Debe de haber sido en la biblioteca -contestó Rose con aquella risa quebrada tan frecuente en ella-. En un retrato de la pared.
-¡Vamos! ¿Qué dices? -grité.
-¡Pero si estoy segura de que te diste cuenta del parecido, Arthur! -dijo-. Incluso de su nombre. Se parece a Edgar Allan Poe.
En efecto, se parecía. En cuanto Rose lo dijo me di cuenta de la gran semejanza, incluso en su ropa, y en seguida califiqué al señor Allan de inofensivo idólatra de Poe. Un hombre tan obsesionado con su ídolo que iba a su estilo, incluso con una ropa pasada de moda. ¡Otro de los extraños ejemplares de la raza humana que callejeaban de noche por la ciudad!
-Bien, es el tipo más extraño que hemos encontrado desde que empezamos nuestros paseos -dije.
Su mano apretó mi brazo.
-Arthur, ¿no sentiste algo, algo extraño que emanaba de él?
-Bueno, supongo que algo «extraño» trasluce de todos nosotros, los que buscamos la oscuridad -dije-. En cierto modo, tendemos a crear nuestra propia realidad.
Pero mientras le contestaba, me daba cuenta de lo que quería decirme. Ya no había necesidad de la aclaración que buscaba ella afanosamente en las palabras de explicación que pronunció a continuación. Sí, había algo extraño en el señor Allan, y lo que había era una profunda falsedad. Se notaba, ahora lo veía claro y lo aceptaba, en un buen número de cosas triviales, pero particularmente en la falta de expresión de sus facciones. Su forma de hablar, a pesar de haber sido poco locuaz, no tenía entonación, era casi mecánica. No había sonreído, ni se había alterado la expresión de su rostro. Había hablado con una precisión que sugería un distanciamiento de la mayoría de los hombres. Incluso el interés manifiesto que mostraba por Rose era más clínico que admirativo. Al tiempo que se despertaba mi curiosidad, creció en mí una bocanada de aprensión. Preferí llevar el tema de nuestra conversación por otros derroteros y acompañé a Rose a su casa.
II
Era inevitable, sospecho, que me encontrase de nuevo con el señor Allan. Ocurrió dos noches después, no lejos de la puerta de mi casa. Quizá resulte absurdo, pero no pude evitar el pensamiento de que estaba esperándome, que su ansiedad por encontrarse conmigo era tan grande como la mía.
Le saludé jovialmente, como a un compañero nocturno más, y me di cuenta en seguida de que, aunque su voz remedaba mi propia jovialidad, ningún trazo de emoción asomaba a su rostro; permanecía absolutamente impasible, hierático, como diría un escritor romántico. Ni un atisbo de sonrisa aparecía en su rostro, ni había ningún reflejo en sus brillantes ojos negros. Y ahora, como me habían sugerido, pude apreciar que el parecido con Poe era asombroso, tanto que de haberme dicho el señor Allan que era descendiente de Poe, le habría creído sin dudarlo.
Pensé que se trataba de una, curiosa coincidencia, y nada más. El señor Allan no hizo en esta ocasión ninguna mención de Poe o de nada relacionado con Providence. Parecía, era evidente, más interesado en escucharme que en hablar. Se mostraba tan singularmente hermético como si de hecho no nos hubiésemos visto antes. Pero tal vez buscaba algún terreno común, pues en cuanto mencioné que colaboraba con artículos semanales relacionados con la astronomía en el Journal de Providence, empezó a tomar parte en la conversación; lo que había sido durante algunas manzanas un monólogo, se convirtió en diálogo.
Pronto me di cuenta de que el señor Allan no era un novato en cuestiones astronómicas. Escuchaba ansiosamente mis puntos de vista, pero él mantenía los suyos, diferentes a los míos y a veces muy discutibles. No se mostró remiso en manifestar que no sólo era posible un viaje interplanetario, sino que innumerables estrellas, no sólo planetas de nuestro sistema solar, estaban habitadas.
-¿Por seres humanos? -pregunté incrédulamente.
-¿Por qué tendrían que ser seres humanos? -replicó-. La vida es única, no el hombre. Incluso aquí, en este planeta, la vida toma muchas formas.
Le pregunté si había leído las obras de Charles Fort.
No lo había hecho. No sabía nada de él, y al pedírmelo, le expliqué algunas de las teorías de Fort, así como los hechos que aducía para apoyar estas teorías. Vi que de cuando en cuando, mientras caminábamos, la cabeza de mi acompañante se balanceaba, aunque su cara permanecía inexpresiva; era como si estuviese de acuerdo. Y en una ocasión llegó a exclamar.
-Sí, así es. Lo que él dice es así.
Fue al hablar yo de objetos voladores no identificados vistos cerca de Japón durante la última mitad del siglo diecinueve.
-¿Cómo puede afirmar eso? -interrogué.
Se lanzó a una extensa perorata, que podía resumirse así: en el terreno de la astronomía, todo científico que estuviera al día tenía la certeza de que no había vida solamente en la tierra. Por tanto, al igual que se podían concebir cuerpos celestes con formas de vida inferiores a la nuestra, otros podrían dar cabida a formas superiores. Si se aceptaba esta premisa, era perfectamente lógico que los viajes interplanetarios no tuvieran misterios para esas formas superiores y pudiesen, tras décadas de observación, familiarizarse con la Tierra y sus habitantes, así como con los demás planetas hermanos.
-¿Con qué propósito? -le pregunté-. ¿Para hacer la guerra? ¿Para invadirnos?
-Un modo de vida tan desarrollado no tendría necesidad de emplear tales métodos primitivos -señaló-. Nos vigilan, al igual que nosotros vigilamos la luna y escuchamos las señales de radio de los planetas. Nosotros estamos aún en las primeras etapas de la comunicación interplanetaria, y no digamos de los viajes espaciales, mientras que otras razas en estrellas remotas hace mucho que han superado ambas cosas.
-¿Cómo puede hablar con tanta seguridad? -le pregunté entonces.
-Porque estoy convencido de ello. Seguramente habrá conocido a gente que ha llegado a conclusiones similares.
Admití que así era.
-¿Se considera usted un hombre sin prejuicios por lo que respecta al tema?
Admití esto también.
-¿Tanto es así que examinaría ciertas pruebas si le fueran presentadas?
-Ciertamente -repliqué, aunque no debió pasarle inadvertido mi escepticismo.
-Eso está bien -dijo-. Si nos permite a mí y a mis hermanos ir a su casa de la calle Angell, puede ser que le convenzamos de que hay vida en el espacio. No con forma humana, pero vida. Vida de unos seres poseedores de una inteligencia muy superior a la de los hombres más inteligentes.
Me resultaba cómica la magnitud de sus aseveraciones y de sus creencias, pero no lo demostré en ningún momento. Su confidencia me hizo pensar otra vez en el cúmulo de personajes que pueden encontrarse entre los paseantes nocturnos de Providence. El señor Allan era un obseso de sus inauditas convicciones y como todos los obsesos ansiaba hacer proselitismo, convertir a la gente.
-Cuando quiera -dije como invitación-. Cuanto más tarde mejor, para dar tiempo a que mi madre se acueste. Los experimentos no le hacen gracia.
-¿Digamos el próximo lunes por la noche?
-De acuerdo.
A partir de ese momento, mi acompañante no volvió a hablar del tema. Apenas se refirió a otras cuestiones, y de hecho me tocó a mí hablar todo el rato. Evidentemente se aburría; no habíamos recorrido tres manzanas cuando llegamos a un callejón y allí el señor Allan se despidió de mí bruscamente, se volvió hacia el callejón y se lo tragó la oscuridad.
¿Estaría su casa al final del callejón?, pensé. De no ser así, tendría que salir inevitablemente por el otro extremo. Impulsivamente corrí alrededor de la manzana y me puse a esperar en una calle paralela, en las sombras. Desde allí podía observar la entrada del callejón sin ser visto.
El señor Allan salió tranquilamente del callejón antes de que me diera tiempo a recobrar la respiración. Esperaba que continuase a través del callejón, pero no fue así; bajó por la calle, y acelerando un poco el paso, continuó su camino. Movido por la curiosidad, le seguí, procurando mantenerme oculto. Pero el señor Allan nunca se volvió a mirar. Con la mirada fija delante de él, no le vi dirigir la vista ni una sola vez siquiera a derecha o izquierda. Se dirigía claramente a un sitio determinado que sólo podía ser su casa, pues ya era más de medianoche.
Me fue fácil seguir a mi acompañante. Conocía bien estas calles, las conocía desde mi niñez. El señor Allan se dirigía al Seekonk, y mantuvo esta ruta, sin desviarse, hasta que llegó a una zona de Providence. Una vez allí, se dirigió hacia una casa hace ya tiempo deshabitada. Se introdujo en ella, y no le volví a ver. Aguardé un poco más, esperando ver alguna luz encenderse en la casa, pero no fue así, y llegué a la conclusión de que se había acostado.
Afortunadamente me había mantenido en las sombras, puesto que al parecer el señor Allan no se había acostado. Parecía que había pasado por la casa y rodeado la manzana entera, pues de repente le vi acercarse a la casa, en la dirección en que habíamos venido, y una vez más pasó por delante del lugar en que me ocultaba, y se introdujo en la casa, de nuevo sin encender ninguna luz.
Esta vez, ciertamente, se quedó dentro. Esperé unos cinco minutos, quizá más; entonces di media vuelta y me encaminé hacia mi casa de la calle Angell, convencido de haber hecho lo mismo que el señor Allan la noche en que nos conocimos: me había seguido. Sí, había llegado a la conclusión de que nuestro encuentro esta noche no había sido fruto del azar, sino premeditado.
Sin embargo, algunas manzanas más allá, me sorprendí al ver que él, Allan, se acercaba en dirección a mí, procedente de la calle Benefit. Traté de explicarme cómo se las había arreglado para dejar la casa otra vez y dar un rodeo hasta conseguir caminar derecho hacia mí. Quise imaginar en vano la ruta que pudo haber tomado para lograrlo. El caso es que pasó a mi lado sin aparentar reconocerme.
Pero no cabía duda: era él. La misma semejanza con Poe le distinguía de cualquier otro caminante nocturno. Ahogué su nombre en mi boca y me volví para mirarle. En ningún momento volvió la cabeza, y caminó hacia adelante, dirigiéndose con paso seguro hacia el lugar que yo había dejado momentos antes. Le vi desaparecer mientras intentaba en vano, todavía, trazar en mi mente la ruta que tendría que haber tomado, en medio de los vericuetos y callejuelas tan familiares para mí, para hacer posible que me tropezase de nuevo con él cara a cara.
Vamos a ver: nos habíamos encontrado en la calle Angell, luego caminamos hacia Benefit y el norte, y nos volvimos hacia el río otra vez. Tenía que haber corrido mucho para poder dar la vuelta y regresar. ¿Y a que propósito obedecía seguir semejante ruta? Me dejó totalmente perplejo, especialmente porque ni siquiera había dado muestras de conocerme, como si fuésemos completamente extraños.
Pero si los acontecimientos de la noche me habían dejado tan confundido, más lo estaba aún al encontrarme con Rose en el Ateneo la noche siguiente. Me esperaba, y corrió hacia mí en cuanto me vio.
-¿Has visto al señor Allan? -me preguntó.
-Ayer por la noche -le respondí, y habría continuado con la explicación de los hechos de no haber vuelto a hablar ella.
-¡Yo también! Me acompañó desde la biblioteca a casa.
Me callé lo que iba a decir y le escuché. El señor Allan había estado esperando a que saliese de la biblioteca. La había saludado y le había preguntado si podía pasear con ella. Anduvieron durante una hora, pero sin hablar mucho. Lo poco que dijeron fue muy superficial: vaguedades referentes a las antigüedades de la ciudad, la arquitectura de algunas casas, y cuestiones similares, de interés para quien sintiera curiosidad por los aspectos históricos de Providence. Luego la acompañó a casa. Ella había estado con el señor Allan en un lugar de la ciudad a la vez que yo había estado con él en otro. Ninguno de nosotros teníamos la menor duda respecto a la identidad de nuestro acompañante.
-Le vi después de medianoche -dije.
Era parte de la verdad, pero no toda.
Esta extraordinaria coincidencia debía de tener alguna aplicación lógica, aunque no estaba dispuesto a discutirla con Rose, para que no se alarmase. El señor Allan había hablado de «sus hermanos»; entraba dentro de lo posible que el señor Allan tuviese un gemelo idéntico. Pero ¿qué explicación cabía para lo que obviamente resultaba decepcionante? Uno de nuestros acompañantes no era, no podía ser el mismo señor Allan con quien previamente habíamos paseado. Pero ¿cuál de ellos? Yo estaba seguro de que mi acompañante era el mismo señor Allan al que habíamos conocido dos noches antes.
Sin darle importancia, y en vista de las circunstancias, hice a Rose algunas preguntas en relación con la identidad de su acompañante, a ver si en algún momento de nuestro diálogo salía a relucir si era el mismo al que había visto yo. No dudaba en absoluto; estaba plenamente convencida de que su acompañante era el mismo hombre que había paseado con nosotros dos noches antes; pues al parecer incluso había hecho varias referencias al paseo nocturno anterior. No tenía motivos para dudar, y yo preferí callarme. Había un extraño misterio aquí: los hermanos tenían alguna razón oculta para interesarse por nosotros. Había una razón distinta a la de compartir nuestro interés por los paseantes de la ciudad y por los lugares desconocidos que se desvelan únicamente con el crepúsculo y se desvanecen otra vez, desapareciendo con el amanecer.
Sin embargo, mi compañero de la víspera se había citado conmigo, mientras que el de Rose, que yo supiera, no había planeado otro encuentro con ella. Pero ¿por qué había esperado a encontrarse con ella? Esta línea de investigación no era válida ante la evidencia de que ninguno de los seres con quienes me encontré anoche, después de haber dejado a mi compañero en su casa, podía haber acompañado a Rose, pues ella vivía muy lejos del lugar en que por última vez me crucé con el extraño individuo; no podía haber tenido tiempo de dejarla en la puerta de su casa y, simultáneamente, encontrarse conmigo casi al otro extremo de la ciudad. Una inquietante sensación comenzó a invadirme. ¿Eran quizá tres Allan -todos idénticos-, trillizos? ¿O cuatro? No, seguramente el segundo señor Allan que me encontré la noche anterior era el mismo con quien habíamos estado paseando hasta el cementerio dos noches antes. El que sí podía ser otro era el de mi tercer encuentro.
Por mucho que intentase pensar en ello, el rompecabezas continuaba sin resolverse. Aguardaba con cierto ánimo desafiante la cita del lunes por la noche con el señor Allan, para la que sólo faltaban dos días.
III
Aun así, no estaba bien preparado para la visita del señor Allan y sus hermanos en la noche del lunes siguiente. Llegaron a la diez y cuarto; mi madre acababa de subir a acostarse. Esperaba, como máximo, a tres personas. Eran siete. Y tan parecidos como los guisantes en una vaina, tanto que no era capaz de distinguir entre ellos al señor Allan con quien había paseado dos veces por las nocturnas calles de Providence, aunque deduje que era el que hablaba del grupo
Se encaminaron al salón, y el señor Allan inmediatamente se dispuso a colocar las sillas en semicírculo. Le ayudaban sus hermanos, mientras él murmuraba algo acerca de la «naturaleza del experimento». A decir verdad, yo estaba aún demasiado sorprendido e inquieto con la apariencia de los siete hombres idénticos, tan pasmosamente semejantes a Edgar Allan Poe, como para darme verdadera cuenta de lo que se decía. Pude observar también, a la luz de mi lámpara de gas Welsbach, que los siete eran de una complexión pálida, cerúlea, no hasta el punto de dudar que fuesen de carne y hueso como yo, pero sí para pensar que a todos les aquejaba algún tipo de enfermedad, anemia quizá, o que algún mal hereditario había dejado sus rostros carentes de color. Sus ojos eran muy negros y parecían mirar fijamente, aunque sin ver. Pero no se trataba de un defecto de percepción; era como si viesen gracias a un extrasentido invisible para mí. La sensación que experimenté no era predominantemente de miedo, sino de abrumadora curiosidad mezclada con una cada vez mayor intuición de algo extremadamente desconocido no sólo para mi experiencia, sino para mi propia existencia.
Pocas cosas reseñables habían sucedido hasta el momento entre nosotros. Pero en cuanto el semicírculo se completó, y mis visitantes se sentaron, el que llevaba la voz cantante me señaló una silla situada dentro del semicírculo y de cara a los hombres sentados.
-¿Quiere tomar asiento aquí, señor Phillips? -preguntó.
Hice lo que me indicaba y me encontré con que me había convertido en el centro de todas las miradas. Más que el objeto, el foco de sus miradas: los siete hombres no parecían mirarme a mí, sino mirar a través de mí.
-Nuestra intención, señor Phillips -dijo el que llevaba la voz cantante, a quien tomé por el caballero con quien me había encontrado en la calle Benefit- es producir en usted ciertas impresiones de vida extraterrestre. Todo lo que tiene que hacer es relajarse y ser receptivo.
-Estoy listo -dije.
Creí que iban a pedirme que amortiguase la intensidad de la luz, cuestión que forma parte integrante de este tipo de sesiones, pero no lo hicieron. Esperaron un rato en silencio, un silencio sólo roto por el tic-tac del reloj del hall y el alejado murmullo de la ciudad, y entonces comenzaron algo que sólo puedo describir como un cántico, un tarareo bajo, no desagradable, casi arrullador, que aumentaba en volumen y era interrumpido por sonidos que imaginé palabras aunque no podía distinguir ninguna. La canción que cantaban, y la forma en que cantaban, eran indescriptibles, extrañas; en clave menor, los intervalos de los tonos no se parecían a ningún sistema de música terrestre que pudiera serme familiar, aunque me parecía más oriental que occidental.
Tuve poco tiempo para percatarme de la música, pues pronto me sobrecogió una sensación de profundo malestar. Las caras de los siete hombres se tomaron difusas y se fundieron en un rostro borroso. Tuve la intolerable sensación de que me barría el paso de miles de años de tiempo. Llegué a la conclusión de que algún tipo de hipnosis era responsable de mi estado, pero me daba igual; la experiencia a la que me estaba sometiendo era totalmente nueva y no desagradable, aunque había en ella una nota discordante, como de algún mal acechando detrás de las relajantes sensaciones que se acumulaban y me arrastraban. Gradualmente, la lámpara, las paredes y los hombres que tenía delante se emborronaron y desvanecieron. Me daba cuenta de que todavía estaba en mi casa de la calle Angell, pero al mismo tiempo presentía que de alguna forma había sido trasladado a otros lugares, y empezó a manifestarse un sentimiento de alarma ante el desconocimiento de lo que me rodeaba, así como de repulsión y alienación. Era como si temiese la pérdida del conocimiento en un lugar extraño, sin medios para volver a la tierra, pues lo que presenciaba era una escena extraterrestre, de unas proporciones de grandeza y magnificencia incomprensibles para mí.
Vastas panorámicas del espacio se arremolinaban ante mí en una dimensión desconocida, y en el centro veía una colección de cubos gigantes, esparcidos en una ensenada de agitada radiación violeta. Entre ellos se movían otras figuras enormes, cambiantes, unos conos rugosos cuya talla alcanzaba los diez pies de altura y que reposaban sobre su base compuesta de un material semielástico, con escamas y bultos. De sus ápices salían cuatro miembros flexibles, cilíndricos, cada uno por lo menos de un pie de ancho, y de una sustancia similar, aunque más parecida a la carne, a la de los conos. Estos eran los supuestos cuerpos de los miembros que los coronaban. Según pude observar, tenían la capacidad de contraerse y dilatarse algunas veces hasta alcanzar una medida de largo similar a la altura del cono al que estaban adheridos. Dos de estos miembros tenían unas enormes garras en el extremo, mientras que un tercero llevaba una cresta de cuatro apéndices rojos con forma de trompeta, y el cuarto acababa en un globo amarillo de dos pies de diámetro, en medio del cual había tres enormes ojos, de un ópalo oscuro, que, dada su posición en el miembro elástico, podían volverse en cualquier dirección. Fue una escena que me causó gran fascinación, pero al mismo tiempo me inspiraba una repelencia atroz, dada la absoluta extrañeza y el aura de temibles descubrimientos que se desprendía de ella. Con mayor claridad y distinción, pude ver las figuras moverse: parecían atender a los grandes cubos; logré ver que sus extrañas cabezas estaban coronadas por cuatro grandes tallos grises con apéndices similares a unas flores y que, en su parte inferior, ostentaban ocho tentáculos sinuosos y elásticos, del color verde alga, constantemente agitados en un movimiento de serpentina. Esos tentáculos se dilataban y se contraían, se alargaban y se acortaban; azotaban de un lado a otro como si tuviesen una vida independiente de aquella que animaba a los conos, que parecían más perezosos. La escena estaba bañada en un descolorido resplandor rojo, como el de un sol moribundo que, habiendo perdido a su planeta, hubiese ocupado ahora el lugar de la radiación violeta de la ensenada.
Me causó un indescriptible impacto; era como si se me hubiese permitido mirar a otro mundo, un mundo increíblemente mayor que el nuestro, diferente al nuestro por distintos valores antipódicos y formas de vida, y lejos del nuestro en el tiempo y el espacio; y mientras miraba a este vasto mundo, me di cuenta -como si este conocimiento estuviera introduciéndose en mí por algún sistema psíquico- que contemplaba una raza destinada a morir, una raza que tenía que escapar de su planeta o morir. Espontáneamente, intuí la amenaza de un mal, y con un rápido y violento esfuerzo, me deshice del hechizo del cántico que me tenía apresado, exterioricé la excitación del miedo que me poseía, irrumpí en un grito de protesta y me levanté mientras la silla en que estaba sentado se caía hacia atrás estrepitosamente
De inmediato la escena que discurría ante mis ojos se desvaneció y la habitación volvió a enfocarse. Enfrente de mí estaban sentados mis visitantes, los siete caballeros parecidos a Poe, impasibles y silenciosos. los sonidos que habían emitido, el tararear y las extrañas palabras y ruidos tonales, habían cesado.
Me calmé y mi pulso se hizo más pausado.
-Lo que ha visto, señor Phillips, era una escena de otra estrella lejana -dijo el señor Allan-, muy alejada en el espacio. De hecho, pertenece a otro universo. ¿Le ha convencido?
-¡Basta ya! -grité.
No podía decir si mis visitantes se divertían o me despreciaban; no tenían expresión alguna, incluido su portavoz, que se limitó a inclinar la cabeza levemente y decir:
-Nos vamos, entonces, con su permiso.
Y silenciosamente, uno tras otro, desfilaron por la puerta que daba a la calle Angell.
Aquella experiencia me había dejado una impresión sumamente desagradable. No poseía pruebas de haber visto algo de otro planeta, pero podía atestiguar que había sido preso de una extraordinaria alucinación, indudablemente por influencia hipnótica.
¿Pero cuál era su razón de ser? Lo pensé mientras ordenaba el salón. No me era posible aducir ninguna razón sólida para demostrar lo que había presenciado. Era incapaz de negar que mis visitantes habían mostrado poseer facultades extraordinarias. Pero ¿con qué fin? Tenía que admitir que me confundía tanto la aparición de nada menos que siete hombres idénticos, como la experiencia alucinante que acababa de vivir. Quintillizos, era posible, sí, ¿pero alguien había oído hablar de siete gemelos? Tampoco eran usuales los nacimientos múltiples de niños idénticos. Y sin embargo había siete hombres poco más o menos de la misma edad e idénticos en apariencia, de cuya existencia no cabía la más mínima explicación.
Tampoco tenía ningún significado palpable la escena que había presenciado durante la demostración. De alguna forma había comprendido que los grandes cubos eran seres vivos y sensibles para quienes la radiación violeta era como la vida: me di cuenta de que las criaturas de los conos les servían en alguna forma, pero nada había descubierto que lo demostrase. La visión entera carecía de sentido: era una de esas escenas que podía haber sido creada por una imaginación altamente organizada, y telepáticamente dirigida a un sujeto que se prestase a ello, como, por ejemplo, yo mismo. Era ridículo demostrar así la existencia de vida extraterrestre; lo único que demostraba era que yo había sido víctima de una alucinación inducida. Pero, una vez más, se trataba de un círculo vicioso. Como alucinación, no tenía razón de ser.
Y sin embargo, esa noche no conseguí evitar una insistente inquietud que me atenazó durante largo tiempo, hasta que pude dormir.
IV
Lo raro es que mi malestar fue en aumento a medida que transcurría la mañana siguiente. Pese a estar acostumbrado a las curiosidades humanas, a los frecuentes e increíbles personajes y las extrañas cosas que encontraba en mis paseos nocturnos por Providence, las circunstancias que rodeaban al señor Allan y sus hermanos, todos tan parecidos a Poe, eran tan extraordinarias que no podía quitármelos de la mente.
Instintivamente, dejé mi trabajo esa tarde y me dirigí a la casa del callejón a orillas del Seekonk, dispuesto a enfrentarme con mi acompañante nocturno. Pero la casa, cuando llegué a ella, tenía aspecto de estar totalmente desierta; cortinas raídas colgaban por el antepecho de las ventanas y, en torno, todo era cenizas de abandono.
Sin embargo, llamé a la puerta y esperé.
No hubo respuesta. Llamé otra vez.
No parecía haber nadie dentro de la casa.
Arrastrado por la curiosidad, intenté abrir la puerta. Y se abrió nada más tocarla. Dudé aún, y miré a mi alrededor. No había nadie a la vista; por lo menos dos de las casas de la vecindad estaban desocupadas. Y si me estaban vigilando, yo no lo notaba.
Abrí la puerta y entré en la casa. Permanecí de pie durante un momento con mi espalda contra la puerta, para acostumbrarme a la oscuridad crepuscular que llenaba las habitaciones. Entonces anduve cautelosamente a través del pequeño vestíbulo hacia la habitación contigua, una salita llena de muebles tapizados por lo menos veinte años antes. Ni rastro de seres humanos, aunque existían indicios de que no hacía mucho alguien había andado por allí y había dejado huellas en el polvo visible del suelo sin alfombras. Crucé la habitación y entre en un pequeño comedor. Lo crucé también, y me encontré en una cocina. Al igual que el resto de las habitaciones tenía pocas trazas de haber sido utilizada, pues no había nada de comida, y la mesa parecía que no se había usado en años. Pero aquí también había un gran número de huellas que demostraban que la casa estaba habitada. Y la escalera demostraba asimismo un uso intenso.
Pero fue en la parte posterior de la casa donde descubrí lo que mayor desasosiego me produjo. Esta parte del edificio consistía en una gran habitación, aunque era evidente que antiguamente habían sido tres, pues en las paredes quedaban sin enfoscar los agujeros de los tabiques que las habían separado. Vi esto con el rabillo del ojo, pues lo que había en el centro de la habitación atraía poderosamente mi atención. Una luz violeta bañaba la habitación, un suave resplandor que emanaba de una especie de largo bloque introducido en un cristal, rodeado, junto a un segundo bloque, similar y apagado, de maquinaria de una clase que nunca había visto antes, excepto en mis sueños.
Entré cautelosamente en la habitación, alerta por si alguien interrumpía mi intromisión. Nadie ni nada se movió. Me acerqué más a la caja de cristal encendida de violeta. Había algo dentro de ella, aunque al principio no me percaté de esto, pues me fijé en que estaba sobre una reproducción de tamaño natural de Edgar Allan Poe, iluminada, como todo lo demás, por la misma luz violeta. No podía determinar su origen, excepto que estaba envuelta en una sustancia parecida al cristal que formaba el envase. Pero cuando finalmente me di cuenta de qué era lo que había encima de la reproducción de Poe, casi grité de miedo, pues era una miniatura, una exacta reproducción de uno de esos conos rugosos que sólo había visto ayer por la noche en la alucinación a la que había sido inducido en mi casa de la calle Angell. ¡Y el sinuoso movimiento de los tentáculos de su cabeza -o lo que yo creía que era su cabeza- evidenciaba indiscutiblemente que estaba vivo!
Me retiré rápidamente con una ojeada al otro envase para asegurarme de que estaba vacío y sin ocupar, aunque conectado por muchos tubos metálicos al otro que estaba paralelo a él; me fui rápidamente haciendo el menor ruido posible, pues estaba convencido que los hermanos de la noche dormían arriba y en mi confusión por esta inexplicable revelación que situaba mi alucinación de la noche anterior en otras coordenadas, no quería encontrarme con nadie. Me fui de la casa sigilosamente, aunque me pareció ver la sombra de una de esas caras tan parecidas a la de Poe en una de las ventanas superiores. Corrí a lo largo de las calles que unían el Seekonk con el río Providence, corrí durante muchas manzanas antes de ponerme a caminar más despacio, pues empezaba a llamar la atención en mi loca carrera.
Mientras caminaba, intentaba poner en orden mis caóticos pensamientos. No podía dar ninguna explicación a lo que había visto, pero sabía intuitivamente que me había topado con un peligro amenazante demasiado oscuro y repelente, y quizá demasiado vasto para poder comprenderlo. Busqué un significado pero no pude hallar ninguno; nunca había tenido una preparación muy científica, aparte de la química y la astronomía, de modo que no estaba preparado para comprender el empleo de máquinas tan grandes como las que había visto en esa casa alrededor de ese bloque encendido de violeta donde estaba el cono rugoso en cálida y animadora radiación portadora de vida. De hecho no era capaz de asimilar siquiera la misma maquinaria, pues sólo existía una remota similitud con algo que podía haber visto antes, como la dínamo de una central eléctrica. Estaban todas las máquinas conectadas de algún modo a los dos bloques, y a los envases de cristal -si el material era cristal-, uno ocupado, el otro vacío y oscuro, también unidos entre sí por unos tubos.
Pero había visto suficiente para convencerme de que el oscuro clan fraternal que caminaba por las calles de Providence durante la noche con vestimenta y aspecto de Edgar Allan Poe paseaba por motivos diferentes a los míos; los suyos no eran simple curiosidad acerca de los personajes nocturnos, de los colegas paseantes de la noche. Quizá la oscuridad era su estado más natural, al igual que la luz del sol era la de la mayoría de las personas; pero sus motivos eran siniestros, no podía dudarlo. Sin embargo, no lograba imaginarme lo que iba a suceder después.
Por fin dirigí mis pasos hacia la biblioteca, con la vaga esperanza de tropezarme con algo que me diese una clave para llegar a comprender lo que había visto.
Pero nada. Por mucho que busqué no encontré clave alguna, ningún indicio, aunque leí atentamente toda referencia concebible -incluso las de la estancia de Poe en Providence- a mi alcance sobre los estantes, y dejé la biblioteca tarde, tan desconcertado como cuando había llegado.
Quizá era inevitable que volviese a encontrarme con el señor Allan otra vez esa noche. No había forma de saber si mi visita a su casa había sido observada, a pesar de que creía haber visto a un observador en la ventana de arriba en el momento de mi huida, cuando estaba algo turbado. Pero esa sospecha mía no debía de tener fundamento alguno, pues cuando me encontré con el señor Allan más tarde, y le saludé en la calle Benefit, no había nada en su actitud o en sus palabras que dejase notar su posible conocimiento de mi intromisión. Ahora bien, yo ya conocía su habilidad para mantener su rostro impermeable a toda expresión: humor, disgusto, incluso enfado o irritación eran ajenos a sus facciones, que nunca abandonaban esa máscara introspectiva que caracterizaba a Poe.
-Espero que se haya recuperado de nuestro experimento, señor Phillips -dijo, después de intercambiar las frases de costumbre.
-Totalmente -le contesté, aunque no era cierto. Añadí algo acerca de un repentino marco, que había precipitado el final del experimento.
-Es uno de los mundos exteriores lo que vio, señor Phillips -continuó el señor Allan-. Son muchos. Cien mil por lo menos. La vida no es propiedad exclusiva de la Tierra. Tampoco la vida en forma de seres humanos. La vida toma muchas formas en otros planetas y estrellas, formas que aparecerían extrañas para los humanos, al igual que la vida humana resulta extraña a esas otras formas de vida.
Por una vez, el señor Allan se mostraba singularmente comunicativo, y yo tenía poco que decir. Estaba claro, creyese yo o no que lo que había visto era una alucinación -incluso ante el descubrimiento que había hecho en casa de mi acompañante- que él creía sin la menor reserva en lo que decía. Hablaba de muchos mundos, como si le fuesen familiares todos ellos. En un momento dado habló casi con reverencia de ciertas formas de vida, particularmente de aquellas que tenían una asombrosa capacidad de adaptación para tomar las formas de vida de otros planetas en su incesante búsqueda de las condiciones necesarias para su existencia.
-La estrella que vi -le inrerrumpí- estaba muriéndose.
-Sí -dijo simplemente.
-¿La ha visto usted?
-La he visto, señor Phillips.
Le escuché con alivio. Ya que era imposible que ningún hombre pudiese ver la vida propia del espacio exterior, lo que yo había experimentado no era más que la transmisión de una alucinación del señor Allan y sus hermanos. Comunicación telepática, ciertamente, ayudada con una especie de hipnosis que no había experimentado antes. Aun así no podía deshacerme de la inquietante sensación de peligro que rodeaba a mi acompañante nocturno, ni del malestar que se había apoderado de mí, pues aquella explicación que me había apresurado a aceptar resultaba sumamente ingenua.
En cuanto pude, presenté mis excusas al señor Allan y me marché. Me fui de prisa y directamente al Ateneo con la esperanza de encontrar a Rose Dexter, pero ya se había marchado, si es que estuvo allí. Fui al teléfono público del edificio y la llamé a su casa.
Contestó Rose, y confieso que sentí al instante una sensación de alivio.
-¿Has visto al señor Allan esta noche? -le pregunté.
-Sí -replicó-. Pero sólo unos instantes. Iba camino de la biblioteca.
-Yo también le he visto.
-Me pidió que fuese a su casa alguna noche para ver un experimento -continuó.
-No vayas -le dije en seguida.
Hubo un largo silencio al otro lado del teléfono.
-¿Por qué no?
Desafortunadamente no me di cuenta del acento de crueldad que había en su voz.
-Sería preferible que no fueras -dije con toda la firmeza que pude.
-¿No cree, señor Phillips, que soy yo quien debe decidirlo?
Me apresuré a asegurarle que yo no era quién para juzgar sus acciones; sólo le sugería que podría ser peligroso ir.
-¿Por qué?
-No puedo decírtelo por teléfono -contesté, plenamente convencido de que sonaba a tonto, y de que a la vez era cierto que no podría poner en palabras todas las terribles sospechas que habían empezado a aparecer en mi mente, pues eran tan fantásticas, tan extrañas, que nadie se las creería.
-Lo pensaré -dijo quebradamente.
-Intentaré explicártelo cuando te vea -le prometí.
Me dio las buenas noches y colgó con una intransigencia que no presagiaba nada bueno y que me dejó profundamente preocupado.
V
Llego ahora al final de los apocalípticos acontecimientos concernientes al señor Allan y al misterio que rodeaba la casa en el olvidado callejón. Dudo en ponerlos aquí, incluso ahora, pues sé de sobra que el cargo que ya pesa contra mí se agravaría y daría lugar a serias dudas con respecto a mi salud mental. Pero no me queda otro remedio. De hecho, el futuro entero de la humanidad, el curso de todo lo que llamamos civilización, puede verse afectado por lo que pueda o no pueda escribir acerca de esta cuestión. Los acontecimientos culminantes se desarrollaron con rapidez tras la conversación mantenida con Rose Dexter, ese insatisfactorio intercambio telefónico.
Tras un día de trabajo inquietante y lleno de desasosiego, llegué a la conclusión de que tenía que dar una explicación justificativa a Rose. A la noche siguiente, fui temprano a la biblioteca, donde solía encontrarme con ella, y me coloqué en un lugar desde el que podía ver la entrada principal. Allí esperé durante más de una hora hasta que se me ocurrió que a lo mejor no iba a la biblioteca aquella noche.
Otra vez recurrí al teléfono, con intención de preguntarle si podía acercarme a verla para explicarle lo de la noche anterior.
Fue su cuñada, y no Rose, quien contestó al teléfono.
Rose había salido
-Un caballero la llamó.
-¿Le conoce usted? -pregunté.
-No, señor Phillips.
-¿Oyó su nombre?
No lo había oído. De hecho sólo le había visto parcialmente cuando Rose salió presurosa a encontrarse con él, pero ante mi insistencia admitió que el caballero que había llamado a Rose tenía bigote.
¡El señor Allan! No necesitaba averiguar más.
Colgué y durante unos momentos no supe qué hacer. Quizá Rose y el señor Allan se dedicaban solamente a pasear a lo largo de la calle Benefit. Pero tal vez habían ido a esa casa misteriosa. Sólo pensar en ello me llenó de una aprensión tal que me hizo perder la cabeza.
Salí de la biblioteca y me dirigí a casa. Eran las diez cuando llegué a la casa de la calle Angell. Afortunadamente mi madre se había acostado, de modo que pude coger la pistola de mi padre sin molestarla. Una vez cargada, caminé apresuradamente a través de una Providence invadida por la noche, manzana tras manzana, hacia la orilla del Seekonk y el callejón en que estaba la extraña casa del señor Allan, sin percatarme del espectáculo que, para otros paseantes nocturnos, representaba la prisa incontrolada con la que caminaba. De todos modos, no me importaba, pues quizá la vida de Rose estaba en peligro, y más allá de eso, poco definido, rondaba un mal más espantoso aún y mayor.
Cuando llegué a la casa en que había desaparecido el señor Allan, me sorprendieron su soledad y sus ventanas oscuras. Aturdido, dudaba en continuar, y esperé durante un minuto o dos para tomar aire y tranquilizar mi pulso. Entonces, siempre en las sombras, me moví silenciosamente hacia la casa, vigilando el menor rayo de luz.
Di la vuelta a la casa desde la puerta delantera a la trasera. No se veía el más mínimo rayo de luz. Pero sí podía oírse un tararear bajo, un sonido vibrante, como el silbido de un cable respondiendo al viento. Crucé hacia un extremo de la casa, y ahí vi indicios de luz, no luz amarilla, como de una lámpara en el interior, sino una pálida radiación color lavanda que parecía emanar tenuemente de la propia pared.
Me retiré, recordando vívidamente lo que había visto en la casa.
Pero mi papel no podía ser pasivo. Tenía que saber si Rose estaba en la casa oscura, quizá en aquella misma habitación de la maquinaria desconocida y el envase de cristal con el monstruo dentro de la radiación violeta.
Di la vuelta hacia la parte delantera de la casa, y subí los escalones que conducían a la puerta de entrada.
De nuevo la puerta estaba abierta. Cedió a la presión de mis dedos. Me paré únicamente para coger la pesada arma en mis manos, empujé la puerta y entré en el vestíbulo. Me detuve un instante para acostumbrar mis ojos a la oscuridad; ahí de pie, percibía mejor el sonido tarareante que había oído, y algo más: el mismo tipo de cántico que me había dejado en estado hipnótico cuando fui testigo de la turbadora visión que supuestamente era la vida en otro mundo.
Me di cuenta de su significado inmediatamente. Pensé que Rose estaría con el señor Allan y sus hermanos, pasando por una experiencia similar.
¡Ojalá no hubiese sido más que eso!
Pues cuando entré en la gran habitación de la parte trasera de la casa, vi algo que para siempre se quedará grabado en mi mente. Alumbrada la habitación por la radiación del envase de cristal, podía ver al señor Allan y sus hermanos postrados en el suelo alrededor de los dos envases, entregados a su cántico. Detrás de ellos, junto a la pared, yacía -en su tamaño natural- la reproducción de Poe que yo había visto bajo la extraña criatura en el envase de cristal bañado por la radiación violeta. Pero no era el señor Allan y sus hermanos lo que me produjo el profundo shock y me repelió. ¡Fue lo que vi en los envases de cristal!
En el que daba resplandor a la habitación con su pulsante y agitada radiación violeta, estaba Rose Dexter, completamente vestida, y ciertamente bajo hipnosis. Y encima de ella estaba, alargado y con sus tentáculos azotando furiosamente, la figura de cono rugoso que la última vez había visto encogerse sobre la silueta de Poe. Y en el envase que se conectaba -casi me espanta anotarlo aquí-, yacía, idéntica en todos los detalles, ¡un duplicado perfecto de Rose Dexter!
Lo que ocurrió a continuación estaba confuso en mi mente. Sé que perdí el control, que disparé a ciegas contra los envases de cristal, intentando romperlos. Sé que le dí a uno o a ambos, pues el impacto de la radiación se desvaneció, la habitación quedó sumida en la oscuridad, gritos de miedo y de alarma por parte del señor Allan y sus hermanos, y entre la sucesión de explosiones de la maquinaria, corrí hacia adelante y cogí a Rose Dexter.
No sé cómo, alcancé la calle con Rose.
Miré hacia atrás y vi que las llamas aparecían en las ventanas de la maldita casa, y entonces, inesperadamente, la pared norte se derrumbó, y algo -un objeto que no pude identificar- salió de la casa en llamas y se esfumó en el cielo. Salí corriendo, con Rose en mis brazos.
Una vez que recuperó el sentido, Rose se puso histérica, pero al fin logré calmarla y se quedó callada, sin querer decir nada. En silencio la llevé a casa. Sabía lo terrible que tenía que haber sido su experiencia, y estaba dispuesto a no decir nada hasta que se hubiese recuperado totalmente.
En el curso de la semana siguiente, pude darme cuenta con toda claridad de lo que había ocurrido en la casa del callejón, pero el delito de incendio -del que me culpaban, en lugar de otro mucho más serio, por la pistola que había abandonado en la casa ardiendo- había cegado a la policía y rechazaban cualquier interpretación de los hechos que tuvieran algo que ver con cuestiones extraterrestres. He insistido en que viesen a Rose Dexter cuando estuviese recuperada y pudiese hablar, y desease hacerlo. No puedo hacerles entender lo que yo ahora comprendo perfectamente. Pero los hechos están ahí, indiscutibles. Dicen que la carne achicharrada encontrada en la casa no es humana, al menos la mayor parte de ella no lo es. ¿Podían esperar otra cosa? ¿Siete hombres parecidos a Edgar Allan Poe? ¡Tienen que comprender que lo que había dentro de la casa procedía de otro mundo, de un mundo agonizante, que pretendía invadir y tomar posesión de la Tierra reproduciéndose con forma humana! Tienen que saber que el primer modelo humano elegido por esos seres para reencarnarse había sido, por casualidad, Poe, escogido porque ignoraban que no representaba el tipo medio de hombre. Y han de saber, como yo llegué a saber, que el cono rugoso provisto de tentáculos, en la radiación violeta, era el origen de su forma material, y que la maquinaria y los tubos -que decían habían quedado demasiado estropeados por el incendio para poder identificarlos, ¡como si hubiesen podido identificar su función aun sin estar destrozados!- creaba, a partir del material suministrado por el cono en la luz violeta, material que simulaba carne, unas criaturas con forma humana y parecidas a Poe.
El propio «señor Allan» me proporcionó la clave, aunque no lo supe entonces, cuando le pregunté por qué la humanidad era objeto de escrutinio interplanetario: «¿Para hacer la guerra? ¿Para invadimos?»; y respondió: «Una forma de vida tan desarrollada no tendría necesidad de utilizar métodos tan primitivos». ¿Podía algo servir de explicación mejor que esto para la extraña ocupación de la casa a orillas del Seekonk? Desde luego, era evidente ahora que lo que el «señor Allan» y sus hermanos me ofrecieron en mi propia casa era una visión del planeta de los cubos y los conos rugosos, su planeta.
Y seguramente lo más abominable de todo, evidente para cualquier observador imparcial, era la razón por la cual querían a Rose. Pretendían reproducir a su especie en la forma de hombres y mujeres, para poder mezclarse con nosotros, sin ser detectados, sin sospechar de ellos, y lentamente, a lo largo de décadas, quizá de siglos, mientras su mundo moría, tomar y preparar la Tierra para aquellos que viniesen después.
¡Sólo Dios sabe cuántos de ellos puede haber aquí, entre nosotros, incluso ahora!
Más tarde. No he podido ver a Rose todavía, esta noche, y no sé si llamarla. Me ocurre algo terrible. Me siento preso de horribles dudas. No lo pensé durante esa terrible experiencia, después de los disparos en la habitación iluminada de violeta, y es ahora cuando he empezado a preguntármelo, y mi preocupación ha ido creciendo hora tras hora, hasta convertirse en insoportable. ¿Cómo puedo estar seguro de que en esos minutos de locura rescaté a la verdadera Rose Dexter? Si lo hice, sin duda, ella me lo confirmará esta noche. Si no lo hice ¡Dios sabe lo que he soltado, sin quererlo, sobre Providence y el mundo!
Extracto de The Providence Journal, l7 de julio:
UNA MUCHACHA DE LA VECINDAD MATA A SU AGRESOR
Rose Dexter, hija del señor Elisha Dexter y señora, del 127 de la calle de Benevolent, repelió y dio muerte ayer noche a un joven al que acusó de haberla agredido. La señorita Dexter fue encontrada en un estado de histeria mientras corría por la calle Benefit, en las cercanías de la Catedral de San Juan, cerca del cementerio donde tuvo lugar el suceso.
Su agresor fue identificado como un viejo amigo, Arthur Phillips...



martes, 30 de noviembre de 2010

El morador de las tinieblas -- H. P. Lovecraft


El morador de las tinieblas

H. P. Lovecraft


(Dedicado a Robert Bloch)

Yo he visto abrirse el tenebroso universo
Donde giran sin rumbo los negros planetas,
Donde giran en su horror ignorado
Sin orden, sin brillo y sin nombre.

Némesis


Las personas prudentes dudarán antes de poner en tela de juicio la extendida opinión de que a Robert Blake lo mató un rayo, o un shock nervioso producido por una descarga eléctrica. Es cierto que la ventana ante la cual se encontraba permanecía intacta, pero la naturaleza se ha manifestado a menudo capaz de hazañas aún más caprichosas. Es muy posible que la expresión de su rostro haya sido ocasionada por contracciones musculares sin relación alguna con lo que tuviera ante sus ojos; en cuanto a las anotaciones de su diario, no cabe duda de que son producto de una imaginación fantástica, excitada por ciertas supersticiones locales y ciertos descubrimientos llevados a cabo por él. En lo que respecta a las extrañas circunstancias que concurrían en la abandonada iglesia de Federal Hill, el investigador sagaz no tardará en atribuirlas al charlatanismo consciente o inconsciente de Blake, quien estuvo relacionado secretamente con determinados círculos esotéricos.
Porque después de todo, la víctima era un escritor y pintor consagrado por entero al campo de la mitología, de los sueños, del terror y la superstición, ávido en buscar escenarios y efectos extraños y espectrales. Su primera estancia en Providence -con objeto de visitar a un viejo extravagante, tan profundamente entregado a las ciencias ocultas como él1- había acabado en muerte y llamas. Sin duda fue algún instinto morboso lo que le indujo a abandonar nuevamente su casa de Milwaukee para venir a Providence, o tal vez conocía de antemano las viejas leyendas, a pesar de negarlo en su diario, en cuyo caso su muerte malogró probablemente una formidable superchería destinada a preparar un éxito literario.
No obstante, entre los que han examinado y contrastado todas las circunstancias del asunto, hay quienes se adhieren a teorías menos racionales y comunes. Estos se inclinan a dar crédito a lo constatado en el diario de Blake y señalan la importancia significativa de ciertos hechos, tales como la indudable autenticidad del documento hallado en la vieja iglesia, la existencia real de una secta heterodoxa llamada «Sabiduría de las Estrellas» antes de 1877, la desaparición en 1893 de cierto periodista demasiado curioso llamado Edwin M. Lillibridge, y -sobre todo- el temor monstruoso y transfigurador que reflejaba el rostro del joven escritor en el momento de morir. Fue uno de éstos el que, movido por un extremado fanatismo, arrojó a la bahía la piedra de ángulos extraños con su estuche metálico de singulares adornos, hallada en el chapitel de la iglesia, en el negro chapitel sin ventanas ni aberturas, y no en la torre, como afirma el diario. Aunque criticado oficial y públicamente, este individuo -hombre intachable, con cierta afición a las tradiciones raras- dijo que acababa de liberar a la tierra de algo demasiado peligroso para dejarlo al alcance de cualquiera.
El lector puede escoger por sí mismo entre estas dos opiniones diversas. Los periódicos han expuesto los detalles más palpables desde un punto de vista escéptico, dejando que otros reconstruyan la escena, tal como Robert Blake la vio, o creyó verla, o pretendió haberla visto. Ahora, después de estudiar su diario detenidamente, sin apasionamientos ni prisa alguna, nos hallamos en condiciones de resumir la concatenación de los hechos desde el punto de vista de su actor principal.
El joven Blake volvió a Providence en el invierno de 1934-35, y alquiló el piso superior de una venerable residencia situada frente a una plaza cubierta de césped, cerca de College Street, en lo alto de la gran colina -College Hill- inmediata al campus de la Brown University, a espaldas de la Biblioteca John Hay. Era un sitio cómodo y fascinante, con un jardín remansado, lleno de gatos lustrosos que tomaban el sol pacíficamente. El edificio era de estilo georgiano: tenía mirador, portal clásico con escalinatas laterales, vidrieras con trazado de rombos, y todas las demás características de principios del siglo XIX. En el interior había puertas de seis cuerpos, grandes entarimados, una escalera colonial de amplia curva, blancas chimeneas del período Aram, y una serie de habitaciones traseras situadas unos tres peldaños por debajo del resto de la casa.
El estudio de Blake era una pieza espaciosa que daba por un lado a la pared delantera del jardín; por el otro, sus ventanas -ante una de las cuales había instalado su mesa de escritorio- miraban a occidente, hacia la cresta de la colina. Desde allí se dominaba una vista espléndida de tejados pintorescos y místicos crepúsculos. En el lejano horizonte se extendían las violáceas laderas campestres. Contra ellas, a unos tres o cuatro kilómetros de distancia, se recortaba la joroba espectral de Federal Hill erizada de tejados y campanarios que se arracimaban en lejanos perfiles y adoptaban siluetas fantásticas, cuando los envolvía el humo de la ciudad. Blake tenía la curiosa sensación de asomarse a un mundo desconocido y etéreo, capaz de desvanecerse como un sueño si intentara ir en su busca para penetrar en él.
Después de haberse traído de su casa la mayor parte de sus libros, Blake compró algunos muebles antiguos, en consonancia con su vivienda, y la arreglo para dedicarse a escribir y pintar. Vivía solo y se hacía él mismo las sencillas faenas domésticas. Instaló su estudio en una habitación del ático orientada al norte y muy bien iluminada por un amplio mirador. Durante el primer invierno que pasó allí, escribió cinco de sus relatos más conocidos -El Socavador, La Escalera de la Cripta, Shaggai, En el Valle de Pnath y El Devorador de las Estrellas- y pintó siete telas sobre temas de monstruos infrahumanos y paisajes extraterrestres profundamente extraños.
Cuando llegaba el atardecer, se sentaba a su mesa y contemplaba soñadoramente el panorama de poniente: las torres sombrías de Memorial Hall que se alzaban al pie de la colina donde vivía, el torreón del palacio de Justicia, las elevadas agujas del barrio céntrico de la población, y sobre todo, la distante silueta de Federal Hill, cuyas cúpulas resplandecientes, puntiagudas buhardillas y calles ignoradas tanto excitaban su fantasía. Por las pocas personas que conocía en la localidad se enteró de que en dicha colina había un barrio italiano, aunque la mayoría de los edificios databan de los viejos tiempos de los yanquis y los irlandeses. De cuando en cuando paseaba sus prismáticos por aquel mundo espectral, inalcanzable tras la neblina vaporosa; a veces los detenía en un tejado, o en una chimenea, o en un campanario, y divagaba sobre los extraños misterios que podía albergar. A pesar de los prismáticos, Federal Hill le seguía pareciendo un mundo extraño y fabuloso que encajaba asombrosamente con lo que él describía en sus cuentos y pintaba en sus cuadros. Esta sensación persistía mucho después de que el cerro se hubiera difuminado en un atardecer azul salpicado de lucecitas, y se encendieran los proyectores del palacio de Justicia y los focos rojos del Trust Industrial dándole efectos grotescos a la noche.
De todos los lejanos edificios de Federal Hill, el que más fascinaba a Blake era una iglesia sombría y enorme que se distinguía con especial claridad a determinadas horas del día. Al atardecer, la gran torre rematada por un afilado chapitel se recortaba tremenda contra un cielo incendiado. La iglesia estaba construida sin duda sobre alguna elevación del terreno, ya que su fachada sucia y la vertiente del tejado, así como sus grandes ventanas ojivales, descollaban por encima de la maraña de tejados y chimeneas que la rodeaban. Era un edificio melancólico y severo, construido con sillares de piedra, muy maltratado por el humo y las inclemencias del tiempo, al parecer. Su estilo, según se podía apreciar con los prismáticos, correspondía a los primeros intentos de reinstauración del Gótico y debía datar, por lo tanto, del 1810 ó 1815.
A medida que pasaban los meses, Blake contemplaba aquel edificio lejano y prohibido con un creciente interés. Nunca veía iluminados los inmensos ventanales, por lo que dedujo que el edificio debía de estar abandonado. Cuanto más lo contemplaba, más vueltas le daba a la imaginación. y más cosas raras se figuraba. Llegó a parecerle que se cernía sobre él un aura de desolación y que incluso las palomas y las golondrinas evitaban sus aleros. Con sus prismáticos distinguía grandes bandadas de pájaros en torno a las demás torres y campanarios, pero allí no se detenían jamás. Al menos, así lo creyó él y así lo constató en su diario. Más de una vez preguntó a sus amigos, pero ninguno había estado nunca en Federal Hill, ni tenían la más remota idea de lo que esa iglesia pudiera ser.
En primavera, Blake se sintió dominado por un vivo desasosiego. Había comenzado una novela larga basada en la supuesta supervivencia de unos cultos paganos en Maine, pero incomprensiblemente, se había atascado y su trabajo no progresaba. Cada vez pasaba más tiempo sentado ante la ventana de poniente, contemplando el cerro distante y el negro campanario que los pájaros evitaban. Cuando las delicadas hojas vistieron los ramajes del jardín, el mundo se colmó de una belleza nueva, pero las inquietudes de Blake aumentaron más aún. Entonces se le ocurrió por primera vez, atravesar la ciudad y subir por aquella ladera fabulosa que conducía al brumoso mundo de ensueños.
A últimos de abril, poco antes de la fecha sombría de Walpurgis, Blake hizo su primera incursión al reino desconocido. Después de recorrer un sinfín de calles y avenidas en la parte baja, y de plazas ruinosas y desiertas que bordeaban el pie del cerro, llegó finalmente a una calle en cuesta, flanqueada de gastadas escalinatas, de torcidos porches dóricos y cúpulas de cristales empañados. Aquella calle parecía conducir hasta un mundo inalcanzable más allá de la neblina. Los deteriorados letreros con los nombres de las calles no le decían nada. Luego reparó en los rostros atezados y extraños de los transeúntes, en los anuncios en idiomas extranjeros que campeaban en las tiendas abiertas al pie de añosos edificios. En parte alguna pudo encontrar los rincones y detalles que viera con los prismáticos, de modo que una vez más, imaginó que la Federal Hill que él contemplaba desde sus ventanas era un mundo de ensueño en el que jamás entrarían los seres humanos de esta vida.
De cuando en cuando, descubría la fachada derruida de alguna iglesia o algún desmoronado chapitel, pero nunca la ennegrecida mole que buscaba. Al preguntarle a un tendero por la gran iglesia de piedra, el hombre sonrió y negó con la cabeza, a pesar de que hablaba correctamente inglés. A medida que Blake se internaba en el laberinto de callejones sombríos y amenazadores, el paraje le resultaba más y más extraño. Cruzó dos o tres avenidas, y una de las veces le pareció vislumbrar una torre conocida. De nuevo preguntó a un comerciante por la iglesia de piedra, y esta vez habría jurado que fingía su ignorancia, porque su rostro moreno reflejó un temor que trató en vano de ocultar. Al despedirse, Blake le sorprendió haciendo un signo extraño con la mano derecha.
Poco después vio súbitamente, a su izquierda una aguja negra que destacaba sobre el cielo nuboso, por encima de las filas de oscuros tejados. Blake lo reconoció inmediatamente y se adentró por sórdidas callejuelas que subían desde la avenida. Dos veces se perdió, pero, por alguna razón, no se atrevió a preguntarles a los venerables ancianos y obesas matronas que charlaban sentados en los portales de sus casas, ni a los chiquillos que alborotaban jugando en el barro de los oscuros callejones.
Por último, descubrió la torre junto a una inmensa mole de piedra que se alzaba al final de la calle. El se encontraba en ese momento en una plaza empedrada de forma singular, en cuyo extremo se alzaba una enorme plataforma rematada por un muro de piedra y rodeada por una barandilla de hierro. Allí finalizó su búsqueda, porque en el centro de la plataforma, en aquel pequeño mundo elevado sobre el nivel de las calles adyacentes, se erguía, rodeada de yerbajos y zarzas, una masa titánica y lúgubre sobre cuya identidad, aun viéndola de cerca, no podía equivocarse.
La iglesia se encontraba en un avanzado estado de ruina. Algunos de sus contrafuertes se habían derrumbado y varios de sus delicados pináculos se veían esparcidos por entre la maleza. Las denegridas ventanas ojivales estaban intactas en su mayoría, aunque en muchas faltaba el ajimez de piedra. Lo que más le sorprendió fue que las vidrieras no estuviesen rotas, habida cuenta de las destructoras costumbres de la chiquillería. Las sólidas puertas permanecían firmemente cerradas. La verja que rodeaba la plataforma tenía una cancela -cerrada con candado- a la que se llegaba desde la plaza por un tramo de escalera, y desde ella hasta el pórtico se extendía un sendero enteramente cubierto de maleza. La desolación y la ruina envolvían el lugar como una mortaja; y en los aleros sin pájaros, y en los muros desnudos de yedra, veía Blake un toque siniestro imposible de definir.
Había muy poca gente en la plaza. Blake vio en un extremo a un guardia municipal, y se dirigió a él con el fin de hacerle unas preguntas sobre la iglesia. Para asombro suyo, aquel irlandés fuerte y sano se limitó a santiguarse y a murmurar entre dientes que la gente no mentaba jamás aquel edificio. Al insistirle, contestó atropelladamente que los sacerdotes italianos prevenían a todo el mundo contra dicho templo, y afirmaban que una maldad monstruosa había habitado allí en tiempos, y había dejado su huella indeleble. El mismo había oído algunas oscuras insinuaciones por boca de su padre, quien recordaba ciertos rumores que circularon en la época de su niñez.
Una secta se había albergado allí, en aquellos tiempos, que invocaba a unos seres que procedían de los abismos ignorados de la noche. Fue necesaria la valentía de un buen sacerdote para exorcizar la iglesia, pero hubo quienes afirmaron después que para ello habría bastado simplemente la luz. Si el padre O'Malley viviera, podría aclararnos muchos misterios de este templo. Pero ahora, lo mejor era dejarlo en paz. A nadie hacía daño, y sus antiguos moradores habían muerto y desaparecido. Huyeron a la desbandada, como ratas, en el año 77, cuando las autoridades empezaron a inquietarse por la forma en que desaparecían los vecinos y hablaron de intervenir. Algún día, a falta de herederos, el Municipio tomaría posesión del viejo templo, pero más valdría dejarlo en paz y esperar a que se viniera abajo por sí solo, no fuera que despertasen ciertas cosas que debían descansar eternamente en los negros abismos de la noche.
Después de marcharse el guardia, Blake permaneció allí, contemplando la tétrica aguja del campanario. El hecho de que el edificio resultara tan siniestro para los demás como para él le llenó de una extraña excitación. ¿Qué habría de verdad en las viejas patrañas que acababa de contarle el policía? Seguramente no eran más que fábulas suscitadas por el lúgubre aspecto del templo. Pero aun así, era como si cobrase vida uno de sus propios relatos.
El sol de la tarde salió de entre las nubes sin fuerza para iluminar los sucios, los tiznados muros de la vieja iglesia. Era extraño que el verde jugoso de la primavera no se hubiese extendido por su patio, que aún conservaba una vegetación seca y agostada. Blake se dio cuenta de que había ido acercándose y de que observaba el muro y su verja herrumbrosa con idea de entrar. En efecto, de aquel edificio parecía desprenderse un influjo terrible al que no había forma de resistir. La cancela estaba cerrada, pero en la parte norte de la verja faltaban algunos barrotes. Subió los escalones y avanzó por el estrecho reborde exterior hasta llegar al boquete. Si era verdad que la gente miraba con tanta aversión el lugar, no tropezaría con dificultades.
Recorrió el reborde de piedra. Antes de que nadie hubiera reparado en él, se encontraba ante el boquete. Entonces miró atrás y vio que las pocas personas de la plaza se alejaban recelosas y hacían con la mano derecha el mismo signo que el comerciante de la avenida. Varias ventanas se cerraron de golpe, y una mujer gorda salió disparada a la calle, recogió a unos cuantos niños que había por allí y los hizo entrar en un portal desconchado y miserable. El boquete era lo bastante ancho y Blake no tardó en hallarse en medio de la maleza podrida y enmarañada del patio desierto. A juzgar por algunas lápidas que asomaban erosionadas entre las yerbas, debió de servir de cementerio en otro tiempo. Vista de cerca, la enhiesta mole de la iglesia resultaba opresiva. Sin embargo, venció su aprensión y probó las tres grandes puertas de la fachada. Estaban firmemente cerradas las tres, así que comenzó a dar la vuelta del edificio en busca de alguna abertura más accesible. Ni aun entonces estaba seguro de querer entrar en aquella madriguera de sombras y desolación, aunque se sentía arrastrado como por un hechizo insoslayable.
En la parte posterior encontró un tragaluz abierto y sin rejas que proporcionaba el acceso necesario. Blake se asomó y vio que correspondía a un sótano lleno de telarañas y polvo, apenas iluminado por los rayos del sol poniente. Escombros, barriles viejos, cajones rotos, muebles... de todo había allí; y encima descansaba un sudario de polvo que suavizaba los ángulos de sus siluetas. Los restos enmohecidos de una caldera de calefacción mostraban que el edificio había sido utilizado y mantenido por lo menos hasta finales del siglo pasado.
Obedeciendo a un impulso casi inconsciente, Blake se introdujo por el tragaluz y se dejó caer sobre la capa de polvo y los escombros esparcidos en el suelo. Era un sótano abovedado, inmenso, sin tabiques. A lo lejos, en un rincón, y sumido en una densa oscuridad, descubrió un arco que evidentemente conducía arriba. Un extraño sentimiento de ahogo le invadió al saberse dentro de aquel templo espectral, pero lo desechó y siguió explorando minuciosamente el lugar. Halló un barril intacto aún, en medio del polvo, y lo rodó hasta colocarlo al pie del tragaluz para cuando tuviera que salir. Luego, haciendo acopio de valor, cruzó el amplio sótano plagado de telarañas y se dirigió al arco del otro extremo. Medio sofocado por el polvo omnipresente y cubierto de suciedad, empezó a subir los gastados peldaños que se perdían en la negrura. No llevaba luz alguna, por lo que avanzaba a tientas, con mucha precaución. Después de un recodo repentino, notó ante sí una puerta cerrada; inmediatamente descubrió su viejo picaporte. Al abrirlo, vio ante sí un corredor iluminado débilmente, revestido de madera corroída por la carcoma.
Una vez arriba, Blake comenzó a inspeccionar rápidamente. Ninguna de las puertas interiores estaba cerrada con cerrojo, de modo que podía pasar libremente de una estancia a otra. La nave central era de enormes proporciones y sobrecogía por las montañas de polvo acumulado sobre los bancos, el altar, el púlpito y el órgano, y las inmensas colgaduras de telaraña que se desplegaban entre los arcos apuntados del triforio. Sobre esta muda desolación se derramaba una desagradable luz plomiza que provenía de las vidrieras ennegrecidas del ábside, sobre las cuales incidían los rayos del sol agonizante.
Aquellas vidrieras estaban tan sucias de hollín que a Blake le costó un gran esfuerzo descifrar lo que representaban. Y lo poco que distinguió no le gustó en absoluto. Los dibujos eran emblemáticos, y sus conocimientos sobre simbolismos esotéricos le permitieron interpretar ciertos signos que aparecían en ellos. En cambio había escasez de santos, y los pocos representados mostraban además expresiones abiertamente censurables. Una de las vidrieras representaba únicamente, al parecer, un fondo oscuro sembrado de espirales luminosas. Al alejarse de los ventanales observó que la cruz que coronaba el altar mayor era nada menos que la antiquísima ankh o crux ansata del antiguo Egipto.
En una sacristía posterior contigua al ábside encontró Blake un escritorio deteriorado y unas estanterías repletas de libros mohosos, casi desintegrados. Aquí sufrió por primera vez un sobresalto de verdadero horror, ya que los títulos de aquellos libros eran suficientemente elocuentes para él. Todos ellos trataban de materias atroces y prohibidas, de las que el mundo no había oído hablar jamás, a no ser a través de veladas alusiones. Aquellos volúmenes eran terribles recopilaciones de secretos y fórmulas inmemoriales que el tiempo ha ido sedimentando desde los albores de la humanidad, y aun desde los oscuros días que precedieron a la aparición del hombre. El propio Blake había leído algunos de ellos: una versión latina del execrable Necronomicon, el siniestro Liber Ivonis, el abominable Cultes des Goules del conde d'Erlette, el Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el infernal tratado De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn. Había otros muchos, además; unos los conocía de oídas y otros le eran totalmente desconocidos, como los Manuscritos Pnakóticos, el Libro de Dzyan, y un tomo escrito en caracteres completamente incomprensibles, que contenía, sin embargo, ciertos símbolos y diagramas de claro sentido para todo aquel que estuviera versado en las ciencias ocultas. No cabía duda de que los rumores del pueblo no mentían. Este lugar había sido foco de un Mal más antiguo que el hombre y más vasto que el universo conocido.
Sobre la desvencijada mesa de escritorio había un cuaderno de piel lleno de anotaciones tomadas a mano en un curioso lenguaje cifrado. Este lenguaje estaba compuesto de símbolos tradicionales empleados hoy corrientemente en astronomía, y en alquimia, astrología, y otras artes equívocas en la antigüedad -símbolos del sol, de la luna, de los planetas, aspectos de los astros y signos del zodíaco-, y aparecían agrupados en frases y apartes como nuestros párrafos, lo que daba la impresión de que cada símbolo correspondía a una letra de nuestro alfabeto.
Con la esperanza de descifrar más adelante el criptograma, Blake se metió el libro en el bolsillo. Muchos de aquellos enormes volúmenes que se hacinaban en los estantes le atraían irresistiblemente. Se sentía tentado a llevárselos. No se explicaba cómo habían estado allí durante tanto tiempo sin que nadie les echara mano. ¿Acaso era el, el primero en superar aquel miedo que había defendido este lugar abandonado durante más de sesenta años contra toda intrusión?
Una vez explorada toda la planta baja, Blake atravesó de nuevo la nave hasta llegar al vestíbulo donde había visto antes una puerta y una escalera que probablemente conducía a la torre del campanario, tan familiar para el desde su ventana. La subida fue muy trabajosa; la capa de polvo era aquí más espesa, y las arañas habían tejido redes aún más tupidas, en este angosto lugar. Se trataba de una escalera de caracol con unos escalones de madera altos y estrechos. De cuando en cuando, Blake pasaba por delante de unas ventanas desde las que se contemplaba un panorama vertiginoso. Aunque hasta el momento no había visto ninguna cuerda, pensó que sin duda habría campanas en lo alto de aquella torre cuyas puntiagudas ventanas superiores, protegidas por densas celosías, había examinado tan a menudo con sus prismáticos. Pero le esperaba una decepción: la escalera desembocaba en una cámara desprovista de campanas y dedicada, según todas las trazas, a fines totalmente diversos.
La estancia era espaciosa y estaba iluminada por una luz apagada que provenía de cuatro ventanas ojivales, una en cada pared, protegidas por fuera con unas celosías muy estropeadas. Después se ve que las reforzaron con sólidas pantallas, que sin embargo, presentaban ahora un estado lamentable. En el centro del recinto, cubierta de polvo, se alzaba una columna de metro y medio de altura y como medio metro de grosor. Este pilar estaba cubierto de extraños jeroglíficos toscamente tallados, y en su cara superior, como en un altar, había una caja metálica de forma asimétrica con la tapa abierta. En su interior, cubierto de polvo, había un objeto ovoide de unos diez centímetros de largo. Formando círculo alrededor del pilar central, había siete sitiales góticos de alto respaldo, todavía en buen estado, y tras ellos, siete imágenes colosales de escayola pintada de negro, casi enteramente destrozadas. Estas imágenes tenían un singular parecido con los misteriosos megalitos de la Isla de Pascua. En un rincón de la cámara había una escala de hierro adosada en el muro que subía hasta el techo, donde se veía una trampa cerrada que daba acceso al chapitel desprovisto de ventanas.
Una vez acostumbrado a la escasa luz del interior, Blake se dio cuenta de que aquella caja de metal amarillento estaba cubierta de extraños bajorrelieves. Se acercó, le quitó el polvo con las manos y el pañuelo, y descubrió que las figurillas representaban unas criaturas monstruosas que parecían no tener relación alguna con las formas de vida conocidas en nuestro planeta. El objeto ovoide de su interior resultó ser un poliedro casi negro surcado de estrías rojas que presentaba numerosas caras, todas ellas irregulares. Quizá se tratase de un cuerpo de cristalización desconocida o tal vez de algún raro mineral, tallado y pulido artificialmente. No tocaba el fondo de la caja, sino que estaba sostenido por una especie de aro metálico fijo mediante siete soportes horizontales -curiosamente diseñados- a los ángulos interiores del estuche, cerca de su abertura. Esta piedra, una vez limpia, ejerció sobre Blake un hechizo alarmante. No podía apartar los ojos de ella, y al contemplar sus caras resplandecientes, casi parecía que era translúcida, y que en su interior tomaban cuerpo unos mundos prodigiosos. En su mente flotaban imágenes de paisajes exóticos y grandes torres de piedra, y titánicas montañas sin vestigio de vida alguna, y espacios aún más remotos, donde sólo una agitación entre tinieblas indistintas delataba la presencia de una conciencia y una voluntad.
Al desviar la mirada reparó en un sorprendente montón de polvo que había en un rincón, al pie de la escala de hierro. No sabía bien por qué le resultaba sorprendente, pero el caso es que sus contornos le sugerían algo que no lograba determinar. Se dirigió a él apartando a manotadas las telarañas que obstaculizaban su paso, y en efecto, lo que allí había le causó una honda impresión. Una vez más echó mano del pañuelo, y no tardó en poner al descubierto la verdad; Blake abrió la boca sobrecogido por la emoción. Era un esqueleto humano, y debía de estar allí desde hacía muchísimo tiempo. Las ropas estaban deshechas; a juzgar por algunos botones y trozos de tela, se trataba de un traje gris de caballero. También había otros indicios: zapatos, broches de metal, gemelos de camisa, un alfiler de corbata, una insignia de periodista con el nombre del extinguido Providence Telegram, y una cartera de piel muy estropeada. Blake examinó la cartera con atención. En ella encontró varios billetes antiguos, un pequeño calendario de anuncio correspondiente al año 1893, algunas tarjetas a nombre de Edwin M. Lillibridge, y una cuartilla llena de anotaciones.
Esta cuartilla era sumamente enigmática. Blake la leyó con atención acercándose a la ventana para aprovechar los últimos rayos de sol. Decía así:

El Prof. Enoch Bowen regresa de Egipto, mayo l844. Compra vieja iglesia Federal Hill en julio. Muy conocido por sus trabajos arqueológicos y estudios esotéricos.
El Dr. Drowe, anabaptista, exhorta contra la «Sabiduría de las Estrellas» en el sermón del 29 de diciembre de 1844.
97 fieles a finales de 1845.
1846: 3 desapariciones;. primera mención del Trapezoedro Resplandeciente.
7 desapariciones en 1848. Comienzo de rumores sobre sacrificios de sangre.
La investigación de 1853 no conduce a nada; sólo ruidos sospechosos.
El padre O'Malley habla del culto al demonio mediante caja hallada en las ruinas egipcias. Afirma invocan algo que no puede soportar la luz. Rehuye la luz suave y desaparece ante una luz fuerte. En este caso tiene que ser invocado otra vez. Probablemente lo sabe por la confesión de Francis X. Feeney en su lecho de muerte, que ingresó en la «Sabiduría de las Estrellas» en 1849. Esta gente afirma que el Trapezoedro Resplandeciente les muestra el cielo y los demás mundos, y que el Morador de las Tinieblas les revela ciertos secretos.
Relato de Orrin B. Eddy; 1857: Invocan mirando al cristal y tienen un lenguaje secreto particular.
Reun. de 200 ó más en 1863; sin contar a los que han marchado al frente.
Muchachos irlandeses atacan la iglesia en 1869, después de la desaparición de Patrick Regan.
Artículo velado en J. el 14 de marzo de. 1872; pero pasa inadvertido.
6 desapariciones en 1876: la junta secreta recurre al Mayor Doyle.
Febrero 1877: se toman medidas; y se cierra la iglesia en abril.
En mayo; una banda de muchachos de Federal Hill amenaza al Dr... y demás miembros.
181 personas huyen de la ciudad antes de finalizar el año 77. No se citan nombres.
Cuentos de fantasmas comienzan alrededor de 1880. Indagar si es verdad que ningún ser humano ha penetrado en la iglesia desde 1877
Pedir a Lanigan fotografía de iglesia tomada en 1851.

Guardó el papel en la cartera y se la metió en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego se inclinó a examinar el esqueleto que yacía en el polvo. El significado de aquellas anotaciones estaba claro. No cabía duda de que este hombre había venido al edificio abandonado, cincuenta años atrás, en busca de una noticia sensacional, cosa que nadie se había atrevido a intentar. Quizá no había dado a conocer a nadie sus propósitos. ¡Quién sabe! De todos modos, lo cierto es que no volvió más a su periódico. ¿Se había visto sorprendido por un terror insuperable y repentino que le ocasionó un fallo del corazón? Blake se agachó y observó el peculiar estado de los huesos. Unos estaban esparcidos en desorden, otros parecían como desintegrados en sus extremos, y otros habían adquirido el extraño matiz amarillento de hueso calcinado o quemado. Algunos jirones de ropa estaban chamuscados también. El cráneo se encontraba en un estado verdaderamente singular: manchado del mismo color amarillento y con una abertura de bordes carbonizados en su parte superior, como si un ácido poderoso hubiera corroído el espesor del hueso. A Blake no se le ocurrió qué podía haberle pasado al esqueleto aquel durante sus cuarenta años de reposo entre polvo y silencio.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, se puso a mirar la piedra otra vez, permitiendo que su influjo suscitase imágenes confusas en su mente. Vio cortejos de evanescentes figuras encapuchadas, cuyas siluetas no eran humanas, y contempló inmensos desiertos en los que se alineaban unas filas interminables de monolitos que parecían llegar hasta el cielo. Y vio torres y murallas en las tenebrosas regiones submarinas, y vórtices del espacio en donde flotaban jirones de bruma negra sobre un fondo de purpúrea y helada neblina. Y a una distancia incalculable, detrás de todo, percibió un abismo infinito de tinieblas en cuyo seno se adivinaba, por sus etéreas agitaciones, unas presencias inmensas, tal vez consistentes o semisólidas. Una urdimbre de fuerzas oscuras parecía imponer un orden en aquel caos, ofreciendo a un tiempo la clave de todas las paradojas y arcanos de los mundos que conocemos.
Luego, de pronto, su hechizo se resolvió en un acceso de terror pánico. Blake sintió que se ahogaba y se apartó de la piedra, consciente de una presencia extraña y sin forma que le vigilaba intensamente. Se sentía acechado por algo que no fluía de la piedra, pero que le había mirado a través de ella; algo que le seguiría y le espiaría incesantemente, pese a carecer de un sentido físico de la vista. Pero pensó que, sencillamente, el lugar le estaba poniendo nervioso, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta su macabro descubrimiento. La luz se estaba yendo además, y puesto que no había traído linterna, decidió marcharse en seguida.
Fue entonces, en la agonía del crepúsculo, cuando creyó distinguir una vaga luminosidad en la desconcertante piedra de extraños ángulos. Intentó apartar la mirada, pero era como si una fuerza oculta le obligara a clavar los ojos en ella. ¿Sería fosforescente o radiactiva? ¿No aludían las anotaciones del periodista a cierto Trapezoedro Resplandeciente? ¿Qué cósmica malignidad había tenido lugar en este templo? ¿Y qué podía acechar aún en estas ruinas sombrías que los pájaros evitaban? En aquel mismo instante notó que muy cerca de él acababa de desprenderse una ligera tufarada de fétido olor, aunque no logró determinar de dónde procedía. Blake cogió la tapa de la caja y la cerró de golpe sobre la piedra que en ese momento relucía de manera inequívoca.
A continuación le pareció notar un movimiento blando como de algo que se agitaba en la eterna negrura del chapitel, al que daba acceso la trampa del techo. Ratas seguramente, porque hasta ahora habían sido las únicas criaturas que se habían atrevido a manifestar su presencia en este edificio condenado. Y no obstante, aquella agitación de arriba le sobrecogió hasta tal extremo que se arrojó precipitadamente escaleras abajo, cruzó la horrible nave, el sótano, la plaza oscura y desierta, y atravesó los inquietantes callejones de Federal Hill hasta desembocar en las tranquilas calles del centro que conducían al barrio universitario donde habitaba.
Durante los días siguientes, Blake no contó a nadie su expedición y se dedicó a leer detenidamente ciertos libros, a revisar periódicos atrasados en la hemeroteca local, y a intentar traducir el criptograma que había encontrado en la sacristía. No tardó en darse cuenta de que la clave no era sencilla ni mucho menos. La lengua que ocultaban aquellos signos no era inglés, latín, griego, francés, español ni alemán. No tendría más remedio que echar mano de todos sus conocimientos sobre las ciencias ocultas.
Por las tardes, como siempre, sentía la necesidad de sentarse a contemplar el paisaje de poniente y la negra aguja que sobresalía entre las erizadas techumbres de aquel mundo distante y casi fabuloso. Pero ahora se añadía una nota de horror. Blake sabía ya que allí se ocultaban secretos prohibidos. Además, la vista empezaba a jugarle malas pasadas. Los pájaros de la primavera habían regresado, y al contemplar sus vuelos en el atardecer, le pareció que evitaban más que antes la aguja negra y afilada. Cuando una bandada de aves se acercaba a ella, le parecía que daba la vuelta y cada una se escabullía despavorida, en completa confusión... y aun adivinaba los gorjeos aterrados que no podía percibir en la distancia.
Fue en el mes de julio cuando Blake, según declara él mismo en su diario, logró descifrar el criptograma. El texto estaba en aklo* , oscuro lenguaje empleado en ciertos cultos diabólicos de la antigüedad, y que él conocía muy someramente por sus estudios anteriores. Sobre el contenido de ese texto, el propio Blake se muestra muy reservado, aunque es evidente que le debió causar un horror sin límites. El diario alude a cierto Morador de las Tinieblas, que despierta cuando alguien contempla fijamente el Trapezoedro Resplandeciente, y aventura una serie de hipótesis descabelladas sobre los negros abismos del caos de donde procede aquél. Cuando se refiere a este ser, presupone que es omnisciente y que exige sacrificios monstruosos. Algunas anotaciones de Blake revelan un miedo atroz a que esa criatura, invocada acaso por haber mirado la piedra sin saberlo, irrumpa en nuestro mundo. Sin embargo, añade que la simple iluminación de las calles constituye una barrera infranqueable para él.
En cambio se refiere con frecuencia al Trapezoedro Resplandeciente, al que califica de ventana abierta al tiempo y al espacio, y esboza su historia en líneas generales desde los días en que fue tallado en el enigmático Yuggoth, muchísimo antes de que los Primordiales lo trajeran a la tierra. Al parecer, fue colocado en aquella extraña caja por los seres crinoideos de la Antártida, quienes lo custodiaron celosamente; fue salvado de las ruinas de este imperio por los hombres-serpientes de Valusia, y millones de años más tarde, fue descubierto por los primeros seres humanos. A partir de entonces atravesó tierras exóticas y extraños mares, y se hundió con la Atlántida, antes de que un pescador de Minos lo atrapara en su red y lo vendiera a los cobrizos mercaderes del tenebroso país de Khem. El faraón Nefrén-Ka edificó un templo con una cripta sin ventanas donde alojar la piedra, y cometió tales horrores que su nombre ha sido borrado de todas las crónicas y monumentos. Luego la joya descansó entre las ruinas de aquel templo maligno, que fue destruido por los sacerdotes y el nuevo faraón. Más tarde, la azada del excavador lo devolvió al mundo para maldición del género humano.
A primeros de julio los periódicos locales publicaron ciertas noticias que, según escribe Blake, justificaban plenamente sus temores. Sin embargo, aparecieron de una manera tan breve y casual, que sólo él debió de captar su significado. En sí, parecían bastante triviales: por Federal Hill se había extendido una nueva ola de temor con motivo de haber penetrado un desconocido en la iglesia maldita. Los italianos afirmaban que en la aguja sin ventanas se oían ruidos extraños, golpes y movimientos sordos, y habían acudido a sus sacerdotes para que ahuyentasen a ese ser monstruoso que convertía sus sueños en pesadillas insoportables. Asimismo, hablaban de una puerta, tras la cual había algo que acechaba constantemente en espera de que la oscuridad se hiciese lo bastante densa para permitirle salir al exterior. Los periodistas se limitaban a comentar la tenaz persistencia de las supersticiones locales, pero no pasaban de ahí. Era evidente que los jóvenes periodistas de nuestros días no sentían el menor entusiasmo por los antecedentes históricos del asunto. Al referir todas estas cosas en su diario, Blake expresa un curioso remordimiento y habla del imperioso deber de enterrar el Trapezoedro Resplandeciente y de ahuyentar al ser demoníaco que había sido invocado, permitiendo que la luz del día penetrase en el enhiesto chapitel. Al mismo tiempo, no obstante, pone de relieve la magnitud de su fascinación al confesar que aun en sueños sentía un morboso deseo de visitar la torre maldita para asomarse nuevamente a los secretos cósmicos de la piedra luminosa.
En la mañana del 17 de julio, el Journal publicó un artículo que le provocó a Blake una verdadera crisis de horror. Se trataba simplemente de una de las muchas reseñas de los sucesos de Federal Hill. Como todas, estaba escrita en un tono bastante jocoso, aunque Blake no le encontró la gracia. Por la noche se había desencadenado una tormenta que había dejado a la ciudad sin luz durante más de una hora. En el tiempo que duró el apagón, los italianos casi enloquecieron de terror. Los vecinos de la iglesia maldita juraban que la bestia de la aguja se había aprovechado de la ausencia de luz en las calles y había bajado a la nave de la iglesia, donde se habían oído unos torpes aleteos, como de un cuerpo inmenso y viscoso. Poco antes de volver la luz, había ascendido de nuevo a la torre, donde se oyeron ruidos de cristales rotos. Podía moverse hasta donde alcanzaban las tinieblas, pero la luz la obligaba invariablemente a retirarse.
Cuando volvieron a iluminarse todas las calles, hubo una espantosa conmoción en la torre, ya que el menor resplandor que se filtrara por las ennegrecidas ventanas y las rotas celosías era excesivo para la bestia aquella que había huido a su refugio tenebroso. Efectivamente, una larga exposición a la luz la habría devuelto a los abismos de donde el desconocido visitante la había hecho salir. Durante la hora que duró el apagón las multitudes se apiñaron alrededor de la iglesia a orar bajo la lluvia, con cirios y lámparas encendidas que protegían con paraguas y papeles formando una barrera de luz que protegiera a la ciudad de la pesadilla que acechaba en las tinieblas. Los que se encontraban más cerca de la iglesia declararon que hubo un momento en que oyeron crujir la puerta exterior.
Y lo peor no era esto. Aquella noche leyó Blake en el Bulletin lo que los periodistas habían descubierto. Percatados al fin del gran valor periodístico del suceso, un par de ellos habían decidido desafiar a la muchedumbre de italianos enloquecidos y se habían introducido en el templo por el tragaluz, después de haber intentado inútilmente abrir las puertas. En el polvo del vestíbulo y la nave espectral observaron señales muy extrañas. El suelo estaba cubierto de viejos cojines desechos y fundas de bancos, todo esparcido en desorden. Reinaba un olor desagradable, y de cuando en cuando encontraron manchas amarillentas parecidas a quemaduras y restos de objetos carbonizados. Abrieron la puerta de la torre y se detuvieron un momento a escuchar, porque les parecía haber oído como si arañaran arriba. Al subir, observaron que la escalera estaba como aventada y barrida.
La cámara de la torre estaba igual que la escalera. En su reseña, los periodistas hablaban de la columna heptagonal, los sitiales góticos y las extrañas figuras de yeso. En cambio, cosa extraordinaria, no citaban para nada la caja metálica ni el esqueleto mutilado. Lo que más inquietó a Blake -aparte las alusiones a las manchas, chamuscaduras y malos olores- fue el detalle final que explicaba la rotura de los cristales. Eran los de las estrechas ventanas ojivales. En dos de ellas habían saltando en pedazos al ser taponadas precipitadamente a base de remeter fundas de bancos y crin de relleno de los cojines en las rendijas de las celosías. Había trozos de raso y montones de crin esparcidos por el suelo barrido, como si alguien hubiera interrumpido súbitamente su tarea de restablecer en la torre la absoluta oscuridad de que gozó en otro tiempo.
Las mismas quemaduras y manchas amarillentas se encontraban en la escalera de hierro que subía al chapitel de la torre. Por allí trepó uno de los periodistas, abrió la trampa deslizándola horizontalmente, pero al alumbrar con su linterna el fétido y negro recinto no descubrió más que una masa informe de detritus cerca de la abertura. Todo se reducía, pues, a puro charlatanismo. Alguien había gastado una broma a los supersticiosos habitantes del barrio. También pudo ser que algún fanático hubiera intentado tapar todo aquello en beneficio del vecindario, o que algunos estudiantes hubieran montado esta farsa para atraer la atención de los periodistas. La aventura tuvo un epílogo muy divertido, cuando el comisario de policía quiso enviar a un agente para comprobar las declaraciones de los periódicos. Tres hombres, uno tras otro, encontraron la manera de soslayar la misión que se les quería encomendar; el cuarto fue de muy mala gana, y volvió casi inmediatamente sin cosa alguna que añadir al informe de los dos periodistas.
De aquí en adelante, el diario de Blake revela un creciente temor y aprensión. Continuamente se reprocha a sí mismo su pasividad y se hace mil reflexiones fantásticas sobre las consecuencias que podría acarrear otro corte de luz. Se ha comprobado que en tres ocasiones -durante las tormentas- telefoneó a la compañía eléctrica con los nervios desechos y suplicó desesperadamente que tomaran todas las precauciones posibles para evitar un nuevo corte. De cuando en cuando, sus anotaciones hacen referencia al hecho de no haber hallado los periodistas la caja de metal ni el esqueleto mutilado, cuando registraron la cámara de la torre. Vagamente presentía quién o qué había intervenido en su desaparición. Pero lo que más le horrorizaba era cierta especie de diabólica relación psíquica que parecía haberse establecido entre él y aquel horror que se agitaba en la aguja distante, aquella bestia monstruosa de la noche que su temeridad había hecho surgir de los tenebrosos abismos del caos. Sentía él como una fuerza que absorbía constantemente su voluntad, y los que le visitaron en esa época recuerdan cómo se pasaba el tiempo sentado ante la ventana, contemplando absorto la silueta de la colina que se elevaba a lo lejos por encima del humo de la ciudad. En su diario refiere continuamente las pesadillas que sufría por esas fechas y señala que el influjo de aquel extraño ser de la torre le aumentaba notablemente durante el sueño. Cuenta que una noche se despertó en la calle, completamente vestido, y caminando automáticamente hacia Federal Hill. Insiste una y otra vez en que la criatura aquella sabía dónde encontrarle.
En la semana que siguió al 30 de julio, Blake sufrió su primera crisis depresiva. Pasó varios días sin salir de casa ni vestirse, encargando la comida por teléfono. Sus amistades observaron que tenía varias cuerdas junto a la cama, y él explicó que padecía de sonambulismo y que se había visto forzado a atarse los tobillos durante la noche.
En su diario refiere la terrible experiencia que le provocó la crisis. La noche del 30 de julio, después de acostarse, se encontró de pronto caminando a tientas por un sitio casi completamente oscuro. Sólo distinguía en las tinieblas unas rayas horizontales y tenues de luz azulada. Notaba .también una insoportable fetidez y oía, por encima de él, unos ruidos blandos y furtivos. En cuanto se movía tropezaba con algo, y cada vez que hacía ruido, le respondía arriba un rebullir confuso al que se mezclaba como un roce cauteloso de una madera sobre otra.
Llegó un momento en que sus manos tropezaron con una columna de piedra, sobre la que no había nada. Un instante. después, se agarraba a los barrotes de una escala de hierro y comenzaba a ascender hacia un punto donde el hedor se hacía aún más intenso. De pronto sintió un soplo de aire caliente y reseco. Ante sus ojos desfilaron imágenes caleidoscópicas y fantasmales que se diluían en el cuadro de un vasto abismo de insondable negrura, en donde giraban astros y mundos aún más tenebrosos. Pensó en las antiguas leyendas sobre el Caos Esencial, en cuyo centro habita un dios ciego e idiota -Azathoth, Señor de Todas las Cosas- circundado por una horda de danzarines amorfos y estúpidos, arrullado por el silbo monótono de una flauta manejada por dedos demoníacos.
Entonces, un vivo estímulo del mundo exterior le despertó del estupor que lo embargaba y le reveló su espantosa situación. Jamás llegó a saber qué había sido. Tal vez el estampido de los fuegos artificiales que durante todo el verano disparaban los vecinos de Federal Hill en honor de los santos patronos de sus pueblecitos natales de Italia. Sea como fuere, dejó escapar un grito, se soltó de la escala loco de pavor, yendo a parar a una estancia sumida en la más negra oscuridad.
En el acto se dio cuenta de dónde estaba. Se arrojó por la angosta escalera de caracol, chocando y tropezando a cada paso. Fue como una pesadilla: huyó a través de la nave invadida de inmensas telarañas, flanqueada de altísimos arcos que se perdían en las sombras del techo. Atravesó a ciegas el sótano, trepó por el tragaluz, salió al exterior y echó a correr atropelladamente por las calles silenciosas, entre las negras torres y las casas dormidas, hasta el portal de su propio domicilio.
Al recobrar el conocimiento, a la mañana siguiente, se vio caído en el suelo de su cuarto de estudio, completamente vestido. Estaba cubierto de suciedad y telarañas, y le dolía su cuerpo tremendamente magullado. Al mirarse en el espejo, observó que tenía el pelo chamuscado. Y notó además que su ropa exterior estaba impregnada de un olor desagradable. Entonces le sobrevino un ataque de nervios. Después, vencido por el agotamiento, se encerró en casa, envuelto en una bata, y se limitó a mirar por la ventana de poniente. Así pasó varios días, temblando siempre que amenazaba tormenta y haciendo anotaciones horribles en su diario.
La gran tempestad se desencadeno el 18 de agosto, poco antes de media noche. Cayeron numerosos rayos en toda la ciudad, dos de ellos excepcionalmente aparatosos. La lluvia era torrencial, y la continua sucesión de truenos impidió dormir a casi todos los habitantes. Blake, completamente loco de terror ante la posibilidad de que hubiera restricciones, trató de telefonear a la compañía a eso de la una, pero la línea estaba cortada temporalmente como medida de seguridad. Todo lo iba apuntando en su diario. Su caligrafía grande, nerviosa y a menudo indescifrable, refleja en esos pasajes el frenesí y la desesperación que le iban dominando de manera incontenible.
Tenía que mantener la casa a oscuras para poder ver por la ventana, y parece que debió pasar la mayor parte del tiempo sentado a su mesa, escudriñando ansiosamente -a través de la lluvia y por encima de los relucientes tejados del centro- la lejana constelación de luces de Federal Hill. De cuando en cuando garabateaba torpemente algunas frases: «No deben apagarse las luces», «sabe dónde estoy», «debo destruirlo», «me está llamando, pero esta vez no me hará daño»… Hay dos páginas de su diario que llenó con frases de esta naturaleza.
Por último, a las 2,12 exactamente, según los registros de la compañía de fluido eléctrico, las luces se apagaron en toda la ciudad. El diario de Blake no constata la hora en que esto sucedió. Sólo figura esta anotación: «Las luces se han apagado. Dios tenga piedad de mí.» En Federal Hill había también muchas personas tan expectantes y angustiadas como él; en la plaza y los callejones vecinos al templo maligno se fueron congregando numerosos grupos de hombres, empapados por la lluvia, portadores de velas encendidas bajo sus paraguas, linternas, lámparas de petróleo, crucifijos, y toda clase de amuletos habituales en el sur de Italia. Bendecían cada relámpago y hacían enigmáticos signos de temor con la mano derecha cada vez que el aparato eléctrico de la tormenta parecía disminuir. Finalmente cesaron los relámpagos y se levantó un fuerte viento que les apagó la mayoría de las velas, dé forma que las calles quedaron amenazadoramente a oscuras. Alguien avisó al padre Meruzzo de la iglesia del Espíritu Santo, el cual se presentó inmediatamente en la plaza y pronunció las palabras de aliento que le vinieron a la cabeza. Era imposible seguir dudando de que en la torre se oían ruidos extraños.
Sobre lo que aconteció a las 2,35 tenemos numerosos testimonios: el del propio sacerdote, que es joven, inteligente y culto; el del policía de servicio, William J. Monohan, de la Comisaría Central, hombre de toda confianza, que se había detenido durante su ronda para vigilar a la multitud, y el de la mayoría de los setenta y ocho italianos que se habían reunido cerca del muro que ciñe la plataforma donde se levanta la iglesia -muy especialmente, el de aquellos que estaban frente a la fachada oriental-. Desde luego, lo que sucedió puede explicarse por causas naturales. Nunca se sabe con certeza qué procesos químicos pueden producirse en un edificio enorme, antiguo, mal aireado y abandonado tanto tiempo: exhalaciones pestilentes, combustiones espontáneas, explosión de los gases desprendidos por la putrefacción... cualquiera de estas causas puede explicar el hecho. Tampoco cabe excluir un elemento mayor o menor de charlatanismo consciente. En sí, el fenómeno no tuvo nada de extraordinario. Apenas duró más de tres minutos. El padre Meruzzo, siempre minucioso y detallista, consultó su reloj varias veces.
Empezó con un marcado aumento del torpe rebullir que se oía en el interior de la torre. Ya habían notado que de la iglesia emanaba un olor desagradable, pero entonces se hizo más denso y penetrante. Por último, se oyó un estampido de maderas astilladas y un objeto grande y pesado fue a estrellarse en el patio de la iglesia, al pie de su fachada oriental. No se veía la torre en la oscuridad, pero la gente se dio cuenta de que lo que había caído era la celosía de la ventana oriental de la torre.
Inmediatamente después, de las invisibles alturas descendió un hedor tan insoportable, que muchas de las personas que rodeaban la iglesia se sintieron mal y algunas estuvieron a punto de marearse. A la vez, el aire se estremeció como en un batir de alas inmensas, y se levantó un viento fuerte y repentino con más violencia que antes, arrancando los sombreros y paraguas chorreantes de la multitud. Nada concreto llegó a distinguirse en las tinieblas, aunque algunos creyeron ver desparramada por el cielo una enorme sombra aún más negra que la noche, una nube informe de humo que desapareció hacia el Este a una velocidad de meteoro.
Eso fue todo. Los espectadores, medio paralizados de horror y malestar, no sabían qué hacer, ni si había que hacer algo en realidad. Ignorantes de lo sucedido, no abandonaron su vigilancia: y un momento después elevaban una jaculatoria en acción de gracias por el fogonazo de un relámpago tardío que, seguido de un estampido ensordecedor, desgarró la bóveda del cielo. Media hora más tarde escampó, y al cabo de quince minutos se encendieron de nuevo las luces de la calle. Los hombres se retiraron a sus casas cansados y sucios, pero considerablemente aliviados.
Los periódicos del día siguiente, al informar sobre la tormenta, concedieron escasa importancia a estos incidentes. Parece ser que el último relámpago y la explosión ensordecedora que le siguió habían sido aún más tremendos por el Este que en Federal Hill. El fenómeno se manifestó con mayor intensidad en el barrio universitario, donde también notaron una tufarada de insoportable fetidez. El estallido del trueno despertó al vecindario, lo que dio lugar a que más tarde se expresaran las opiniones más diversas. Las pocas personas que estaban despiertas a esas horas vieron una llamarada irregular en la cumbre de College Hill y notaron la inexplicable manga de viento que casi dejó los árboles despojados de hojas y marchitas las plantas de los jardines. Estas personas opinaban que aquel último rayo imprevisto había caído en algún lugar del barrio, aunque no pudieron hallar después sus efectos. A un joven del colegio mayor Tau Omega le pareció ver en el aire una masa de humo grotesca y espantosa, justamente cuando estalló el fogonazo; pero su observación no ha sido comprobada. Los escasos testigos coinciden, no obstante, en que la violenta ráfaga de viento procedía del Oeste. Por otra parte, todos notaron el insoportable hedor que se extendió justo antes del trueno rezagado. Igualmente estaban de acuerdo sobre cierto olor a quemado que se percibía después en el aire.
Todos estos detalles se tomaron en cuenta por su posible relación con la muerte de Robert Blake. Los estudiantes de la residencia Psi Delta, cuyas ventanas traseras daban enfrente del estudio de Blake, observaron, en la mañana del día nueve, su rostro asomado a la ventana occidental, intensamente pálido y con una expresión muy rara. Cuando por la tarde volvieron a ver aquel rostro en la misma posición, empezaron a preocuparse y esperaron a ver si se encendían las luces de su apartamento. Más tarde, como el piso permaneciese a oscuras, llamaron al timbre y, finalmente, avisaron a la policía para que forzara la puerta.
El cuerpo estaba sentado muy tieso ante la mesa de su escritorio, junto a la ventana. Cuando vieron sus ojos vidriosos y desorbitados y la expresión de loco terror del semblante, los policías apartaron la vista horrorizados. Poco después el médico forense exploró el cadáver y, a pesar de estar intacta la ventana, declaró que había muerto a consecuencia de una descarga eléctrica o por el choque nervioso provocado por dicha descarga. Apenas prestó atención a la horrible expresión; se limitó a decir que sin duda se debía al profundo shock que experimentó una persona tan imaginativa y desequilibrada como era la víctima. Dedujo todo esto por los libros, pinturas y manuscritos que hallaron en el apartamento, y por las anotaciones garabateadas a ciegas en su diario. Blake había seguido escribiendo frenéticamente hasta el final. Su mano derecha aún empuñaba rígidamente el lápiz, cuya punta se había debido romper en una última contracción espasmódica.
Las anotaciones efectuadas después del apagón apenas resultaban legibles. Ciertos investigadores han sacado, sin embargo, conclusiones que difieren radicalmente del veredicto oficial, pero no es probable que el público dé crédito a tales especulaciones. La hipótesis de estos teóricos no se ha visto favorecida precisamente por la intervención del supersticioso doctor Dexter, que arrojó al canal más profundo de la Bahía de Narragansett la extraña caja y la piedra resplandeciente que encontraron en el oscuro recinto del chapitel. La excesiva imaginación y el desequilibrio nervioso de Blake agravados por su descubrimiento de un culto satánico ya desaparecido, son sin duda las causas del delirio que turbó sus últimos momentos. He aquí sus anotaciones postreras, o al menos, lo que de ellas se ha podido descifrar:

La luz todavía no ha vuelto. Deben de haber pasado cinco minutos. Todo depende de los relámpagos. ¡Ojalá Yaddith haga que continúen! A pesar de ellos, noto el influjo maligno. La lluvia y los truenos son ensordecedores. Ya se está apoderando de mi mente.
Trastornos de la memoria. Recuerdo cosas que no he visto nunca: otros mundos, otras galaxias. Oscuridad. Los relámpagos me parecen tinieblas Y las tinieblas, luz.
A pesar de la oscuridad total, veo la colina y la iglesia, pero no puede ser verdad. Debe ser una impresión de la retina, por el deslumbramiento de los relámpagos. ¡Quiera Dios que los italianos salgan con sus cirios, si paran los relámpagos!
¿De qué tengo miedo? ¿No es acaso una encarnación de Nyarlathotep, que en el antiguo y misterioso Khem tomó incluso forma de hombre? Recuerdo Yuggoth, y Shaggai, aún más lejos, y un vacío de planetas negros al final.
Largo vuelo a través del vacío. Imposible cruzar el universo de luz. Recreado por los pensamientos apresados en Trapezoedro Resplandeciente. Enviado a través de horribles abismos de luz.
Soy Blake: Robert Harrison Blake. Calle East Knapp, 620; Milwaukee, Wisconsin. Soy de este planeta.
¡Azathoth, ten piedad! ya no relampaguea horrible puedo verlo todo con un sentido que no es la vista la luz es tinieblas y las tinieblas luz esas gentes de la colina vigilancia cirios y amuletos sus sacerdotes
Pierdo el sentido de la distancia lo lejano está cerca y lo cercano lejos no hay luz no cristal veo la aguja la torre la ventana ruidos Roderick Usher estoy loco o me estoy volviendo ya se agita y aletea en la torre somos uno quiero salir debo salir y unificar mis fuerzas sabe dónde estoy
Soy Robert Blake, pero veo la torre en la oscuridad. Hay un olor horrible sentidos transfigurados saltan las tablas de la torre y abre paso Iä ngai ygg
Lo veo viene hacia acá viento infernal sombra titánica negras alas Yog-Sothoth, sálvame tú, ojo ardiente de tres lóbulos
1 Véase El Vampiro Estelar, de Robert Bloch
* Aklo: mítico lenguaje inventado por Arthur Machen en El Pueblo Blanco.